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Temperamentos de Santa Hildegarda

Los llamados temperamentos de santa Hildegarda designan la comprensión medieval de las disposiciones corporales, afectivas y espirituales del ser humano en el pensamiento de Hildegarda de Bingen. Su concepción parte de la relación entre los cuatro elementos, los humores, los órganos, las pasiones y la vida del alma. Aunque su obra permite relacionarla con la tradición clásica de los temperamentos -sanguíneo, colérico, melancólico y flemático-, Hildegarda no presenta un tratado psicológico moderno ni ofrece una clasificación rígida de personalidades. Su visión entiende al ser humano como una unidad de cuerpo y alma, ordenada a Dios y necesitada de la gracia para alcanzar su verdadera plenitud.

Cuadro resumen[Datos abiertos]
NombreTemperamentos de Santa Hildegarda
CategoríaTérmino
DescripciónConcepción que vincula los cuatro elementos, los humores, los órganos, las pasiones y la vida del alma, sin ofrecer una clasificación psicológica rígida. Comprensión medieval de las disposiciones corporales, afectivas y espirituales del ser humano según el pensamiento de Hildegarda de Bingen. Los temperamentos se basan en la relación entre sangre, bilis amarilla, bilis negra y flema con los elementos aire, fuego, tierra y agua, respectivamente. Hildegarda los integra en una visión holística del ser humano como unidad cuerpo-alma, ordenada a Dios y necesitada de gracia para alcanzar la plenitud. No los usa como diagnóstico moderno, sino como herramienta formativa para la vida moral y espiritual. Ofrece una manera de reconocer disposiciones naturales del cuerpo y del alma para dirigirlas, mediante la razón y la gracia, hacia la santidad
Aplicación MoralCada temperamento posee virtudes orientadoras (sanguíneo → fidelidad; colérico → mansedumbre; melancólico → esperanza; flemático → diligencia) y riesgos que deben ser equilibrados por la razón, la voluntad y la gracia.
Contexto HistóricoDesarrollo en el siglo XII (c. 1098-1179) dentro de la medicina europea medieval basada en los cuatro humores, heredada de Hipócrates y Galeno.
Contexto TeológicoIntegración de la Sagrada Escritura, la regla benedictina, la tradición monástica y la teología tomista en la visión de la humanidad como creación ordenada por Dios.
ImportanciaProporciona un marco histórico-teológico para el examen personal y la formación de virtudes en la vida cristiana.
Interpretación TradicionalAsociación de los humores con los temperamentos clásicos: sanguíneo (aire), colérico (fuego), melancólico (tierra) y flemático (agua).
TipoDoctrina

Tabla de contenido

Santa Hildegarda y el contexto de su pensamiento

Santa Hildegarda de Bingen nació hacia 1098 y murió en 1179. Fue abadesa benedictina, visionaria, escritora, compositora y autora de obras sobre teología, medicina natural y cosmología. La Iglesia la reconoció como doctora de la Iglesia en 2012. Su pensamiento integra la Sagrada Escritura, la tradición monástica, la medicina antigua y medieval, la filosofía natural y una interpretación simbólica del cosmos.

Hildegarda vivió en una época en la que la medicina europea empleaba ampliamente la teoría de los cuatro humores, heredada de la medicina grecorromana y transmitida por autores como Hipócrates, Galeno y sus comentaristas medievales. Esta teoría relacionaba la salud con el equilibrio entre:

  • Sangre;
  • Bilis amarilla;
  • Bilis negra;
  • Flema.

Cada humor poseía cualidades -calor, frío, sequedad y humedad- y se vinculaba simbólicamente con los cuatro elementos:

HumorCualidad predominanteElemento asociadoTemperamento tradicional
SangreCaliente y húmedaAireSanguíneo
Bilis amarillaCaliente y secaFuegoColérico
Bilis negraFría y secaTierraMelancólico
FlemaFría y húmedaAguaFlemático

Esta correspondencia no constituye una clasificación psicológica en el sentido contemporáneo. Para Hildegarda, cuerpo, alma, ambiente, alimentación, enfermedad, conducta y vida espiritual forman una red de relaciones. El cuerpo humano refleja, en cierto modo, el orden de la creación: la espalda y los costados evocan la tierra, mientras que la cabeza guarda semejanza con la medida y redondez del firmamento.1

El concepto de temperamento

Temperamento, carácter y personalidad

La palabra temperamento procede de la idea de mezcla equilibrada. En la medicina antigua, designaba la combinación particular de cualidades corporales que predisponía a una persona hacia determinados estados físicos y emocionales. El temperamento no equivalía necesariamente a una conducta fija ni a una identidad completa.

