El Cisma de Occidente
El Cisma de Occidente comenzó en 1378, después de la elección de Urbano VI en Roma y de la elección posterior de Clemente VII en Aviñón. Cada obediencia consideraba ilegítima la elección contraria. El conflicto no nació de una controversia doctrinal sobre la fe, sino de una disputa acerca de la validez de las elecciones pontificias y de la legitimidad de sus titulares. Ambas partes reconocían la importancia esencial del papado y profesaban el mismo credo.2
Durante aproximadamente treinta años coexistieron dos líneas pontificias. La línea romana pasó de Urbano VI a Bonifacio IX, Inocencio VII y Gregorio XII. La línea aviñonesa pasó de Clemente VII a Benedicto XIII, cuyo nombre secular era Pedro de Luna. Los intentos de resolver la crisis mediante acuerdos entre los pontífices rivales, renuncias recíprocas o intervención de los príncipes fracasaron repetidamente.1,3
La prolongación del cisma produjo una grave desorientación en la cristiandad occidental. Obispos, universidades, monarcas, cardenales y teólogos discutían a quién correspondía prestar obediencia. La división también favoreció la intervención de las autoridades políticas en los asuntos eclesiásticos y debilitó el prestigio visible de la autoridad pontificia.2,4
El fracaso de las soluciones anteriores
Gregorio XII y Benedicto XIII aceptaron en distintos momentos la posibilidad de renunciar para facilitar una elección común, pero sus negociaciones no llegaron a buen término. El encuentro previsto en Savona no logró reunirlos. En 1407 y 1408, la falta de resultados convenció a numerosos cardenales de que las vías de negociación y compromiso habían llegado a un punto muerto.3
La Universidad de París y otros centros intelectuales defendieron la convocatoria de un concilio general como medio extraordinario para identificar al legítimo pontífice y restaurar la unidad. Entre los teólogos que promovieron esta vía figuraron Enrique de Langenstein, Conrado de Gelnhausen, Juan Gerson y Pedro de Ailly, obispo de Cambrai.1,5
En 1408, cardenales de las obediencias romana y aviñonesa abandonaron a sus respectivos pontífices y comenzaron a actuar conjuntamente. Los días 2 y 5 de julio enviaron cartas a príncipes y prelados convocando una reunión general en Pisa para el 25 de marzo de 1409. Gregorio XII respondió convocando una asamblea en Aquilea, mientras Benedicto XIII reunió otra en Perpiñán, pero ninguna de las dos obtuvo una eficacia comparable.1,5


