La pobreza de María no describe una carencia que la reduzca, sino una forma de relación con Dios: ella vive una actitud de dependencia y receptividad que la hace «transparente» a lo que Dios realiza en ella. En esta perspectiva, María no encarna la pobreza como ideología, sino como virtud teologal que expresa confianza, humildad y entrega.1
La tradición mariológica vinculada a la pobreza resalta que María pertenece a los «pobres del Señor» (anawim) por su fe que confía y recibe la salvación de Dios. María «se sitúa entre los pobres y humildes del Señor» que esperan con confianza y acogen la salvación que Dios ofrece.1
Esta pobreza ilumina también el modo cristiano de comprender la libertad: María no se encierra en su limitación, sino que se orienta plenamente hacia Dios. Esa orientación plena manifiesta una forma superior de libertad, porque el corazón no queda gobernado por el dominio de lo material, sino por la disponibilidad al querer divino.1
La pobreza como «openness» espiritual: vaciedad que Dios llena
En el lenguaje teológico, la pobreza de María se entiende como una apertura a ser colmada por Dios. Esa apertura permite que el misterio de Cristo «entre» en la historia humana y encuentre una respuesta auténtica en la fe de la Virgen. Cuando María se contempla como pobre en este sentido, su grandeza aparece ligada a la humildad: ella reconoce su pequeñez y magnifica al Señor.2
Esta clave evita una lectura superficial: la pobreza mariana no conduce a un desprecio del cuerpo, del mundo o del don creado. Conduce a una actitud interior de fe y entrega, que integra el valor del ser humano y orienta la vida hacia Dios.1