Conviene distinguir tres conceptos:

  • Temperamento: disposición espontánea, especialmente vinculada al cuerpo, a la sensibilidad y a la reacción afectiva.
  • Carácter: modo relativamente estable de actuar, formado mediante hábitos, educación, decisiones y virtudes.
  • Personalidad: concepto moderno que engloba múltiples dimensiones psicológicas y biográficas.

La tradición cristiana medieval no consideraba que el temperamento determinase de forma absoluta la conducta. La razón y la voluntad podían ordenar las pasiones; la educación podía formar hábitos; la ascesis podía corregir tendencias desordenadas; y la gracia podía elevar toda la existencia humana hacia la comunión con Dios.

Por esta razón, llamar a santa Hildegarda «sanguínea», «colérica», «melancólica» o «flemática» exige prudencia. Las obras de Hildegarda describen humores, elementos y movimientos afectivos, pero no presentan una prueba biográfica que permita asignarle uno de los cuatro temperamentos como si perteneciera a un sistema psicológico contemporáneo.

Una visión dinámica del ser humano

Hildegarda presenta la vida humana como un movimiento interior en el que intervienen:

  • el cuerpo y sus órganos;
  • los humores;
  • los sentidos;
  • la imaginación;
  • la razón;
  • la voluntad;
  • los afectos;
  • la acción de la gracia.

En el Scivias, la voluntad aparece como una facultad capaz de aceptar o rechazar aquello que surge en el interior de la persona. Los movimientos buenos y malos pueden presentarse en el corazón, pero la voluntad decide llevarlos a término o descuidarlos. La razón y la voluntad colaboran así en la dirección de la conducta, mientras que el cuerpo actúa como instrumento y morada de las fuerzas del alma.2

Esta perspectiva impide reducir la moralidad a la biología. Una persona puede experimentar ira, tristeza, temor, entusiasmo o deseo sin que tales movimientos constituyan todavía una decisión moral. La responsabilidad aparece cuando la razón y la voluntad consienten, alimentan o ejecutan un movimiento desordenado, o cuando orientan las pasiones hacia el bien.

Los cuatro temperamentos en la tradición vinculada a Hildegarda

Temperamento sanguíneo

El temperamento sanguíneo se relaciona tradicionalmente con la sangre y con el elemento aire. La tradición lo describe mediante cualidades como:

  • vivacidad;
  • facilidad para la relación;
  • alegría;
  • sensibilidad;
  • espontaneidad;
  • entusiasmo.

Su posible desorden aparece en la inconstancia, la superficialidad, la dispersión o la búsqueda excesiva de estímulos. En términos espirituales, una disposición sanguínea puede favorecer la cordialidad, la esperanza y la capacidad de animar a los demás, pero necesita prudencia y perseverancia.

La medicina natural atribuida a Hildegarda concede gran importancia a la alegría, la moderación y la armonía de la vida corporal. Algunos alimentos y plantas reciben caracterizaciones relacionadas con la ligereza, la vitalidad o la tristeza. La tradición hildegardiana vincula estas cualidades a la manera en que los alimentos afectan al cuerpo y al ánimo, aunque tales descripciones pertenecen al horizonte médico medieval y no deben confundirse con la psicología clínica actual.3

Temperamento colérico

El temperamento colérico se asocia con la bilis amarilla y con el fuego. Sus rasgos tradicionales incluyen:

  • energía;
  • decisión;
  • iniciativa;
  • intensidad;
  • capacidad de mando;
  • rapidez en la acción.

