En el lenguaje ordinario, la tristeza designa un estado de abatimiento, aflicción o pesar producido por la pérdida de algo valioso, por una desgracia, por el sufrimiento propio o ajeno, o por la percepción de un mal. La antropología cristiana reconoce que el ser humano no es una inteligencia aislada, sino una unidad de cuerpo y alma dotada de sensibilidad, afectos, razón y voluntad.
Desde la perspectiva tomista, la tristeza pertenece primariamente al apetito sensitivo, es decir, a la dimensión afectiva que reacciona ante lo que aparece como nocivo. No nace necesariamente de una decisión libre ni constituye por sí misma un pecado. Los sentidos internos -la memoria, la imaginación, la estimativa y otras facultades sensibles- pueden presentar como presente un mal que afecta a la persona, aunque el mal pertenezca al pasado o se anticipe como futuro.1
Santo Tomás de Aquino distingue entre dolor corporal y tristeza. El dolor corporal procede de una lesión captada por los sentidos externos; la tristeza, en cambio, procede de la aprehensión interior de un mal. Por esta razón, la tristeza puede referirse no sólo a una herida física, sino también a una humillación, una pérdida, una injusticia, un fracaso, un recuerdo o una amenaza.2
La tristeza posee, por tanto, un alcance más amplio que el dolor físico. La inteligencia y la memoria permiten que una persona sufra por algo que ya ha sucedido; la imaginación puede hacerle padecer por algo que todavía no ha ocurrido; y la conciencia moral puede afligirse ante el mal cometido o ante el bien omitido.2



