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Vita Consecrata

Vita consecrata es una exhortación apostólica postsinodal de san Juan Pablo II dedicada a la vida consagrada y a su misión en la Iglesia y en el mundo. El documento presenta la consagración mediante los consejos evangélicos como un don del Padre realizado por el Espíritu Santo, una configuración más intensa con Jesucristo y un servicio esencial a la comunión, la santidad y la evangelización de la Iglesia.1,2

Cuadro resumen[Datos abiertos]
NombreVita Consecrata
CategoríaObra
DescripciónExhortación que presenta la consagración como don del Padre, configurada por los consejos evangélicos, y subraya su papel esencial en la santidad, la comunión y la evangelización
AutorJuan Pablo II
Autoridad EclesiásticaPapa Juan Pablo II
ContextoConclusiones de la Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos sobre la vida consagrada (1995-1996)
Fecha de Publicación1996
ImportanciaDefine la teología y eclesiología de la vida consagrada, orienta su renovación espiritual, comunitaria y apostólica y reafirma su reconocimiento oficial por la Iglesia
TemaVida consagrada y su misión en la Iglesia y en el mundo
TipoExhortación apostólica, Exhortación apostólica post-sinodal
Enlace oficialVita Consecrata

Tabla de contenido

Identificación y contexto

Naturaleza del documento

Vita consecrata pertenece al magisterio pontificio de san Juan Pablo II. Recoge las conclusiones de la Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos dedicada a «La vida consagrada y su misión en la Iglesia y en el mundo». El Papa dirige la exhortación a obispos, sacerdotes, diáconos, personas consagradas, laicos y a todos quienes deseen conocer mejor esta forma de vida cristiana.2

El documento completa, dentro del ciclo sinodal posterior al Concilio Vaticano II, la reflexión sobre los distintos estados de vida presentes en la Iglesia. La asamblea sinodal anterior había tratado la vocación y misión de los laicos, y otra posterior abordó el ministerio y la vida de los sacerdotes. Vita consecrata centra su atención en la identidad específica, la vocación y la misión de las personas consagradas.2

Finalidad

La exhortación pretende mostrar la riqueza de la vida consagrada, aclarar su lugar en el misterio de la Iglesia y orientar su renovación espiritual, comunitaria y apostólica. Juan Pablo II no la presenta como una realidad marginal ni reservada a una parte reducida del pueblo cristiano, sino como una dimensión que afecta a toda la Iglesia.3

La comunión eclesial, explica el documento, no equivale a uniformidad. El Espíritu Santo suscita diversos carismas y estados de vida para la edificación del Cuerpo de Cristo y para la misión evangelizadora. La unidad de la Iglesia exige respetar la identidad propia de cada vocación y ordenar sus dones al crecimiento de la fraternidad y de la misión.2

Concepto de vida consagrada

Don de la Trinidad

La vida consagrada hunde sus raíces en el ejemplo y en la enseñanza de Jesucristo. El Padre la concede a la Iglesia mediante el Espíritu Santo, y las personas consagradas responden a esta iniciativa siguiendo a Cristo de una manera particular. La profesión de los consejos evangélicos hace visibles en el mundo algunos rasgos característicos de Jesús: su castidad, su pobreza y su obediencia.1

Esta forma de vida orienta también la mirada hacia el Reino de Dios. El Reino ya actúa en la historia, aunque todavía espera su plena realización en la vida futura. Por ello, la vida consagrada posee una dimensión escatológica: anticipa y recuerda la plenitud definitiva hacia la que camina la Iglesia.1

Desde los primeros tiempos cristianos, hombres y mujeres han respondido a la llamada del Padre y a la acción del Espíritu mediante una entrega indivisa a Cristo. Como los Apóstoles, abandonaron bienes, proyectos o vínculos legítimos para estar con el Señor y ponerse al servicio de Dios y de los hermanos. La historia de la Iglesia ha recibido de ellos una gran variedad de carismas espirituales y apostólicos.1

