Las Vísperas forman parte de la oración pública de la Iglesia. No constituyen una devoción privada añadida a la liturgia, sino una de las principales horas del Oficio Divino mediante las cuales la Iglesia santifica el tiempo y une la oración de los fieles a la alabanza de Cristo.
La Ordenación general de la Liturgia de las Horas sitúa las Vísperas al final de la jornada. Su finalidad comprende tres acciones fundamentales:
- Dar gracias por el día vivido, por los dones recibidos y por las obras realizadas con rectitud.
- Recordar la redención, contemplando el sacrificio de Cristo y presentando ante Dios la propia existencia.
- Pedir la luz divina, para que Cristo sostenga a su Iglesia y conduzca a los fieles hacia la vida eterna.1
La tradición cristiana relaciona la oración vespertina con la hora en que se ofrecía el sacrificio en el templo de Jerusalén y con el misterio de la muerte redentora de Cristo. Mientras el día llega a su término, el cristiano contempla a Jesús, que entregó su vida al Padre para la salvación del mundo.2


