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Cómo consagrarse al Sagrado Corazón de Jesús

La consagración al Sagrado Corazón de Jesús es un acto libre de entrega personal a Jesucristo, mediante el cual el cristiano reconoce su amor redentor, desea pertenecerle más plenamente y ofrece su vida, sus obras, alegrías, sufrimientos y proyectos para vivir unidos a Él. La Iglesia la presenta como una práctica principal de la devoción al Corazón de Cristo, íntimamente vinculada con la conversión, la reparación, la Eucaristía, la caridad y la misión apostólica.

Cuadro resumen[Datos abiertos]
NombreCómo consagrarse al Sagrado Corazón de Jesús
CategoríaTérmino
DescripciónActo libre de entrega a Jesucristo mediante el Sagrado Corazón. Entregar a Cristo vida, obras, alegrías y sufrimientos para vivir unidos a Él
Referencias
  • Mt 11,29
  • Mt 22,37-40
  • Jn 15,13
  • Jn 19,34-37
  • Ap 1,5
Escritos RelacionadosEncíclica Annum sacrum (1899)
Fecha11 de junio de 1899
HistoriaOriginada con Santa Margarita María de Alacoque (siglo XVII); consagración universal por León XIII el 11 jun 1899; renovaciones posteriores por Pío X (1906), Pío XI, Pío XII y Juan Pablo II.
OraciónSagrado Corazón de Jesús, me entrego enteramente a ti. Te ofrezco mi vida, mis obras, mis alegrías, mis sufrimientos y mis proyectos, renunciando al pecado. Reina en mi corazón. Amén.
Personas RelacionadasSanta Margarita María de Alacoque; San Claudio de la Colombière; Papa León XIII; Papa Pío X; Papa Pío XI; Papa Pío XII; Papa Juan Pablo II
TipoDevoción
Uso LitúrgicoVinculada a la Eucaristía, al sacramento de la Reconciliación y a la práctica de los primeros viernes.

Tabla de contenido

Significado de la consagración

El Sagrado Corazón, signo del amor de Cristo

La expresión Sagrado Corazón de Jesús designa el corazón humano y divino del Verbo encarnado. En la tradición católica, el corazón representa el centro de la persona: su amor, voluntad, inteligencia, libertad y capacidad de entregarse. Por eso, la veneración del Corazón de Jesús no constituye una devoción aislada a una parte separada del Salvador, sino un culto dirigido al mismo Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre.

El papa León XIII explicó que el Corazón de Cristo es «símbolo e imagen sensible del amor infinito de Jesucristo». Por esta razón, el honor, la veneración y el amor ofrecidos a su Corazón se dirigen verdadera y realmente a Cristo mismo.1

La devoción contempla de manera particular el amor con el que Jesucristo ha amado al Padre y a toda la humanidad. Ese amor alcanza su máxima manifestación en la Encarnación, en la Pasión, en la muerte redentora y en la Resurrección. El Corazón traspasado de Cristo recuerda que el Señor entrega toda su vida por la salvación del mundo y abre a los creyentes el camino hacia la misericordia divina.

Qué significa consagrarse

La consagración no consiste en convertir un objeto, una casa o una persona en algo sagrado mediante un rito sacramental. Tampoco equivale a recibir un nuevo sacramento ni produce automáticamente la perseverancia cristiana. Consiste en una ofrenda consciente y libre de uno mismo a Jesucristo.

León XIII describió la consagración como «ofrecerse y obligarse a sí mismo a Jesucristo».1 Pío XI añadió que la persona consagra también «todo lo que le pertenece» al Corazón divino, reconociendo que todo lo ha recibido del amor eterno de Dios.2

La consagración, por tanto, incluye:

  • Reconocer a Cristo como Señor y Salvador.
  • Agradecer su amor y sus dones.
  • Entregarse personalmente a Él.
  • Renunciar al pecado y a cuanto contradice el Evangelio.
  • Reparar, con la gracia de Dios, las ofensas cometidas contra el amor de Cristo.
  • Vivir la caridad hacia Dios y hacia el prójimo.
  • Participar en la misión de la Iglesia.