Lugar dentro de la Iglesia

La vida consagrada pertenece al corazón de la Iglesia porque manifiesta la naturaleza interior de la vocación cristiana y expresa el anhelo de la Iglesia, esposa de Cristo, de unirse plenamente a su único Esposo. Su importancia no depende únicamente de las obras que realizan los institutos, sino de la consagración misma y del testimonio que ofrece.3

Gianfranco Ghirlanda describe la vida consagrada como un capítulo fundamental de la eclesiología, es decir, de la reflexión teológica sobre el misterio de la Iglesia. La consagración permite comprender con mayor profundidad la vida cristiana y la Iglesia como misterio de comunión y santidad, porque mantiene una relación íntima con el misterio de Cristo y lo hace presente en todos los tiempos y lugares.4

Las dificultades demográficas o institucionales de algunos institutos no eliminan la importancia permanente de la profesión de los consejos evangélicos. Las formas históricas pueden cambiar, pero permanece la sustancia de una entrega radical a Jesucristo y, en él, a todos los miembros de la familia humana.3

La consagración mediante los consejos evangélicos

Iniciativa de Dios

La consagración nace de una iniciativa divina. El Padre atrae a una persona hacia Cristo y le concede, mediante el Espíritu Santo, el don particular que permite asumir la forma de vida de Jesús virgen, pobre y obediente. Esta acción alcanza la raíz de la persona y la dispone para una respuesta libre y amorosa.5

La vocación consagrada no constituye una simple opción profesional, una disciplina ascética escogida por motivos personales o una dedicación filantrópica. Implica una llamada de Dios que configura toda la existencia y orienta a la búsqueda de la caridad perfecta, entendida como la entrega plena a Dios y el amor oblativo hacia los demás.6

Respuesta personal

La persona responde a la gracia mediante una consagración personal. Asume los consejos evangélicos con un vínculo sagrado que afecta a toda su vida y expresa una entrega total, estable y, ordinariamente, perpetua. Esta respuesta exige libertad, madurez, discernimiento y perseverancia.5

La profesión no sustituye el Bautismo, sino que desarrolla de forma particular la consagración bautismal. Todos los bautizados están llamados a la santidad, a la castidad propia de su estado de vida, a la obediencia a Dios y a un uso desprendido de los bienes. Sin embargo, el Bautismo no incluye por sí mismo el celibato, la virginidad consagrada, la renuncia a la propiedad o la obediencia a un superior en la forma propia de los consejos evangélicos.7

Ratificación eclesial

La Iglesia interviene mediante un acto de reconocimiento y ratificación. En él convergen la consagración divina y la respuesta personal, y la persona queda incorporada a una forma estable de vida reconocida por la Iglesia. Esta dimensión eclesial distingue la consagración pública de una decisión meramente privada.5

La consagración posee también una dimensión funcional: orienta a la persona al crecimiento de todo el Cuerpo de Cristo mediante el amor y el servicio a los hijos e hijas de Dios. En la vida religiosa, la fraternidad comunitaria añade un elemento específico, vivido de acuerdo con la naturaleza, el carácter y la finalidad de cada instituto.4

Fundamento cristológico

Cristo, modelo de toda consagración

Jesucristo constituye el centro y el modelo de la vida consagrada. Vita consecrata presenta esta forma de vida como una imitación más estrecha y una actualización permanente, dentro de la Iglesia, de la existencia que Jesús asumió como consagrado y enviado por el Padre para anunciar el Reino.8

El Padre consagró y envió al Hijo al mundo. Cristo acogió esta consagración y se entregó al Padre por la salvación de la humanidad. Su virginidad, su pobreza y su obediencia expresan su aceptación filial del designio del Padre. La vida consagrada prolonga sacramentalmente -aunque no constituye un sacramento- la memoria viva de esta existencia de Jesús.8

