Los carismas al servicio de la Iglesia
La Iglesia distingue entre los carismas, dones concedidos por el Espíritu Santo para la edificación de la comunidad, y los ministerios instituidos o conferidos mediante la ordenación. Una mujer puede recibir carismas de enseñanza, evangelización, dirección espiritual, servicio a los pobres, gobierno de comunidades religiosas, investigación teológica, acompañamiento y promoción de la vida cristiana.
El Concilio Vaticano II enseña que los pastores deben reconocer los ministerios y carismas de los fieles, tanto hombres como mujeres, para que todos colaboren en la misión común según su propia función.
El papa Francisco ha recordado que los carismas no deben controlarse como propiedades privadas, sino promoverse y ponerse al servicio de toda la Iglesia. Su autenticidad exige comunión eclesial, formación, conversión, vida sacramental y cooperación con los obispos y sacerdotes.
La dignidad sacerdotal de todos los bautizados
Todos los bautizados participan del sacerdocio común de los fieles. Esta participación permite ofrecer la propia vida a Dios, dar testimonio de Cristo, cooperar en la evangelización y santificar las realidades temporales. Mujeres y hombres comparten esta dignidad bautismal y la misión profética, sacerdotal y regia de Cristo, cada uno según su vocación.
El sacerdocio común no equivale al sacerdocio ministerial. El primero nace del Bautismo; el segundo se recibe mediante el sacramento del Orden. El sacerdocio ministerial capacita para actuar sacramentalmente en la persona de Cristo Cabeza, especialmente en la celebración de la Eucaristía y en el sacramento de la Reconciliación. La diferencia no consiste en una mayor dignidad humana del ministro ordenado, sino en una función sacramental específica dentro de la Iglesia.
El Concilio Vaticano II mantiene simultáneamente dos verdades: todos los fieles poseen igual dignidad bautismal y algunos reciben la misión de enseñar, santificar y gobernar en nombre de Cristo. La diversidad de ministerios no destruye la unidad del Pueblo de Dios; la sirve cuando permanece orientada a la caridad y a la edificación de toda la Iglesia.
El sacerdocio ministerial
La Iglesia católica reserva la ordenación sacerdotal a los varones bautizados. Esta disciplina pertenece a la estructura sacramental que la Iglesia recibe de Cristo y no significa que las mujeres ocupen un lugar secundario en la comunidad cristiana. La historia de la Iglesia muestra que la misión evangelizadora, la santidad, la enseñanza, el testimonio y el servicio no dependen exclusivamente del ministerio ordenado.
Por ello, conviene evitar dos reduccionismos:
- Identificar el papel de la mujer con el acceso al sacerdocio ministerial.
- Presentar la exclusión de la ordenación como si implicara exclusión de la misión eclesial.
La Iglesia reconoce una amplia participación femenina en la vida litúrgica, pastoral, educativa, caritativa, misionera, teológica y administrativa, sin confundir esas tareas con las funciones propias del sacramento del Orden.