Juan Pablo II definió la consagración como un acto por el que cada miembro de la Iglesia se entrega y se vincula a Jesucristo, Rey que llama a los pecadores a regresar a la casa del Padre y a entrar en la luz de Dios.3

Fundamento cristiano y eclesial

La consagración bautismal

La consagración al Sagrado Corazón no sustituye la consagración fundamental recibida en el Bautismo. Por el Bautismo, el cristiano pertenece a Cristo, queda incorporado a la Iglesia y recibe la llamada a vivir como hijo de Dios. La consagración personal al Corazón de Jesús desarrolla y confirma espiritualmente esa pertenencia.

Juan Pablo II enseñó que la consagración personal al Sagrado Corazón «tiene su fundamento en el sacramento del Bautismo» y ayuda al cristiano a vivir con coherencia su consagración a Cristo.4

Por eso, quien desea consagrarse no adquiere una pertenencia distinta de la cristiana, sino que procura vivir con mayor profundidad la gracia bautismal. La fórmula de consagración expresa de manera devocional una verdad que el Bautismo ya contiene: el cristiano pertenece a Cristo y está llamado a ofrecerle toda su vida.

Fundamento bíblico

La devoción al Sagrado Corazón posee una base evangélica. Pío XII afirmó que cuenta con un fundamento sólido en la narración del Evangelio y con el apoyo de la tradición y de la liturgia de la Iglesia.5

Entre los pasajes bíblicos relacionados con esta espiritualidad destacan:

  • La invitación de Jesús: «Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón» (Mt 11,29).
  • El mandamiento del amor a Dios y al prójimo (Mt 22,37-40).
  • La entrega de Cristo por sus amigos (Jn 15,13).
  • La lanzada que atraviesa el costado de Jesús en la cruz (Jn 19,34-37).
  • La sangre y el agua que brotan del costado abierto del Salvador (Jn 19,34).
  • La llamada a permanecer en el amor de Cristo (Jn 15,9-10).
  • La contemplación de Cristo como aquel que «nos ama y nos ha librado de nuestros pecados por su sangre» (Ap 1,5).

La consagración no se apoya únicamente en una imagen piadosa o en una costumbre devocional. Expresa la respuesta del creyente al amor de Cristo manifestado en toda la historia de la salvación y culminado en la cruz.

Historia de la práctica

La consagración al Sagrado Corazón fue practicada durante siglos por personas, familias, asociaciones, diócesis y naciones. Pío XI recordó que santa Margarita María de Alacoque y san Claudio de la Colombière ofrecieron los primeros actos de consagración ligados a la expansión moderna de esta devoción. Después, la práctica alcanzó progresivamente a grupos, familias y comunidades cristianas.2

El papa León XIII consagró solemnemente la humanidad al Sagrado Corazón el 11 de junio de 1899, después de publicar la encíclica Annum sacrum. Juan Pablo II explicó que aquella consagración quiso obtener frutos espirituales no sólo para los cristianos, sino también para toda la sociedad humana.3

León XIII presentó aquella consagración universal como la culminación de los honores tributados tradicionalmente al Sagrado Corazón.6 La Iglesia renovó posteriormente la consideración doctrinal y pastoral de esta práctica. Pío X dispuso en 1906 la renovación anual del acto de consagración, mientras que Pío XI y Pío XII trataron ampliamente la espiritualidad del Corazón de Cristo.3

Preparación para la consagración

La Iglesia no exige una preparación única y obligatoria para la consagración personal. Sin embargo, una preparación seria ayuda a comprender el compromiso y evita reducir el acto a una fórmula recitada de manera rutinaria.

Examinar la propia vida

Antes de consagrarse, conviene preguntarse:

  • ¿Qué lugar ocupa Jesucristo en mi vida?
  • ¿Qué pecados, hábitos o apegos dificultan mi amistad con Él?
  • ¿Acepto realmente que Cristo ilumine mis decisiones?
  • ¿Estoy dispuesto a perdonar y servir al prójimo?
  • ¿Deseo vivir en comunión con la Iglesia?
  • ¿Qué aspectos concretos de mi vida necesito entregar al Señor?

Este examen no pretende producir angustia, sino despertar una respuesta sincera al amor de Cristo. La consagración exige una voluntad auténtica de conversión y fidelidad, aunque la persona conozca su fragilidad.

Recibir el sacramento de la Reconciliación

La confesión sacramental resulta muy conveniente antes de realizar la consagración. El cristiano puede acercarse al Corazón misericordioso de Jesús con un corazón reconciliado y con el deseo de abandonar el pecado.

