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Tristeza

La tristeza es una experiencia humana de dolor interior ante un mal presente, una pérdida, una frustración o la ausencia de un bien amado. La tradición católica no la considera siempre pecaminosa: como pasión natural puede aparecer incluso en una persona virtuosa y en Jesucristo. Sin embargo, la tristeza necesita ordenarse mediante la razón, la esperanza y la caridad, porque, cuando se vuelve desmedida o se convierte en rechazo voluntario del bien, puede perjudicar la vida moral y espiritual. La tristeza también debe distinguirse de la acedia, que rechaza con hastío el bien divino, y de la melancolía patológica, que pertenece al ámbito de la salud y no puede identificarse sin más con una falta moral.

Sépulcre Arc-en-Barrois 111008 12
Ver información de la imagenEntierro de Cristo, 1672, en la iglesia de Saint-Martin en Arc-en-Barrois (Haute-Marne, Francia). c. 2008. Original, Vassil, CC BY 3.0 📄
Cuadro resumen[Datos abiertos]
NombreTristeza
CategoríaTérmino
DescripciónSentimiento de aflicción provocado por la percepción de un mal real o imaginado. Experiencia humana de dolor interior ante un mal presente, una pérdida, una frustración o la ausencia de un bien amado
ContextoTradición católica, especialmente la escolástica tomista y el Catecismo; desarrollada por Santo Tomás de Aquino, con referencias a papas como Francisco y documentos del Sínodo de la Iglesia Greco-Católica Ucraniana.
Enseñanzas Principales1. La tristeza es una pasión natural que no es pecado en sí misma. 2. Debe ser ordenada por la razón, la esperanza y la caridad. 3. Se diferencia de la acedia, que rechaza el bien espiritual. 4. Puede volverse desordenada cuando se convierte en rechazo del bien o en obstáculo a la voluntad. 5. La compunción del corazón es una forma sana de tristeza vinculada al pecado. 6. La virtud opuesta al desorden es la alegría espiritual.
TipoTérmino teológico, Pasión sensible
VicioAcedia (cuando la tristeza se vuelve rechazo del bien espiritual)
Virtud ContrariaAlegría espiritual (alegría del Espíritu Santo)

Tabla de contenido

Concepto general

En el lenguaje ordinario, la tristeza designa un estado de abatimiento, aflicción o pesar producido por la pérdida de algo valioso, por una desgracia, por el sufrimiento propio o ajeno, o por la percepción de un mal. La antropología cristiana reconoce que el ser humano no es una inteligencia aislada, sino una unidad de cuerpo y alma dotada de sensibilidad, afectos, razón y voluntad.

Desde la perspectiva tomista, la tristeza pertenece primariamente al apetito sensitivo, es decir, a la dimensión afectiva que reacciona ante lo que aparece como nocivo. No nace necesariamente de una decisión libre ni constituye por sí misma un pecado. Los sentidos internos -la memoria, la imaginación, la estimativa y otras facultades sensibles- pueden presentar como presente un mal que afecta a la persona, aunque el mal pertenezca al pasado o se anticipe como futuro.1

Santo Tomás de Aquino distingue entre dolor corporal y tristeza. El dolor corporal procede de una lesión captada por los sentidos externos; la tristeza, en cambio, procede de la aprehensión interior de un mal. Por esta razón, la tristeza puede referirse no sólo a una herida física, sino también a una humillación, una pérdida, una injusticia, un fracaso, un recuerdo o una amenaza.2

La tristeza posee, por tanto, un alcance más amplio que el dolor físico. La inteligencia y la memoria permiten que una persona sufra por algo que ya ha sucedido; la imaginación puede hacerle padecer por algo que todavía no ha ocurrido; y la conciencia moral puede afligirse ante el mal cometido o ante el bien omitido.2

La tristeza como pasión natural

La pasión y la vida afectiva

En la tradición escolástica, una pasión es un movimiento del apetito sensible provocado por la percepción de un bien o de un mal. La palabra no significa necesariamente una conducta desordenada. Designa, en primer lugar, una modificación afectiva que la persona recibe antes de deliberar plenamente sobre ella.

