La expresión cisma protestante posee un valor descriptivo, pero conviene emplearla con precisión. En sentido canónico y teológico, un cisma consiste en el rechazo de la sumisión al Romano Pontífice o de la comunión con los miembros de la Iglesia sujetos a él. La ruptura protestante incluyó ese aspecto, pero también incorporó controversias doctrinales de gran profundidad. Por este motivo, la historiografía católica utiliza asimismo las expresiones Reforma protestante, Revolución protestante, división de la cristiandad occidental y separación de las comunidades eclesiales occidentales.
El Concilio Vaticano II describió los acontecimientos del siglo XVI como una serie de divisiones que originaron numerosas comunidades nacionales o confesionales separadas de la Sede Apostólica. También reconoció que esas comunidades conservaban vínculos históricos y espirituales con la Iglesia católica, después de muchos siglos de vida cristiana común.1
La palabra protestante procede de la protesta presentada en 1529 por varios príncipes y ciudades favorables a las posiciones reformadas frente a las decisiones de la Dieta de Espira. Con el tiempo, el término pasó a designar realidades muy distintas entre sí: luteranos, reformados o calvinistas, anglicanos, anabaptistas, presbiterianos, congregacionalistas y otras comunidades surgidas posteriormente.
El protestantismo nunca formó una única Iglesia organizada. Desde sus primeros decenios, las nuevas comunidades adoptaron estructuras, confesiones y doctrinas diversas, con frecuencia vinculadas a la autoridad de los príncipes o de los gobiernos nacionales.3