La reparación vinculada al Sagrado Corazón incluye el arrepentimiento por las propias faltas y la decisión de vivir según el Evangelio. Un acto de consagración que no influye en la conducta diaria pierde su sentido espiritual, porque la devoción auténtica exige conversión, amor, gratitud, compromiso apostólico y entrega a Cristo.7

Participar en la Eucaristía

La Eucaristía ocupa un lugar central en la espiritualidad del Sagrado Corazón. Juan Pablo II enseñó que toda manifestación de esta devoción posee una orientación profundamente eucarística y alcanza su raíz y su cumbre en la participación en la santa misa, especialmente la dominical.4

La persona que prepara su consagración puede:

  1. Participar en la misa dominical con atención y fe.
  2. Escuchar la Palabra de Dios.
  3. Ofrecer con Cristo la propia vida al Padre.
  4. Recibir la sagrada Comunión dignamente.
  5. Adorar al Señor presente en la Eucaristía.
  6. Pedir la gracia de vivir con un corazón semejante al suyo.

Meditar la vida de Jesús

La preparación puede incluir la lectura orante de los Evangelios, especialmente los pasajes sobre:

  • La compasión de Jesús hacia los pecadores.
  • La misericordia hacia los enfermos y necesitados.
  • La institución de la Eucaristía.
  • La agonía en Getsemaní.
  • La Pasión y muerte en la cruz.
  • El costado abierto por la lanza.
  • La Resurrección y el envío misionero de los discípulos.

También ayuda contemplar las palabras de Cristo: «Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré» (Mt 11,28). La consagración nace de una relación personal con Jesús y no de una mera práctica exterior.

Cómo realizar la consagración personal

Elegir un momento adecuado

La persona puede consagrarse en cualquier día del año. Resulta particularmente apropiado hacerlo:

La presencia de una imagen ayuda a expresar exteriormente la entrega, pero la imagen no constituye el centro del acto. El destinatario de la consagración es Jesucristo vivo.

Invocar al Espíritu Santo

Antes de recitar la fórmula, conviene pedir al Espíritu Santo luz, arrepentimiento y fortaleza. El Espíritu Santo conduce al cristiano hacia una unión más profunda con Cristo y hace posible una entrega que supere las simples emociones del momento.

Puede utilizarse una invocación breve:

Ven, Espíritu Santo. Ilumina mi mente, purifica mi corazón y ayúdame a entregarme enteramente a Jesucristo.

Expresar la entrega

La persona puede emplear una fórmula aprobada por la Iglesia o redactar una oración propia que conserve el contenido esencial de la consagración. La fórmula debe expresar una entrega libre, consciente y orientada a la vida cristiana.

Una forma tradicional comienza con estas palabras:

«Dulcísimo Jesús, Redentor del género humano, míranos humildemente postrados ante tu altar. Tuyos somos y tuyos queremos ser; para vivir más estrechamente unidos a ti, cada uno de nosotros se consagra hoy espontáneamente a tu Sacratísimo Corazón.»8

La oración continúa pidiendo que Cristo reine sobre los fieles, sobre quienes se han alejado de Él y sobre todos los pueblos. También implora la unidad de la fe, la libertad de la Iglesia, la paz y el orden entre las naciones.8

El núcleo de la fórmula puede expresarse así:

Señor Jesucristo, me consagro a tu Sagrado Corazón. Te entrego mi persona, mi vida, mis pensamientos, palabras, obras, alegrías, sufrimientos, bienes y proyectos. Quiero pertenecerte, amarte y glorificarte. Renuncio al pecado y a todo cuanto pueda apartarme de ti. Reina en mi corazón, en mi familia y en todas las dimensiones de mi vida. Concédeme vivir unido a ti, reparar mis faltas, servir a mis hermanos y perseverar en la fe hasta la muerte. Amén.