La tristeza surge cuando el apetito sensible encuentra un mal presente que contradice una inclinación natural. Así como la sensibilidad se alegra ante lo conveniente, también padece ante lo perjudicial. La razón no puede suprimir por completo esta condición sensible sin destruir algo propio de la naturaleza humana. Puede, sin embargo, gobernarla, darle una medida justa y evitar que aparte a la persona del bien.3

Esta doctrina se opone a la concepción estoica según la cual el sabio debería permanecer completamente imperturbable ante cualquier pérdida. La tradición católica admite que una persona virtuosa puede llorar, lamentarse y sentir tristeza. La virtud no consiste en carecer de afectos, sino en permitir que los afectos permanezcan ordenados por la razón y orientados hacia el bien.1

La neutralidad moral de la pasión

La tristeza sensible, considerada en sí misma, puede ser moralmente indiferente. No resulta buena ni mala simplemente por aparecer. La responsabilidad moral depende de aquello que la provoca, de la relación de la persona con esa tristeza y de las decisiones que adopta bajo su influencia.

Por ejemplo, puede ser natural entristecerse:

  • ante la muerte de un ser querido;
  • ante una enfermedad o una discapacidad;
  • por una injusticia padecida;
  • por la pérdida del trabajo o de la seguridad económica;
  • por el sufrimiento de otra persona;
  • por el propio pecado;
  • ante la experiencia de la soledad o del fracaso.

La existencia de tristeza no demuestra una falta de fe. Tampoco permite concluir que una persona carece de esperanza cristiana. Los bienes temporales poseen un valor real, aunque subordinado al bien supremo. Por eso, perderlos puede causar un pesar legítimo, siempre que la aflicción no absorba la razón ni destruya el orden de la vida moral.3

Cristo y la tristeza

La revelación cristiana muestra de manera decisiva que la tristeza humana, considerada como pasión, no constituye pecado. Jesucristo experimentó una profunda angustia ante su pasión y muerte. La expresión evangélica «Triste está mi alma hasta la muerte» manifiesta una verdadera afectividad humana, no una imperfección moral. La reflexión tomista utiliza este pasaje para distinguir entre la pasión sensible que puede afectar al hombre y el consentimiento racional que podría convertirla en desorden.4

En Cristo, la tristeza sensible no contradijo la obediencia ni la confianza filial. Su alma humana padeció realmente, pero su voluntad permaneció plenamente unida al designio del Padre. La tristeza, por tanto, puede coexistir con la santidad, la esperanza y el amor perfecto.

Tristeza sensible y acto de la voluntad

Dos niveles distintos

Conviene distinguir dos realidades que a menudo reciben el mismo nombre:

  1. La tristeza como pasión sensible, que aparece espontáneamente ante un mal percibido.
  2. La tristeza como acto de la voluntad, mediante el cual la persona acepta, alimenta o rechaza una determinada aflicción.

La primera acontece en la sensibilidad y no depende necesariamente de una elección previa. La segunda implica una orientación más propiamente moral, porque la voluntad puede adherirse a un juicio, consentir en una actitud de desesperación, rechazar un bien o, por el contrario, ofrecer el sufrimiento a Dios y buscar una respuesta justa.

La razón no puede impedir siempre el primer movimiento de tristeza, pero sí puede impedir que ese movimiento domine la conducta. La persona virtuosa puede sentir dolor y, al mismo tiempo, conservar la rectitud de su juicio y la fidelidad a sus deberes.3

La tristeza desordenada

La tristeza se desordena cuando la persona:

  • juzga insoportable un mal que, aunque doloroso, puede afrontarse;
  • concede a la pérdida un poder absoluto sobre toda su vida;
  • rechaza deliberadamente los bienes que todavía conserva;
  • abandona sus deberes por una aflicción que la razón podría moderar;
  • alimenta el resentimiento contra Dios, contra los demás o contra sí misma;
  • convierte el sufrimiento en una justificación para hacer el mal;
  • pierde voluntariamente toda confianza en la posibilidad del bien.