La deformación del temperamento colérico puede manifestarse como ira, dureza, impaciencia, autoritarismo o deseo de dominar. Sin embargo, la misma energía puede transformarse en fortaleza, celo apostólico, defensa de la justicia y perseverancia ante la dificultad.

La figura de Hildegarda muestra una notable capacidad de gobierno, organización y corrección profética. Como abadesa, dirigió comunidades religiosas, promovió nuevas fundaciones, escribió a papas, obispos, príncipes y clérigos, y defendió con firmeza aquello que entendía conforme a la voluntad de Dios. Su actuación pública no autoriza a diagnosticarla retrospectivamente como «colérica», pero permite apreciar una voluntad fuerte y una notable capacidad de decisión. La biografía tradicional la presenta como una mujer de gran energía, capaz de afrontar conflictos, organizar monasterios y mantener una intensa actividad intelectual y pastoral pese a su salud frágil.4

Temperamento melancólico

El temperamento melancólico se relaciona con la bilis negra y con la tierra. Sus rasgos tradicionales comprenden:

Cuando pierde el equilibrio, puede derivar en tristeza persistente, temor, aislamiento, escrúpulo o desánimo. La tradición cristiana distingue cuidadosamente entre la tristeza humana, que puede tener una función legítima, y la tristeza desordenada, que paraliza la esperanza y encierra a la persona en sí misma.

Las obras de Hildegarda describen cómo determinados desequilibrios corporales pueden influir en la tristeza, la indignación, la obstinación y el endurecimiento interior. También relacionan los humores con el hígado, el cerebro, el corazón, los pulmones y los sentidos. Estas afirmaciones pertenecen a la medicina medieval y expresan una comprensión simbólica y fisiológica propia de su tiempo.2,5

La disposición melancólica, correctamente ordenada, puede favorecer la compasión, la penitencia, la atención a la verdad y la profundidad de la oración. La melancolía, sin embargo, no equivale por sí misma a santidad ni a sabiduría. La tristeza necesita ser iluminada por la esperanza cristiana.

Temperamento flemático

El temperamento flemático se vincula con la flema y con el agua. La tradición lo caracteriza por:

  • calma;
  • estabilidad;
  • paciencia;
  • capacidad de escuchar;
  • moderación de las reacciones;
  • resistencia.

Su desorden puede manifestarse como lentitud excesiva, pasividad, falta de iniciativa, indiferencia o comodidad. En su forma virtuosa, ofrece un fundamento natural para la perseverancia, la mansedumbre y la constancia.

La mansedumbre cristiana no consiste en una mera falta de energía. Una persona puede poseer un temperamento tranquilo y, al mismo tiempo, carecer de fortaleza moral. Del mismo modo, una persona de reacciones intensas puede adquirir una auténtica mansedumbre mediante la razón, la disciplina espiritual y la gracia.

Los humores y el equilibrio de la persona

El cuerpo como microcosmos

Hildegarda interpreta el cuerpo humano como una imagen condensada del cosmos. Los cuatro elementos y los vientos participan simbólicamente en la explicación de las funciones corporales, los humores y los miembros. La analogía entre el cuerpo y la creación permite comprender al ser humano como parte de un orden querido por Dios.1

Esta visión no identifica el cuerpo con la divinidad ni confunde la creación con el Creador. La vida procede de Dios, que sostiene todas las criaturas. En la obra hildegardiana, Caritas-la caridad- aparece como una imagen de la fuerza vivificante que atraviesa la creación y conduce todo hacia la plenitud.6

El equilibrio corporal posee, por tanto, una dimensión moral y espiritual indirecta. Una vida desordenada puede dañar la salud y dificultar la atención, la oración o el ejercicio de las responsabilidades. Pero la enfermedad física no demuestra pecado personal, ni la salud corporal constituye una prueba automática de virtud.

La alimentación y el modo de vida

Hildegarda presta atención a los alimentos, las plantas, el descanso, la moderación y las condiciones ambientales. Dentro de su medicina, ciertas plantas aparecen como ligeras y alegres, mientras que otras reciben la caracterización de pesadas o tristes. También distingue entre plantas cultivadas con cuidado y plantas que crecen de forma indómita, empleando estas imágenes para hablar de orden, disciplina y utilidad.3

Su perspectiva favorece una concepción integral de la salud:

  • alimentación sobria;
  • ritmo ordenado de trabajo y descanso;
  • atención a los efectos del entorno;
  • moderación de las pasiones;
  • cuidado del cuerpo;
  • vida comunitaria;
  • oración y alabanza.