La oración de santa Margarita María de Alacoque expresa de manera semejante la entrega de la persona, de la vida, de las acciones, de las penas y de los sufrimientos, junto con la renuncia a cuanto pueda desagradar a Cristo.9

Entregar concretamente la vida

La consagración adquiere contenido real cuando alcanza las distintas áreas de la existencia:

  • La inteligencia: buscar la verdad y formar la conciencia según el Evangelio.
  • La voluntad: obedecer los mandamientos y aceptar la voluntad de Dios.
  • El cuerpo: vivir la castidad y respetar la dignidad propia y ajena.
  • El trabajo y los estudios: realizarlos con responsabilidad y espíritu de servicio.
  • La familia: construir relaciones basadas en la verdad, el perdón y la fidelidad.
  • Los bienes materiales: utilizarlos con justicia, sobriedad y generosidad.
  • Las dificultades: unir los sufrimientos a la cruz de Cristo.
  • La vida social: defender la dignidad humana y promover el bien común.
  • La misión apostólica: anunciar a Cristo mediante la palabra y el testimonio.

Pío XI enseñó que la consagración reclama la afirmación del reinado de Cristo y el deseo de que llegue su Reino.2 Esta dimensión no autoriza actitudes de dominio o imposición religiosa, sino que impulsa al cristiano a vivir la verdad y la caridad en todos los ámbitos de su existencia.

La consagración de la familia

La familia puede consagrarse conjuntamente al Sagrado Corazón. En este caso, cada miembro ofrece su vida a Cristo y la familia reconoce al Señor como centro de su unidad.

La consagración familiar no reemplaza las responsabilidades propias del matrimonio ni garantiza que desaparezcan los conflictos. Invita a afrontar la vida familiar con espíritu cristiano:

  • Oración en común.
  • Participación fiel en la misa dominical.
  • Perdón de las ofensas.
  • Educación cristiana de los hijos.
  • Respeto entre los esposos.
  • Atención a los enfermos, ancianos y pobres.
  • Rechazo de la violencia y de cualquier forma de abuso.
  • Acogida de quienes sufren.

El Directorio sobre la piedad popular y la liturgia relaciona la consagración familiar con el sacramento del matrimonio. La familia, ya incorporada por el matrimonio al misterio de la unidad y del amor de Cristo por la Iglesia, se dedica al Señor para que Él reine en el corazón de todos sus miembros.10

Una oración familiar puede incluir la siguiente petición:

Sagrado Corazón de Jesús, entra en nuestro hogar y reina en él. Haz de nuestra familia una comunidad de fe, esperanza y caridad. Enséñanos a escucharnos, perdonarnos y ayudarnos. Protege a quienes viven bajo este techo y concede que todos caminemos hacia la casa del Padre. Amén.

La entronización de una imagen del Sagrado Corazón puede acompañar la consagración familiar. Conviene colocarla en un lugar digno de la casa y recordar que la imagen pretende conducir a la oración y a la conversión, no sustituir la vida sacramental.

La renovación de la consagración

La consagración puede renovarse periódicamente. La renovación no significa que el acto anterior haya quedado anulado, sino que permite reafirmar el compromiso y pedir una fidelidad más profunda.

Puede renovarse:

  • Cada año, en la solemnidad del Sagrado Corazón.
  • El primer viernes de cada mes.
  • En el aniversario de la primera consagración.
  • En momentos de cambio importante.
  • Durante un retiro espiritual.
  • En familia, al comenzar un nuevo curso o una nueva etapa.

Juan Pablo II recordó que diversos pontífices promovieron la renovación periódica del acto de consagración.3

Una renovación breve puede decir:

Sagrado Corazón de Jesús, renuevo hoy mi consagración. Todo lo que soy y todo lo que tengo pertenece a ti. Acepta nuevamente mi vida, fortalece mi fidelidad, perdona mis pecados y haz que viva para tu gloria y para el servicio de mis hermanos. Amén.

Frutos espirituales de la consagración

La consagración no funciona como una fórmula mágica ni constituye una garantía automática frente a las dificultades. Sus frutos dependen de la gracia de Dios y de la respuesta libre de la persona.

Cuando se vive con autenticidad, puede favorecer:

Una relación más personal con Cristo

La persona aprende a acudir a Jesús como Salvador, Maestro, Rey y amigo. El Sagrado Corazón manifiesta el amor de Cristo y mueve al creyente a responder con amor.1

La conversión del corazón

La contemplación del amor de Cristo suscita dolor por el pecado y deseo de cambiar de vida. La espiritualidad del Sagrado Corazón une inseparablemente amor y conversión, gratitud y reparación.7

La confianza en la misericordia

El corazón abierto de Jesús recuerda que la salvación brota de su entrega. El cristiano puede confiar en la misericordia divina sin caer en presunción, porque la confianza auténtica incluye arrepentimiento y deseo de obedecer a Dios.