Seguimiento y configuración

El seguimiento de Cristo no consiste sólo en imitar exteriormente determinadas prácticas. La persona consagrada busca una configuración profunda con la manera de vivir y actuar del Señor. Esta configuración abarca la relación con el Padre, el trato con los hermanos, la oración, el servicio, la disponibilidad y la entrega hasta el sacrificio.8

La pobreza de Cristo manifiesta la entrega completa de sus bienes y de sí mismo al Padre. Su obediencia revela una dependencia filial, no servil: Jesús no actúa movido por coacción, sino por amor y confianza en el Padre. Su virginidad manifiesta una entrega indivisa y una fecundidad espiritual orientada al Reino, sin negar la dignidad ni la santidad del matrimonio.8

Dimensión trinitaria

Castidad consagrada

Los consejos evangélicos adquieren su sentido más profundo en relación con la Trinidad. La castidad de quienes viven el celibato o la virginidad por el Reino manifiesta la entrega indivisa a Dios y refleja, de modo analógico, el amor eterno del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.9

La castidad consagrada no equivale a una negación de la capacidad humana de amar. Orienta toda la persona hacia Cristo y abre el corazón a un amor universal, espiritual y oblativo. La persona consagrada renuncia al matrimonio para dedicar su vida entera al Señor y al servicio de la Iglesia y de la humanidad.

Pobreza evangélica

La pobreza proclama que Dios constituye el bien supremo y el tesoro decisivo de la existencia. La persona consagrada renuncia a una posesión autónoma de los bienes o somete su uso a las normas del instituto, con el fin de vivir el desprendimiento de Cristo y compartir más radicalmente la condición de los pobres.9

La pobreza evangélica no se reduce a la privación material. Incluye sencillez de vida, dependencia comunitaria, solidaridad, servicio y defensa de las personas vulnerables. Ghirlanda relaciona esta pobreza con un compromiso activo y gratuito en favor de la solidaridad y de la caridad hacia los pobres y humildes.5

Obediencia consagrada

La obediencia imita a Cristo, que hizo de la voluntad del Padre el alimento de su vida. El consejo no pretende destruir la libertad, sino transformarla mediante una relación filial con Dios. La obediencia cristiana reclama responsabilidad, diálogo, confianza y búsqueda común de la voluntad divina.9

La obediencia tampoco justifica el autoritarismo o la arbitrariedad. Las personas que ejercen autoridad dentro de un instituto deben actuar al servicio de la comunidad y del carisma recibido. La obediencia consagrada sólo alcanza su sentido pleno cuando permanece unida a la verdad, la caridad, la justicia y la dignidad de la persona.

La fraternidad como signo trinitario

La vida fraterna manifiesta el deseo del Padre de reunir a toda la humanidad en una sola familia. También hace visible la obra reconciliadora del Hijo y la acción del Espíritu Santo, principio de unidad de la Iglesia y origen de las familias espirituales y comunidades consagradas.9

Las comunidades consagradas están llamadas a vivir con un solo corazón y una sola alma, sin borrar las diferencias personales. La fraternidad exige perdón, corrección fraterna, participación, cuidado de los enfermos y ancianos, atención a las nuevas generaciones y una administración responsable de los bienes comunes.

Formas de vida consagrada

Institutos religiosos

Los institutos religiosos reúnen personas que profesan públicamente los consejos evangélicos y viven una forma estable de vida conforme a unas constituciones aprobadas por la autoridad de la Iglesia. La vida comunitaria constituye un elemento característico de la vida religiosa, aunque adopta modalidades distintas según el carisma de cada instituto.4

Los institutos pueden orientarse principalmente a la contemplación, al apostolado, a la educación, a la atención de los enfermos, a las misiones, a la promoción social o a diversas obras de misericordia. La diversidad de tareas no altera el centro de la vocación: la unión con Cristo y la búsqueda de la santidad mediante los consejos evangélicos.