La medicina contemporánea no puede adoptar sin más las explicaciones humorales medievales. La lectura actual debe respetar la diferencia entre el valor histórico y simbólico de aquellas categorías y los conocimientos científicos presentes.

La dimensión afectiva de los temperamentos

Pasiones y movimientos interiores

La antropología cristiana no considera malas todas las pasiones. La alegría, la tristeza, el temor, la esperanza, la ira y el deseo pertenecen a la vida humana. El problema moral no reside en experimentar un afecto, sino en su desorden respecto de la verdad y del bien.

Hildegarda describe la relación entre los humores y determinados movimientos afectivos. La alegría excesiva ante la prosperidad puede alterar a la persona, del mismo modo que la tristeza desproporcionada ante la adversidad puede debilitarla.5

La tradición espiritual interpreta esta enseñanza como una invitación a la discretio, es decir, al discernimiento prudente. La persona no debe obedecer automáticamente a cada impulso, pero tampoco necesita destruir su sensibilidad. La tarea moral consiste en integrar los afectos bajo la dirección de la razón iluminada por la fe.

Razón y voluntad

Para Hildegarda, la razón y la voluntad ocupan un lugar decisivo. La razón discierne; la voluntad consiente, ejecuta o rechaza. El cuerpo coopera con las potencias del alma en las obras buenas o malas.2

Esta visión ofrece una corrección importante a cualquier interpretación determinista de los temperamentos. El temperamento puede inclinar, facilitar o dificultar una reacción, pero no reemplaza la libertad. La persona conserva la capacidad de formar hábitos, pedir ayuda, corregir sus costumbres y crecer en virtud.

Temperamentos y santidad

La santidad no procede del temperamento

La santidad es obra de la gracia divina, que transforma a la persona entera. No consiste en poseer una disposición psicológica agradable, equilibrada o socialmente eficaz. Un temperamento extrovertido no garantiza caridad; un temperamento reservado no garantiza contemplación; una personalidad enérgica no garantiza fortaleza; una disposición tranquila no garantiza mansedumbre.

La gracia santificante incorpora a la persona a la vida divina y la orienta hacia la adopción filial y la herencia del Reino. Junto con ella, la tradición teológica reconoce el don de las virtudes, especialmente la fe, la esperanza y la caridad.7

Hildegarda no sería santa porque pudiera clasificarse en uno de los cuatro temperamentos, sino porque respondió a la acción de Dios con fe, obediencia, perseverancia y caridad. Sus dones intelectuales, su sensibilidad visionaria, su energía de gobierno y su capacidad artística recibieron una orientación sobrenatural mediante su vocación benedictina y su servicio a la Iglesia.

El temperamento como materia de formación

El temperamento puede convertirse en una materia concreta para el crecimiento espiritual:

  • La vivacidad sanguínea necesita estabilidad y fidelidad.
  • La intensidad colérica necesita mansedumbre y paciencia.
  • La profundidad melancólica necesita esperanza y confianza.
  • La calma flemática necesita iniciativa y fortaleza.

Estas asociaciones poseen valor pedagógico, no dogmático. Ninguna persona encaja perfectamente en una sola categoría. Además, la virtud no elimina necesariamente el temperamento natural, sino que lo ordena y lo pone al servicio del bien.

La fortaleza, por ejemplo, no exige ausencia de miedo. Consiste en actuar rectamente ante el peligro. La tradición de la virtud enseña que el término medio no representa una mediocridad matemática, sino la conformidad de los afectos y acciones con la razón prudente. Lo que resulta moderado para una persona puede constituir exceso o defecto para otra, porque las circunstancias y las disposiciones individuales varían.8

Distinción entre psicología de los temperamentos y virtudes infusas

La psicología de los temperamentos

La psicología de los temperamentos describe disposiciones naturales de la persona. En su formulación clásica, intenta explicar por qué algunos individuos reaccionan con mayor rapidez, otros sienten con mayor profundidad, otros perseveran con calma y otros buscan espontáneamente la relación o la actividad.