El crecimiento en la caridad

El Corazón de Cristo impulsa a amar al prójimo. Juan Pablo II relacionó explícitamente la contemplación del amor de Jesús con la necesidad de participar personalmente en la obra de la salvación y de vivir para los demás.3

El compromiso apostólico

La consagración no encierra al creyente en una espiritualidad individualista. La unión con el Corazón de Jesús orienta hacia la evangelización, el servicio, la solidaridad y la esperanza. La vida eucarística debe formar testigos más eficaces del Evangelio.4

Reparación y primeros viernes

La reparación consiste en responder al amor de Cristo mediante el arrepentimiento, la adoración, la penitencia, la oración y las obras de caridad. El acto de reparación reconoce que el pecado hiere la relación con Dios y que los cristianos están llamados a ofrecer una respuesta de amor ante la indiferencia y el rechazo del Evangelio.

La Santa Sede ha recomendado la práctica de los primeros viernes, relacionada con las promesas transmitidas en la espiritualidad de santa Margarita María. Esta práctica favoreció históricamente la recepción frecuente de la Penitencia y de la Eucaristía. Sin embargo, la Iglesia advierte que no debe reducirse a una confianza supersticiosa ni a la repetición mecánica de una costumbre. La práctica necesita una fe activa y una vida coherente con el Evangelio.10

Quien participa en los primeros viernes debe mantener la primacía del domingo, que constituye la fiesta cristiana fundamental y exige la participación plena en la misa dominical.10

La reparación puede adoptar formas concretas:

  • Participar con devoción en la misa.
  • Recibir dignamente la Comunión.
  • Acudir al sacramento de la Reconciliación.
  • Dedicar tiempo a la adoración eucarística.
  • Rezar la letanía del Sagrado Corazón.
  • Ofrecer sacrificios voluntarios.
  • Atender a los pobres y enfermos.
  • Perdonar y reconciliarse.
  • Evitar deliberadamente el pecado.
  • Defender la dignidad de quienes sufren.

Errores que deben evitarse

Reducir la consagración a una fórmula

La recitación de una oración posee valor cuando expresa una decisión real. Las palabras no sustituyen la conversión, la misa, la confesión, la caridad ni el cumplimiento de los deberes cristianos.

Buscar únicamente beneficios temporales

La consagración no promete éxito económico, ausencia de enfermedad o solución inmediata de los problemas. Su finalidad principal consiste en unir la persona a Cristo y conducirla a la santidad.

Confundir devoción con superstición

Una imagen, una medalla o una determinada fecha no actúan como amuletos. La protección cristiana procede de Dios y requiere confianza filial, vida sacramental y obediencia a su voluntad.

Separar la devoción de la Iglesia

La devoción al Sagrado Corazón debe armonizar con la liturgia, especialmente con la Eucaristía dominical. El Directorio sobre la piedad popular recuerda que las prácticas devocionales necesitan formación para conducir a una fe activa y a un compromiso correcto con el Evangelio.10

Olvidar al prójimo

La consagración no autoriza una espiritualidad centrada exclusivamente en la intimidad personal con Jesús. El amor al Corazón de Cristo exige amar al prójimo, servir a los necesitados y trabajar por la justicia y la paz.

Acto breve de consagración personal

La siguiente oración puede utilizarse como fórmula sencilla:

Sagrado Corazón de Jesús, me entrego enteramente a ti. Reconozco que eres mi Señor y mi Salvador, y te agradezco el amor con el que me has redimido. Te ofrezco mi persona, mi vida, mis obras, mis alegrías, mis sufrimientos, mis bienes y mis proyectos. Renuncio al pecado y a todo cuanto pueda apartarme de ti. Reina en mi corazón y ayúdame a vivir según el Evangelio. Hazme crecer en la fe, la esperanza y la caridad; enséñame a reparar mis faltas, a servir a mis hermanos y a perseverar en la comunión con tu Iglesia. Sagrado Corazón de Jesús, en ti confío. Amén.

