La primera experiencia eremítica
Antes de llegar a los Alpes, Bruno y algunos compañeros buscaron orientación junto a san Roberto de Molesmes, uno de los grandes promotores de la renovación monástica que más tarde desembocaría en la fundación de Císter. El grupo vivió durante un tiempo en Sèche-Fontaine, en un contexto de retiro y austeridad.
La comunidad necesitaba un lugar que permitiera una soledad más profunda. Bruno acudió entonces a san Hugo, obispo de Grenoble, conocido por su vida de oración y por su empeño reformador. Bruno no pidió una parroquia, una dignidad eclesiástica ni una abadía, sino un territorio apartado donde él y sus compañeros pudieran vivir entregados a Dios sin constituir una carga para la población.
Llegada a la Chartreuse en 1084
Bruno llegó a la diócesis de Grenoble hacia mediados de 1084 acompañado por seis compañeros. La tradición cartujana relaciona la acogida de san Hugo con un sueño en el que el obispo contempló una iglesia levantada en un desierto y siete estrellas que guiaban el camino hacia aquel lugar. El relato expresa simbólicamente la interpretación providencial de la fundación, aunque la realidad histórica fundamental descansa en la petición de Bruno, la autorización de san Hugo y la instalación efectiva de la comunidad.
San Hugo les entregó un territorio montañoso conocido como Chartreuse, una zona de difícil acceso, rodeada de rocas y cubierta de nieve durante buena parte del año. Bruno y sus compañeros levantaron allí una iglesia y pequeñas celdas separadas entre sí. La disposición recordaba las antiguas lauras orientales, comunidades de ermitaños que vivían apartados en sus propias celdas y se reunían para determinadas celebraciones.
La fundación de 1084 constituye el origen histórico de la Orden de los Cartujos. El nombre de la orden procede precisamente de Chartreuse; en castellano, cada monasterio cartujano recibe el nombre de cartuja.
Forma de vida de los primeros cartujos
Bruno no redactó inicialmente una regla completa al estilo de la Regla de san Benito. Sus discípulos vivieron conforme a unas costumbres inspiradas en la tradición benedictina, adaptadas a la soledad eremítica. El quinto prior de la Grande Chartreuse, Guigo I, puso por escrito estas costumbres en 1127. El texto conocido como Consuetudines Cartusiae se convirtió en la base legislativa de la vida cartujana.
La existencia de los primeros cartujos combinaba dos elementos:
- Soledad eremítica, porque cada monje vivía normalmente en una celda independiente, con jardín y espacio de trabajo.
- Comunión cenobítica, porque la comunidad se reunía para la liturgia, ciertos actos capitulares y algunas comidas festivas.
Los monjes dedicaban amplios periodos a la oración, la lectura espiritual y el trabajo manual. La copia de manuscritos ocupaba un lugar importante, tanto por su valor intelectual como porque permitía obtener recursos para la subsistencia. La austeridad alcanzaba la alimentación, el vestido, la decoración de la iglesia y la relación con el exterior.
La Cartuja no pretendía crear una comunidad numerosa ni desarrollar una actividad apostólica pública. Su finalidad consistía en buscar a Dios mediante una vida escondida, centrada en la liturgia, la contemplación, la penitencia y la intercesión por la Iglesia y por el mundo.