El adjetivo augustus en latín
Augusta es la forma femenina del adjetivo latino augustus, -a, -um. El término pertenece a la familia semántica de augere, «aumentar», «hacer crecer» o «engrandecer», y llegó a significar «venerable», «majestuoso», «sagrado» o «dotado de una dignidad superior».
En el latín clásico, augustus no equivalía exactamente a «rey». El título expresaba sobre todo dignidad, veneración y autoridad moral, más que el ejercicio ordinario de una potestad jurídica. La tradición romana distinguía entre la auctoritas, vinculada a la dignidad personal, y la potestas o el imperium, relacionados con el poder legal y militar. La primera pertenecía a la persona y a su prestigio; los segundos dependían de un cargo o de una competencia institucional.1
El uso político más célebre del título comenzó con Octavio, llamado Augusto desde el año 27 antes de Cristo. La palabra quedó vinculada al emperador romano y a la grandeza del poder imperial, aunque su contenido originario conservó una dimensión religiosa y honorífica.
En femenino, Augusta podía designar a una emperatriz o a una mujer perteneciente a la casa imperial. En ese contexto, el título tenía una connotación pública, dinástica y política. Su aplicación posterior a la Virgen María no reproduce sin más aquel significado imperial, sino que transforma y purifica el lenguaje de la dignidad mediante la fe cristiana.
De la dignidad imperial a la alabanza cristiana
La Iglesia adoptó numerosos términos procedentes de la cultura grecorromana y les otorgó un sentido nuevo a la luz de la revelación. El proceso no consistió en identificar a Dios o a la Virgen con las divinidades y autoridades del mundo antiguo, sino en emplear un vocabulario conocido para expresar realidades teológicas nuevas.
La cristianización de Augusta desplaza el centro del significado:
- del poder imperial a la gracia de Dios;
- de la autoridad política a la dignidad espiritual;
- de la gloria mundana a la participación en la gloria de Cristo;
- del dominio sobre súbditos al servicio materno de la salvación.
Por ello, cuando la tradición cristiana llama Augusta a María, no le atribuye el poder absoluto reservado a Dios ni una soberanía autónoma. El título la presenta como una criatura elevada por la gracia y asociada de modo singular a la obra de su Hijo.
