La casulla primitiva consistía en una pieza de tela cuadrada o circular con un agujero en el centro por donde se pasaba la cabeza. Esta prenda cubría toda la figura, con los brazos colgando, pareciéndose a una «pequeña casa». Esta derivación se ilustra curiosamente en una antigua alusión a la casulla y el báculo en la «Vida de San Patricio» de Muirchu, donde se describe como una «casa con agujero para la cabeza». San Isidoro de Sevilla definió la casula como «una prenda provista de capucha, diminutivo de casa, cabaña, ya que, como una pequeña cabaña o choza, cubre a la persona entera».
En los primeros siglos, la casulla era usada por todos los rangos del clero, no solo por los sacerdotes. Sin embargo, la amplia forma original de la casulla resultaba incómoda, impidiendo el libre uso de los brazos. Para remediar esto, se adoptaron varias soluciones a lo largo del tiempo:
Modificaciones en el Diseño
- Reducción lateral: Las primeras casullas medievales se hacían con una pieza semicircular de tela, doblada por el medio y cosida por los bordes, dejando una abertura para la cabeza. Gradualmente, los lados se fueron recortando mientras el largo delantero y trasero permanecía inalterado. Para el siglo XVI, la prenda se había acortado considerablemente, extendiéndose apenas por debajo de los hombros y dejando los brazos completamente libres.
- Asistencia de diáconos y subdiáconos: Durante el proceso de acortamiento, se convirtió en una función del diácono y el subdiácono asistir al celebrante, doblando hacia atrás la casulla para aliviar el peso en sus brazos. Estas instrucciones aún se encuentran en el Caeremoniale Episcoporum al hablar de la vestidura de un obispo.
- Cuerdas y anillos: Otra solución, aunque rara, en algunas casullas medievales era insertar una cuerda que pasaba por anillos, permitiendo que los lados de la casulla se subieran hasta los hombros y se aseguraran en esa posición.
- Casullas plegadas: Durante los tiempos penitenciales, se prescribían «casullas plegadas» (planetae plicatae) en lugar de dalmáticas para el diácono y el subdiácono en la Misa Mayor. El origen exacto de esta práctica es incierto, pero, al igual que la estola ancha del diácono, probablemente se relacionaba con la incomodidad de la casulla medieval al impedir el libre uso de los brazos.