Estas categorías pueden ayudar a:

  • reconocer tendencias personales;
  • comprender diferencias de reacción;
  • mejorar la educación;
  • favorecer el dominio de sí;
  • orientar la vida comunitaria;
  • identificar ámbitos que necesitan disciplina.

Sin embargo, no constituyen por sí mismas una doctrina de la salvación. Tampoco permiten medir la santidad, determinar la culpabilidad moral ni predecir de manera infalible la conducta.

Las virtudes adquiridas

Las virtudes adquiridas nacen y crecen mediante actos buenos repetidos. La prudencia, la justicia, la fortaleza y la templanza pueden consolidarse mediante la educación, la práctica, la disciplina y la perseverancia. La repetición de actos configura hábitos estables que facilitan obrar bien.

La teoría clásica de la virtud entiende que las virtudes morales regulan las pasiones conforme a la razón. La fortaleza evita tanto la temeridad como la cobardía; la templanza ordena los deseos; la justicia da a cada persona lo que le corresponde; y la prudencia dirige concretamente la acción.8

Las virtudes infusas

Las virtudes infusas proceden de Dios y capacitan al ser humano para participar de la vida sobrenatural. Las virtudes teologales -fe, esperanza y caridad- tienen a Dios como objeto directo. Las virtudes morales, en cambio, ordenan las realidades creadas según el fin sobrenatural.7

La tradición teológica, especialmente en santo Tomás de Aquino, distingue entre las virtudes que la persona adquiere mediante sus actos y aquellas que Dios infunde por la gracia. Aquino sostiene que el ser humano necesita virtudes que superan la capacidad de la naturaleza, porque el fin sobrenatural excede las fuerzas humanas.9

La gracia no destruye la naturaleza, sino que la perfecciona. Por eso, las virtudes infusas no convierten el temperamento natural en algo irrelevante. Más bien, elevan y ordenan las capacidades humanas hacia Dios. La energía puede servir a la fortaleza; la sensibilidad, a la compasión; la estabilidad, a la perseverancia; y la sociabilidad, a la caridad fraterna.

La cooperación humana con la gracia

La acción de Dios no suprime la libertad. La virtud infusa procede de Dios, pero la persona debe consentir y cooperar con ella. La práctica de actos buenos dispone al crecimiento de las virtudes y hace al ser humano más apto para repetir esos actos.10,11

Esta cooperación evita dos errores opuestos:

  • Naturalismo: pensar que la perfección moral depende únicamente del esfuerzo psicológico.
  • Quietismo: pensar que la gracia actúa sin la respuesta libre y responsable de la persona.

La santidad exige simultáneamente la iniciativa divina y la respuesta humana. La persona no fabrica la gracia, pero puede recibirla, rechazarla, corresponder a ella y crecer mediante la vida sacramental, la oración, las obras de misericordia y la práctica de las virtudes.

La personalidad de santa Hildegarda

Salud frágil y fecundidad espiritual

Las biografías tradicionales describen a Hildegarda como una niña enfermiza y de salud delicada. También relatan dificultades visuales, debilidad física y periodos de gran sufrimiento. A pesar de ello, desarrolló una actividad extraordinaria como religiosa, escritora, compositora, consejera y fundadora.4

Su caso muestra que la fragilidad corporal no determina el valor ni la fecundidad de una vida. Tampoco conviene convertir sus enfermedades en explicaciones psicológicas de sus visiones. La experiencia visionaria pertenece al ámbito de la vida espiritual y requiere un discernimiento eclesial; no puede reducirse automáticamente a una alteración médica ni demostrarse únicamente mediante categorías fisiológicas.

