La aristocracia romana en el siglo XI
La Roma de comienzos del siglo XI no constituía un Estado centralizado bajo el control efectivo del papa. El pontífice poseía una autoridad espiritual reconocida en Occidente, pero su capacidad para gobernar directamente la ciudad dependía de alianzas, pactos y equilibrios entre nobles, clérigos, milicias urbanas y poderes imperiales.
La familia de los Crescencio-en latín, Crescentii- había adquirido una influencia considerable desde el siglo X. Sus miembros ocuparon cargos de gran importancia en la administración romana y, en distintos momentos, participaron en la designación, deposición o protección de varios papas. La desaparición de la dinastía carolingia dejó al gobierno pontificio sin un protector imperial estable, circunstancia que favoreció el ascenso de la aristocracia local.
La familia no actuó siempre como un bloque político uniforme. Distintos personajes llamados Crescencio pertenecieron a generaciones diferentes y defendieron intereses que podían coincidir o entrar en conflicto. Por ello, resulta anacrónico describir la situación como si existiera una institución familiar perfectamente organizada que «nombraba» a los papas mediante un procedimiento fijo. La influencia de los Crescencio funcionaba más bien a través del control del poder urbano, de redes clientelares, de alianzas nobiliarias y de la capacidad para sostener o impedir determinadas candidaturas.
La influencia de Juan Crescencio
El Juan Crescencio activo durante la elección de Juan XVIII era hijo del Crescencio derrotado por Otón III a finales del siglo X. Después de la muerte del emperador Otón III, ocurrida en 1002, Juan Crescencio asumió en Roma una posición predominante y tomó el título de patricio de los romanos. La historiografía antigua considera que Juan XVII, Juan XVIII y Sergio IV llegaron al pontificado bajo su influencia.
Esta influencia no significa que Juan XVIII careciera de iniciativa propia ni que su pontificado fuese una simple prolongación de la política de la familia. Los documentos conservados muestran a un papa ocupado en la administración eclesiástica, en la confirmación de privilegios y en la defensa de derechos jurisdiccionales. La dependencia política de la aristocracia romana condicionaba el marco de actuación del pontífice, pero no permite reducir todas sus decisiones a órdenes de Juan Crescencio.
El poder de los Crescencio empezó a declinar poco después. Juan Crescencio murió en la primavera de 1012, y la familia desapareció entonces de la primera línea de la historia política romana. A comienzos del siglo XI, los condes de Túsculo comenzaron a competir con ellos por la supremacía en Roma.,