Institutos seculares

Los institutos seculares constituyen una forma de vida consagrada en la que sus miembros viven la entrega a Dios dentro de las condiciones ordinarias del mundo. La secularidad no significa falta de consagración, sino presencia cristiana en las realidades profesionales, familiares, culturales y sociales.

En estos institutos, los consejos evangélicos pueden asumirse mediante promesas u otros vínculos establecidos por las constituciones. La forma jurídica del vínculo no agota el significado de la consagración, cuyo carácter sagrado procede de su conexión con la llamada a seguir a Cristo virgen, pobre y obediente.10

Sociedades de vida apostólica

El Código de Derecho Canónico sitúa las sociedades de vida apostólica en una sección distinta de la dedicada a los institutos de vida consagrada. Sin embargo, algunas sociedades asumen expresamente los consejos evangélicos mediante vínculos sagrados reconocidos oficialmente por la Iglesia.11,12

Vita consecrata reconoce la existencia de una verdadera consagración en aquellas sociedades cuyos miembros asumen los consejos evangélicos mediante vínculos sagrados y públicos. Esta consagración conserva una peculiaridad propia y distingue a estas sociedades de los institutos religiosos y de los institutos seculares, sin excluirlas por ello del ámbito general de la vida consagrada.10,6

Los vínculos sagrados no tienen que adoptar siempre la forma de votos. También pueden consistir en promesas o propósitos reconocidos por las constituciones y aceptados por la autoridad eclesial. Cuando las constituciones aprobadas establecen estos vínculos y la autoridad los recibe en nombre de la Iglesia, poseen carácter público y no permanecen en el ámbito de la conciencia privada.10,13

Orden de las vírgenes

La consagración de vírgenes constituye una forma individual de vida consagrada. La mujer que recibe esta consagración asume públicamente el propósito de seguir a Cristo más de cerca y ofrece su virginidad al servicio de Dios y de la Iglesia. El vínculo no depende necesariamente de un voto religioso formal, pues la consagración se expresa mediante el rito litúrgico y el reconocimiento eclesial.10

Vida eremítica

La vida eremítica expresa una búsqueda radical de Dios mediante la separación del mundo, la oración, la penitencia, el trabajo y la soledad. El ermitaño o la ermitaña no vive la soledad como aislamiento egoísta, sino como una forma de intercesión y de entrega en favor de la Iglesia.

Nuevas formas de consagración

La acción del Espíritu Santo puede suscitar nuevas expresiones de vida consagrada. La aparición de formas nuevas no elimina ni sustituye las anteriores. La historia muestra una continuidad orgánica, semejante a la imagen de una planta con muchos ramos, cuyas raíces permanecen en el Evangelio y cuyos frutos aparecen en cada época de la Iglesia.11

El discernimiento eclesial debe comprobar que una nueva experiencia contiene los elementos esenciales de la vida consagrada: la llamada a seguir a Cristo, la búsqueda de la caridad perfecta, la profesión de los consejos evangélicos y un vínculo sagrado público reconocido por la Iglesia.6

Los matrimonios cristianos que formulan promesas de castidad conyugal, pobreza u obediencia no constituyen por ese solo hecho una nueva forma de vida consagrada. La castidad matrimonial pertenece a la naturaleza del matrimonio y no equivale al celibato o a la virginidad consagrada. Además, cualquier compromiso de pobreza u obediencia debe respetar las obligaciones propias del matrimonio y los deberes hacia los hijos.

Vida religiosa, ministerio y condición laical

Institutos clericales y mixtos

La vida consagrada, por su propia naturaleza, no es ni laical ni clerical. La consagración constituye un estado de vida propio, que puede incluir miembros ordenados y miembros no ordenados.14

En los institutos mixtos, el fundador puede haber previsto una fraternidad fundamentalmente igualitaria entre sacerdotes y hermanos. La renovación de estos institutos exige recuperar, cuando corresponda, la inspiración originaria y revisar la distribución de derechos, deberes y responsabilidades.