Energía de gobierno y firmeza profética

Hildegarda ejerció autoridad como superiora y abadesa. Impulsó el traslado de su comunidad al Rupertsberg, fundó una segunda comunidad en Eibingen y mantuvo una extensa correspondencia con autoridades civiles y eclesiásticas.4

Su correspondencia muestra una voz firme y, en ocasiones, severa. La tradición la presenta amonestando a clérigos y gobernantes, defendiendo la disciplina eclesial y exhortando a la conversión. Esta firmeza puede contemplarse como un rasgo de carácter puesto al servicio de su vocación profética, pero no permite clasificarla de manera concluyente como colérica.

La virtud cristiana no consiste en borrar la personalidad. Una persona santa conserva su modo de expresarse, su sensibilidad y su historia, pero aprende a ordenar todo ello mediante la caridad. Hildegarda pudo unir autoridad y servicio, contemplación y acción, creatividad y obediencia, denuncia profética y vida comunitaria.

Música, belleza y armonía

Hildegarda compuso numerosas piezas litúrgicas y creó el drama musical Ordo virtutum. Su producción musical expresa una comprensión profundamente cristiana de la armonía. La música aparece vinculada a la memoria del orden originario de la creación y a la esperanza de recuperar, mediante la alabanza, la armonía dañada por el pecado.12,13

La música también manifiesta la unidad entre cuerpo y alma. La voz necesita el cuerpo, pero la alabanza nace de la interioridad y se dirige a Dios. Hildegarda no entiende la belleza como simple ornamento, sino como camino de integración y elevación espiritual.

Límites de una lectura psicológica de santa Hildegarda

Riesgo de anacronismo

Aplicar categorías psicológicas actuales a una mujer del siglo XII puede producir errores. Hildegarda no conoció los métodos de la psicología experimental, la psiquiatría contemporánea ni las teorías modernas de la personalidad. Sus conceptos de humor, elemento, alma, enfermedad y virtud pertenecen a un marco intelectual medieval.

El lector actual debe distinguir entre:

  • la descripción histórica de sus ideas;
  • la interpretación teológica de su espiritualidad;
  • la valoración médica contemporánea;
  • la clasificación psicológica moderna.

Una lectura responsable evita presentar los temperamentos como diagnósticos clínicos o como explicaciones definitivas de la santidad.

Riesgo de determinismo

El determinismo psicológico afirma, de manera explícita o implícita, que la persona actúa necesariamente conforme a su temperamento. La antropología cristiana no acepta esa conclusión. Aunque las disposiciones naturales influyen en la conducta, la razón, la voluntad, la educación, los hábitos, la comunidad y la gracia pueden transformar profundamente la vida.

Tampoco la virtud convierte a la persona en alguien sin conflictos interiores. La santidad no implica ausencia de cansancio, enfermedad, tristeza, miedo o lucha. Implica orientar progresivamente toda la existencia hacia Dios.

Riesgo de idealización

El extremo contrario también resulta problemático: convertir cada rasgo de Hildegarda en una manifestación inmediata de perfección sobrenatural. La Iglesia venera a los santos sin negar su condición humana. Hildegarda tuvo que afrontar límites físicos, dudas, oposición, responsabilidades y procesos de discernimiento.

La santidad no consiste en poseer una personalidad impecable según criterios humanos, sino en permitir que Dios transforme la persona concreta, con sus dones y fragilidades. La caridad constituye el centro de esa transformación. En la tradición teológica, la caridad no aparece como una virtud aislada, sino como la forma que orienta las demás virtudes hacia el fin último, la unión con Dios.14

Valor espiritual de la doctrina de los temperamentos

La doctrina de los temperamentos puede ofrecer una herramienta de examen personal cuando se utiliza con prudencia. Ayuda a reconocer preguntas como las siguientes:

  • ¿Reacciono con demasiada rapidez?
  • ¿Me cuesta perseverar?
  • ¿Me encierro en la tristeza?
  • ¿Evito toda iniciativa?
  • ¿Busco dominar a los demás?
  • ¿Me dejo llevar por la comodidad?
  • ¿Necesito cultivar más paciencia, esperanza o fortaleza?

Estas preguntas no sustituyen el discernimiento espiritual, la dirección pastoral, la atención médica ni la evaluación psicológica cuando resulten necesarias. La clasificación de temperamentos posee un valor orientativo y formativo, no absoluto.

