La crisis política, económica y religiosa de los años treinta
Pío XI publicó Divini Redemptoris en un periodo marcado por la Gran Depresión, la expansión de los regímenes totalitarios, la radicalización ideológica y la violencia revolucionaria. Millones de trabajadores sufrían desempleo, pobreza e inseguridad, mientras distintas corrientes políticas presentaban soluciones absolutas para reorganizar la sociedad.
El comunismo soviético pretendía ofrecer una sociedad sin clases mediante la abolición de la propiedad privada de los medios de producción y la lucha revolucionaria. Su interpretación oficial del marxismo entendía la historia como un proceso determinado por fuerzas materiales y por el conflicto entre clases sociales. Para Pío XI, este planteamiento no constituía únicamente un programa económico o político: implicaba una concepción completa de la persona, de la familia, de la moral, del derecho y de la religión.1,2
La encíclica denuncia especialmente el ateísmo militante asociado al comunismo de su tiempo. El problema no consistía simplemente en que algunos dirigentes comunistas carecieran de fe personal, sino en que el sistema pretendía excluir a Dios de la vida pública y sustituir la esperanza cristiana por una promesa de redención política dentro de la historia. El Catecismo de la Iglesia Católica relaciona posteriormente esta crítica con el rechazo de todo mesianismo secular que pretenda realizar plenamente en la historia una salvación que sólo alcanzará su cumplimiento definitivo más allá de la historia.3
La situación de España
Pío XI dedica una atención particular a la persecución religiosa y a la violencia que acompañaron la Guerra Civil española. La encíclica presenta España como un ejemplo de la dimensión antirreligiosa que, a juicio del Papa, podía alcanzar el comunismo revolucionario. El documento no reduce el conflicto español a un simple enfrentamiento político, sino que lo interpreta también a la luz de los ataques contra la Iglesia, el culto y las personas consagradas.1
Esta referencia debe situarse dentro de una Europa en la que la violencia política adoptaba diversas formas. Pío XI no contemplaba únicamente la persecución comunista: también había denunciado el nacionalismo extremo, la subordinación de la religión al Estado y las doctrinas raciales del nacionalsocialismo.