En los institutos clericales, el sacerdocio forma parte del carisma constitutivo. Los hermanos participan en la misión del instituto de una manera propia y diferenciada, colaborando con los sacerdotes. Cuando la naturaleza del instituto exige que el superior represente plenamente el carisma unido al sacerdocio, el derecho puede reservar esa función a los clérigos.14

Sacerdotes religiosos

La ordenación sacerdotal y la vida consagrada pueden converger en una unidad profunda. La profesión de los consejos evangélicos favorece una unión más estrecha con Cristo y permite al sacerdote expresar, mediante la espiritualidad de su instituto, la plenitud del misterio de Jesús y la dimensión apostólica del carisma.7

Los sacerdotes religiosos dedicados a la contemplación ofrecen una contribución esencial a la vida de la Iglesia. En especial mediante la Eucaristía, unen su entrega a la ofrenda de Cristo al Padre por la salvación del mundo.7

Misión de la vida consagrada

Testimonio profético

La vida consagrada posee una dimensión profética porque cuestiona los valores dominantes cuando contradicen el Evangelio. La castidad relativiza la absolutización de la sexualidad; la pobreza denuncia el consumismo y la idolatría de la riqueza; la obediencia recuerda que la libertad humana alcanza su plenitud en la verdad y en el amor.

El testimonio profético no consiste principalmente en discursos. Nace de una existencia coherente, capaz de mostrar que Dios puede ocupar el centro de la vida. Cuando las personas consagradas afrontan con fidelidad las dificultades, la enfermedad, la vejez o la persecución, proclaman la fuerza de la esperanza cristiana.

Evangelización

Los carismas de la vida consagrada han contribuido a hacer visible el misterio y la misión de la Iglesia y han colaborado en la renovación de la sociedad. La evangelización abarca el anuncio explícito de Jesucristo, la educación en la fe, la celebración litúrgica, la atención pastoral y el servicio de la caridad.1

La misión exige apertura a la Palabra de Dios y capacidad para interpretar los signos de los tiempos. Los institutos están llamados a discernir nuevas presencias y campos de apostolado sin perder su identidad ni reducir el carisma a una mera eficacia organizativa.

Servicio a los pobres

La pobreza evangélica impulsa una solidaridad concreta. Las personas consagradas sirven a los pobres, enfermos, ancianos, migrantes, presos, huérfanos y personas abandonadas. Este servicio no busca únicamente resolver necesidades inmediatas: reconoce en cada persona la dignidad recibida de Dios y anuncia la cercanía misericordiosa de Cristo.

El compromiso social de un instituto debe conservar la finalidad espiritual y apostólica de su carisma. Las obras asistenciales, educativas o sanitarias sólo cumplen su sentido eclesial cuando expresan la caridad de Cristo y respetan la dignidad de quienes reciben ayuda.

Cultura y diálogo

La misión de la vida consagrada incluye la evangelización de la cultura. Universidades, escuelas, centros de investigación, medios de comunicación, iniciativas artísticas y proyectos sociales pueden convertirse en espacios para anunciar el Evangelio y promover una visión integral de la persona.

El diálogo con la sociedad, con otras religiones y con las distintas corrientes culturales requiere identidad cristiana, respeto y búsqueda sincera de la verdad. La vida consagrada puede ofrecer una respuesta a la búsqueda contemporánea de sentido, interioridad y experiencia de lo sagrado.

Comunión eclesial y colaboración con los laicos

La Iglesia está formada por diversos estados y vocaciones: laicos, ministros sagrados y personas consagradas. Cada realidad posee identidad y misión propias. La colaboración no exige confundir las vocaciones, sino reconocer su complementariedad y ordenar los dones de todos a la edificación del Cuerpo de Cristo.