Desde una perspectiva cristiana, el objetivo no consiste en «cambiar de temperamento», sino en ordenar las inclinaciones naturales y ponerlas al servicio de la caridad. La persona sanguínea puede aprender fidelidad; la colérica, mansedumbre; la melancólica, esperanza; y la flemática, diligencia. Cada temperamento contiene posibilidades y riesgos.

Recepción cristiana de los temperamentos de santa Hildegarda

La influencia de Hildegarda no depende de una supuesta clasificación psicológica de su personalidad. Su legado procede de la unidad de su vida:

  • fidelidad a la Regla de san Benito;
  • amor a la Sagrada Escritura;
  • obediencia eclesial;
  • discernimiento de sus experiencias visionarias;
  • defensa de la verdad;
  • cuidado de las comunidades;
  • composición musical;
  • atención a la creación;
  • exhortación a la conversión.

Su pensamiento acerca del cuerpo y los humores forma parte de una visión más amplia de la creación. Hildegarda contempla el mundo como una realidad ordenada por Dios, sostenida por la vida divina y llamada a la armonía.6

La interpretación católica debe mantener unidas tres verdades:

  1. La naturaleza humana posee disposiciones reales, corporales y afectivas.
  2. La libertad y la razón pueden educar esas disposiciones mediante hábitos y decisiones.
  3. La gracia divina eleva y transforma la naturaleza, orientándola hacia la santidad.

Conclusión

Los temperamentos de santa Hildegarda pertenecen al marco medieval de los cuatro humores, los elementos y la relación entre cuerpo, alma y cosmos. La tradición distingue cuatro disposiciones generales -sanguínea, colérica, melancólica y flemática-, pero las obras de Hildegarda no autorizan una clasificación rígida de su propia personalidad.

Su pensamiento entiende al ser humano de manera integral. El cuerpo influye en los afectos; los afectos pueden orientar o dificultar la acción; la razón y la voluntad intervienen en las decisiones; las virtudes forman el carácter; y la gracia transforma a la persona desde dentro. Las virtudes infusas no constituyen simples rasgos psicológicos, sino dones sobrenaturales que proceden de Dios y capacitan para vivir en amistad con Él.

Por ello, santa Hildegarda no fue santa por pertenecer a un temperamento determinado. Fue santa porque sus capacidades, límites, sufrimientos, inteligencia, autoridad, creatividad y sensibilidad quedaron progresivamente ordenados por la fe, la esperanza y, sobre todo, la caridad.

Citas y referencias

  1. Hildegarda de Bingen. Libro de las obras divinas, 200 (2009). 2
  2. Hildegarda de Bingen. Scivias Seu Visiones: Liber Primus (Conoce los caminos o visiones: Libro I), 52 (1855). 2 3
  3. Hildegarda de Bingen. Physicae Libri Novem: Liber I, De Plantis (Nueve libros de física: Libro I, Sobre plantas), 6 (1855). 2
  4. Santa Hildegarda. Catholic Encyclopedia, Santa Hildegarda (1913). 2 3
  5. Hildegarda de Bingen. Libro de las obras divinas, 203 (2009). 2
  6. Hildegarda de Bingen. Libro de las obras divinas, 43 (2009). 2
  7. Gracia santificante. Catholic Encyclopedia, Gracia santificante (1913). 2
  8. Virtud. Catholic Encyclopedia, Virtud (1913). 2
  9. Pregunta 1, Tomás de Aquino. Cuestiones disputadas sobre las virtudes, 1 (1272).
  10. Wojciech Giertych, O.P. Virtud y adicción, 7 (2015).
  11. Angela McKay Knobel. Relación entre las virtudes infundidas y adquiridas de Aquino: Algunos textos problemáticos para una interpretación común, 7 (2011).
  12. Alban Butler. Vidas de los santos de Butler: Volumen III, 586 (1990).
  13. Alban Butler. Vidas de los santos de Butler: Volumen III, 588 (1990).
  14. Cuatro virtudes absolutamente perfectas: Las virtudes cardinales infundidas, R. E. Houser. Recogiendo los pedazos de una cultura destrozada: Abandonando a Sartre por Aquino, 17 (2024).
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