Gobierno de la propia vida
La primera forma de realeza cristiana consiste en gobernarse a uno mismo según Dios. El bautizado recibe la libertad de los hijos de Dios, pero necesita ejercitarla mediante la conversión, la virtud y el discernimiento. La persona reina sobre sí misma cuando la inteligencia busca la verdad, la voluntad elige el bien y las pasiones quedan integradas en el orden de la caridad.
El Compendio del Catecismo enseña que los laicos participan en la función regia de Cristo porque reciben de Él la capacidad de vencer el pecado en sí mismos y en el mundo mediante la renuncia a sí mismos y la santidad de vida.
Esta enseñanza no identifica la renuncia cristiana con el desprecio de la persona o de los bienes creados. La abnegación cristiana libera al hombre de la esclavitud del egoísmo, la avaricia, la vanidad, la ira, la lujuria, la soberbia y toda forma de desorden moral. La libertad alcanza su plenitud cuando permite amar de manera verdadera y perseverante.
Vencimiento del pecado
El reinado de Cristo comienza en el interior de la persona. El bautizado participa en la realeza de Cristo cuando combate el pecado, rechaza el mal y orienta sus decisiones hacia la voluntad de Dios. Esta lucha exige conversión continua, oración, recepción de los sacramentos, formación de la conciencia y práctica de las virtudes.
La victoria cristiana no depende exclusivamente de la fuerza de voluntad. Cristo comunica su gracia y sostiene al creyente en el combate espiritual. La vida regia reclama humildad: quien pretende gobernar a los demás sin haber sometido su propia vida al Evangelio contradice la lógica del Reino.
Servicio a los demás
La función regia alcanza su expresión más auténtica en el servicio. Cristo, Rey y Señor del universo, no ejerce su señorío desde la dominación, sino desde la entrega. El cristiano reina cuando pone sus capacidades al servicio de la verdad, de la justicia y de la caridad.
El servicio adopta formas diversas:
- atención a los pobres, enfermos, ancianos y personas solas;
- cuidado de la familia;
- educación de los hijos;
- acompañamiento de quienes atraviesan dificultades;
- defensa de la dignidad de toda persona;
- colaboración responsable en la vida parroquial;
- ejercicio honrado de la profesión;
- compromiso con la justicia y la paz;
- ayuda a las víctimas de la violencia, la exclusión o la pobreza.
La realeza cristiana no busca reconocimiento. El discípulo sirve porque reconoce en cada persona una criatura amada por Dios y, especialmente en quien sufre, el rostro de Cristo.
Ordenación cristiana del mundo
El bautizado también ejerce su función regia cuando transforma el orden temporal conforme al Evangelio. La vida política, económica, cultural, profesional y familiar pertenece al ámbito propio de la responsabilidad cristiana. El laico participa particularmente en esta tarea porque vive en medio de las realidades temporales y puede impregnarlas directamente con los valores del Reino.
El Reino de Dios comprende «la verdad y la vida», «la santidad y la gracia», «la justicia, el amor y la paz». La acción cristiana en el mundo debe favorecer estos bienes sin confundir el Reino con ningún programa político, sistema económico o proyecto ideológico concreto.
La función regia exige actuar con competencia profesional y rectitud moral. Un cristiano no cumple su misión simplemente por ocupar un cargo público, dirigir una empresa o participar en una asociación. La realeza bautismal aparece cuando esas responsabilidades quedan orientadas al bien común, respetan la ley moral y protegen la dignidad humana.