Los laicos pueden participar en la espiritualidad, las obras y el apostolado de un instituto. Algunos institutos comparten con ellos su carisma y les ofrecen itinerarios de formación y compromiso. Cuando los laicos realizan una obra en nombre de un instituto, la actividad debe conservar el espíritu y la finalidad del carisma, bajo la responsabilidad de los superiores en aquello que corresponda.

La colaboración madura exige respeto mutuo, formación adecuada, claridad de responsabilidades y caridad eclesial. Los consagrados no deben tratar a los laicos como simples auxiliares, ni los laicos deben reducir el carisma de un instituto a una herramienta de trabajo. Ambos participan, desde su vocación propia, en la misión común de la Iglesia.

Formación y renovación

Formación inicial

La formación prepara a la persona para vivir los consejos evangélicos, la vida fraterna, la espiritualidad propia del instituto y su misión apostólica. Incluye madurez humana, doctrina cristiana, vida litúrgica, oración, discernimiento, conocimiento del carisma y capacidad para vivir en comunidad.

La formación no pretende producir uniformidad psicológica. Ayuda a integrar la personalidad, purificar las motivaciones y desarrollar una libertad capaz de responder a Dios con responsabilidad.

Formación permanente

La formación continúa durante toda la vida. Las nuevas circunstancias culturales, los cambios sociales, el envejecimiento de las comunidades y la evolución de las obras apostólicas exigen renovar conocimientos, métodos pastorales y formas de presencia.

La formación permanente también protege la fidelidad al carisma. La renovación auténtica no consiste en abandonar la tradición, sino en volver a sus fuentes, discernir lo esencial y expresarlo de manera comprensible en cada época.

Ancianos y enfermos

Las personas ancianas y enfermas conservan una misión propia dentro de la vida consagrada. Su oración, sufrimiento ofrecido, memoria histórica y testimonio de perseverancia enriquecen a la comunidad. Una institución fiel a su identidad debe cuidar a sus miembros vulnerables y reconocer que la fecundidad apostólica no depende sólo de la actividad exterior.

Valor teológico y eclesial

La profesión de los consejos evangélicos constituye una consagración nueva respecto del Bautismo y de la Confirmación, aunque nace de la gracia bautismal y la desarrolla. No todos reciben la llamada al celibato, a la virginidad, a la renuncia de los bienes o a la obediencia propia de la vida consagrada; esta vocación requiere un don particular del Espíritu Santo.7

La vida consagrada posee un valor de signo: hace visible la primacía de Dios, la centralidad de Cristo, la acción del Espíritu Santo y la esperanza del Reino. También posee una dimensión de servicio, pues la persona consagrada orienta su entrega al crecimiento de toda la Iglesia y al bien de la humanidad.4

Su excelencia no implica superioridad personal sobre los demás cristianos. Todos los bautizados están llamados a la santidad. La diferencia reside en la forma de respuesta a la llamada y en la misión recibida. La vida consagrada manifiesta un modo particular de seguir a Cristo, mientras que el matrimonio, el ministerio ordenado y la vida laical expresan otros caminos auténticos de santidad y servicio.

Recepción y vigencia

Vita consecrata mantiene una importancia central para la teología de la vida consagrada, la formación de sus miembros, la renovación de los institutos y la comprensión de las relaciones entre consagrados, ministros ordenados y laicos.

El documento ofrece simultáneamente continuidad y renovación. Afirma la permanencia de los elementos esenciales -Cristo, los consejos evangélicos, la consagración eclesial, la fraternidad y la misión- y anima a encontrar formas nuevas de presencia apostólica. Las transformaciones históricas no modifican la sustancia de la entrega radical a Jesucristo y al servicio de la familia humana.3

Síntesis doctrinal

Las ideas principales de Vita consecrata pueden resumirse así:

