La doctrina de Arrio
La controversia arriana comenzó en Alejandría alrededor de la enseñanza del presbítero Arrio. Arrio y quienes compartían su posición negaban que el Hijo poseyera eternamente la misma divinidad que el Padre. Desde esa perspectiva, el Verbo habría sido la primera de las criaturas y habría existido un momento en que el Verbo todavía no existía.
La Iglesia consideró incompatible esta doctrina con la fe en la salvación cristiana. Si Jesucristo no fuera verdaderamente Dios, su acción salvadora no comunicaría al ser humano la vida misma de Dios. La controversia no consistía, por tanto, en una disputa meramente terminológica, sino en la comprensión de quién es Cristo y cómo actúa la redención.
La diversidad de posiciones teológicas
La situación doctrinal del siglo IV no presentaba dos bloques perfectamente definidos llamados simplemente «católicos» y «arrianos». Diversas escuelas y autores utilizaban vocabularios distintos para expresar la relación entre el Padre y el Hijo. Entre las principales tendencias figuraban la posición de Alejandro de Alejandría y del joven Atanasio, la corriente asociada a Eusebio de Nicomedia y Eusebio de Cesarea, la teología de Marcelo de Ancira y la tradición latina, que insistía en la unidad de la esencia divina y en la distinción real entre el Padre y el Hijo.
Esta variedad explica que el Concilio de Nicea no pusiera fin inmediato a la controversia. Las palabras ousía-«esencia»- y homoousios-«de la misma sustancia» o «consubstancial»- no recibieron una aceptación uniforme desde el primer momento. La recepción del credo niceno atravesó décadas de debates, concilios regionales, conflictos políticos y diferentes interpretaciones teológicas.,
La actuación de Silvestre
Silvestre mantuvo contacto con las negociaciones relativas a la controversia arriana y al Concilio de Nicea. La tradición histórica considera probable que el término griego homoousios contara con el respaldo de la sede romana antes o durante las deliberaciones conciliares, aunque no existen documentos suficientes para reconstruir con precisión las conversaciones entre el papa y el emperador.
El papa no asistió personalmente al Concilio de Nicea. Envió como representantes a dos presbíteros romanos, mientras que el obispo Osio de Córdoba ocupó un lugar destacado en la presidencia de las deliberaciones. La participación romana quedó, por tanto, confiada a legados, práctica habitual cuando la distancia, la edad o las circunstancias impedían la presencia del obispo de Roma.
El concilio condenó las enseñanzas de Arrio y confesó que el Hijo es Dios verdadero nacido de Dios verdadero, engendrado, no creado, y consustancial al Padre. La función de Silvestre consistió en sostener la comunión doctrinal de la Iglesia romana con la fe que el concilio articuló, no en presidir personalmente el encuentro ni en resolver por sí solo la controversia.
El alcance de Nicea
La historiografía y la teología distinguen entre la celebración del concilio y la recepción posterior de sus decisiones. Las fuentes antiguas no presentan el credo niceno como una fórmula universalmente citada en todos los documentos inmediatamente posteriores al año 325. Además, los obispos continuaron debatiendo el significado de términos como ousía, hipóstasis y homoousios.
La controversia posterior muestra que Nicea constituyó un punto decisivo, pero no el final del proceso de clarificación doctrinal. La comprensión de la Trinidad alcanzó una formulación más desarrollada en las décadas siguientes, especialmente con la contribución de Atanasio y de los Padres capadocios. La Iglesia tuvo que mantener simultáneamente dos afirmaciones: un solo Dios y distinción real entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.
Algunas narraciones posteriores presentan a Silvestre como si hubiera dirigido desde Roma toda la respuesta contra el arrianismo. Esa imagen exagera los datos conservados. El papa participó en el proceso mediante sus legados y su comunión con la fe nicena, pero la fase más intensa de las luchas posnicenas tuvo lugar después de su muerte, durante los pontificados siguientes y bajo los emperadores que intervinieron en los conflictos entre obispos.