Vida cotidiana después de la consagración

La consagración comienza de forma solemne con una oración, pero continúa en las decisiones ordinarias. Para vivirla cada día, conviene establecer un pequeño programa espiritual:

  1. Por la mañana, ofrecer a Cristo la jornada.
  2. Durante el día, repetir una jaculatoria como «Sagrado Corazón de Jesús, en ti confío».
  3. Ante una tentación, pedir la gracia de actuar según el Evangelio.
  4. En el sufrimiento, unir la dificultad a la cruz de Cristo.
  5. En las relaciones, practicar el perdón y la paciencia.
  6. En el trabajo, actuar con honradez y espíritu de servicio.
  7. Por la noche, agradecer los dones recibidos y pedir perdón por las faltas.
  8. Cada domingo, participar plenamente en la santa misa.
  9. Con frecuencia, recibir la Reconciliación y dedicar tiempo a la adoración.
  10. De forma constante, realizar obras de misericordia.

La vida consagrada al Corazón de Jesús debe reflejar mansedumbre, humildad, pureza de corazón, fidelidad, fortaleza y caridad. La persona no pretende vivir sin dificultades, sino atravesarlas unida a Cristo.

Relación con la Virgen María

La Virgen María ocupa un lugar especial en la espiritualidad del Sagrado Corazón. Ella recibió con fe el misterio de Cristo, permaneció unida a Él hasta la cruz y acompañó a la Iglesia naciente. Juan Pablo II invocó su ayuda como Madre de Cristo y Madre de la Iglesia para que guiase al pueblo de Dios por los caminos de la fe, la esperanza y el amor.4

La consagración al Sagrado Corazón no compite con la devoción mariana. María conduce siempre hacia su Hijo y enseña a conservar y meditar la Palabra de Dios, a obedecer la voluntad divina y a permanecer junto a Cristo en la alegría y en el sufrimiento.

Conclusión

Consagrarse al Sagrado Corazón de Jesús significa pertenecer más conscientemente a Cristo y ofrecerle toda la vida. La persona reconoce su amor redentor, renuncia al pecado, acepta su reinado, repara las ofensas y procura vivir para Dios y para los demás.

La verdadera consagración hunde sus raíces en el Bautismo, encuentra su centro en la Eucaristía, exige conversión y produce frutos de caridad y misión. Las oraciones, imágenes, primeros viernes y actos de reparación tienen sentido cuando conducen a una unión más profunda con Jesús, a la participación en la vida de la Iglesia y a una existencia transformada por el amor.

Citas y referencias

  1. Papa León XIII. Annum Sacrum, 8 (1899). 2 3
  2. Papa Pío XI. Miseretissimus Redemptor, 4 (1928). 2 3
  3. Papa Juan Pablo II. Carta con ocasión del centenario de la Consagración de la raza humana al Divino Corazón de Jesús (11 de junio de 1999), 1 (1999). 2 3 4 5
  4. Papa Juan Pablo II. Carta con ocasión del centenario de la Consagración de la raza humana al Divino Corazón de Jesús (11 de junio de 1999), 4 (1999). 2 3 4
  5. Sobre la devoción al Sagrado Corazón, Papa Pío XII. Haurietis Aquas, 113 (1956).
  6. Papa Juan Pablo II. Viaje apostólico a Polonia: Mensaje para el centenario de la Consagración de la raza humana al Sagrado Corazón de Jesús (11 de junio de 1999), 1 (1999).
  7. Parte segunda: Orientaciones para la armonización de la piedad popular con la liturgia - Capítulo IV: Año litúrgico y piedad popular - El Sagrado Corazón de Cristo, Dicasterio para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos. Directorio sobre la piedad popular y la liturgia (9 de abril de 2002), 172 (2002). 2
  8. Ad sacratissimum cor Iesu formula consecrationis recitanda, Sancta Sedes. Acta Apostolicae Sedis: número 13, noviembre de 1925, 32 (1925). 2
  9. El Dicasterio para las Causas de los Santos. Margherita Maria Alacoque (1647-1690) - El Culto, 1 (1920).
  10. Parte dos: Directrices para la armonización de la piedad popular con la liturgia - Capítulo cuatro: El año litúrgico y la piedad popular - Tiempo ordinario - El Sagrado Corazón de Jesús, Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos. Directorio sobre la piedad popular y la liturgia: Principios y directrices, 171 (2002). 2 3 4
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