  • La vida consagrada es don del Padre a la Iglesia mediante el Espíritu Santo.
  • Su fundamento es el seguimiento más estrecho de Jesucristo virgen, pobre y obediente.
  • La profesión de los consejos evangélicos configura la existencia con Cristo.
  • La castidad, la pobreza y la obediencia poseen una profunda raíz trinitaria.
  • La consagración desarrolla la gracia bautismal, pero no constituye una consecuencia necesaria del Bautismo.
  • La Iglesia reconoce y ratifica públicamente la consagración.
  • La vida fraterna constituye un elemento específico de la vida religiosa.
  • Las sociedades de vida apostólica pueden participar de la vida consagrada cuando asumen expresamente los consejos evangélicos mediante vínculos sagrados reconocidos por la Iglesia.
  • La diversidad de institutos y carismas enriquece la comunión eclesial.
  • La vida consagrada participa en la evangelización, el servicio a los pobres, la promoción de la cultura y la construcción de la fraternidad.
  • La fidelidad al carisma exige formación permanente, discernimiento y apertura a la acción del Espíritu Santo.

Vita consecrata presenta, en definitiva, la vida consagrada como una memoria viva de Jesucristo dentro de la Iglesia: una existencia entregada a Dios, configurada por los consejos evangélicos, sostenida por la fraternidad y orientada a la misión.

Citas y referencias

  1. Vita consecrata, Papa Juan Pablo II. Vita Consecrata, 1 (1996). 2 3 4 5
  2. Vita consecrata, Papa Juan Pablo II. Vita Consecrata, 4 (1996). 2 3 4
  3. Introducción - La vida consagrada: un don para la Iglesia, Papa Juan Pablo II. Vita Consecrata, 3 (1996). 2 3 4
  4. Gianfranco Ghirlanda. La exhortación apostólica ‘Vita consecrata’: aspectos teológicos y eclesiológicos, 1996, número 4, págs. 555-596, 42 (1996). 2 3 4
  5. Conclusión, Gianfranco Ghirlanda. La exhortación apostólica ‘Vita consecrata’: aspectos teológicos y eclesiológicos, 1996, número 4, págs. 555-596, 41 (1996). 2 3 4
  6. Gianfranco Ghirlanda. La exhortación apostólica ‘Vita consecrata’: aspectos canónicos, 1996, número 4, págs. 597-623, 9 (1996). 2 3
  7. Capítulo I - III. En la Iglesia y para la Iglesia - Nueva y especial consagración, Papa Juan Pablo II. Vita Consecrata, 30 (1996). 2 3 4
  8. Capítulo I - I. En alabanza a la Trinidad - Consagrado como Cristo para el reino de Dios, Papa Juan Pablo II. Vita Consecrata, 22 (1996). 2 3 4
  9. Capítulo I - I. En alabanza a la Trinidad - Reflexión de la vida trinitaria en los consejos evangélicos, Papa Juan Pablo II. Vita Consecrata, 21 (1996). 2 3 4
  10. Gianfranco Ghirlanda. La exhortación apostólica ‘Vita consecrata’: aspectos canónicos, 1996, número 4, págs. 597-623, 7 (1996). 2 3 4
  11. II. Las sociedades de vida apostólica, Gianfranco Ghirlanda. La exhortación apostólica ‘Vita consecrata’: aspectos canónicos, 1996, número 4, págs. 597-623, 5 (1996). 2
  12. Gianfranco Ghirlanda. La exhortación apostólica ‘Vita consecrata’: aspectos canónicos, 1996, número 4, págs. 597-623, 6 (1996).
  13. Gianfranco Ghirlanda. La exhortación apostólica ‘Vita consecrata’: aspectos canónicos, 1996, número 4, págs. 597-623, 8 (1996).
  14. III. Integración de los religiosos hermanos en los institutos mixtos y en los institutos clericales, Gianfranco Ghirlanda. La exhortación apostólica ‘Vita consecrata’: aspectos canónicos, 1996, número 4, págs. 597-623, 10 (1996). 2
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