El Concilio Vaticano II abordó los medios de comunicación en un momento de expansión de la prensa, la cinematografía, la radiodifusión y la televisión. Aquellas tecnologías habían transformado la circulación de noticias, ideas, opiniones y enseñanzas, permitiendo que un mismo mensaje alcanzara simultáneamente a grandes multitudes y a la sociedad entera.1
El Concilio no contempló estos medios únicamente como instrumentos técnicos. También los consideró realidades culturales capaces de formar la conciencia, orientar las costumbres, configurar la opinión pública y favorecer o perjudicar la vida social. Por esta razón, el decreto trata conjuntamente su dimensión técnica, cultural, moral, educativa y apostólica.2
La expresión latina Inter Mirifica significa «entre las cosas maravillosas». Procede de las palabras iniciales del decreto, que presentan los descubrimientos técnicos como frutos del ingenio humano, ejercido con la ayuda de Dios. El documento adopta, por tanto, una actitud de acogida prudente: la Iglesia valora las capacidades de la comunicación moderna, pero exige que su utilización respete el designio del Creador y el bien integral de la persona.1