Santo Tomás describe la tristeza excesiva como una aflicción que pesa sobre el alma y debilita sus operaciones. Puede reducir la capacidad de conocer, actuar y deliberar, e incluso perjudicar el cuerpo.5

La tristeza no siempre paraliza. En determinadas circunstancias, puede impulsar una acción. La indignación ante una injusticia puede mover a repararla; la compasión puede llevar a auxiliar al necesitado; el dolor por el pecado puede conducir a la conversión. La relación entre tristeza y acción depende de la causa de la aflicción y del modo en que la voluntad la integra.6

Formas y manifestaciones de la tristeza

Santo Tomás analiza diversas modalidades de la tristeza según su objeto y sus efectos. Cuando la persona se aflige por el mal de otro, puede surgir la misericordia o compasión. Cuando se entristece por el bien ajeno, aparece la envidia si considera injustamente que ese bien debería pertenecerle. Cuando el bien ajeno pertenece a una persona moralmente indigna, la tristeza puede adquirir la forma de indignación ante una situación injusta.7

La tristeza también puede producir distintos efectos:

  • Aflicción, cuando el mal pesa sobre el ánimo.
  • Ansiedad o angustia, cuando la intensidad del sufrimiento bloquea la capacidad de reaccionar.
  • Abatimiento, cuando la tristeza reduce incluso la disposición corporal para actuar.
  • Compasión, cuando el sufrimiento por el mal ajeno impulsa al auxilio.
  • Contrición, cuando el dolor por el pecado orienta la voluntad hacia Dios y hacia la conversión.

Estas categorías pertenecen a una antropología moral y espiritual. No equivalen automáticamente a diagnósticos clínicos contemporáneos. Las palabras «angustia», «abatimiento» o «melancolía» pueden tener en la tradición ascética un sentido distinto del que poseen en la psicología o en la psiquiatría actuales.

Tristeza, pecado y responsabilidad moral

La pasión no constituye por sí sola pecado

Una persona no peca simplemente porque siente tristeza. El movimiento espontáneo de la sensibilidad carece, por sí mismo, del grado de deliberación necesario para constituir una culpa moral plena. La responsabilidad aparece cuando interviene la voluntad y cuando la persona consiente libremente en un desorden.

Esta distinción protege la verdad sobre la condición humana. La fe católica no exige una insensibilidad artificial ni considera sospechoso todo sufrimiento emocional. El cristiano puede llorar, lamentarse y pedir consuelo sin abandonar por ello la confianza en Dios.

El consentimiento voluntario

La tristeza puede adquirir una dimensión moral negativa cuando la voluntad la convierte en una oposición estable al bien. Esto ocurre, por ejemplo, cuando alguien decide rechazar toda esperanza, se complace deliberadamente en el resentimiento o considera malo aquello que Dios ofrece como camino de vida.

La tristeza voluntariamente cultivada puede engendrar otros desórdenes: abandono de los deberes, hostilidad, desesperación, desprecio de los demás, indiferencia ante el bien y búsqueda desordenada de compensaciones. No toda persona triste incurre en estas faltas; la tradición moral distingue cuidadosamente entre la experiencia padecida y la decisión libre.

La tristeza y la acedia

Qué es la acedia

La acedia no es simplemente estar triste. En la tradición católica designa una tristeza específica: el rechazo o hastío ante el bien espiritual y divino. Santo Tomás la describe como una tristeza causada por la repugnancia de los afectos humanos frente al bien espiritual, en oposición a la caridad, que se adhiere al bien divino y encuentra alegría en él.8

La acedia puede manifestarse como:

  • tedio ante la oración;
  • desgana frente a la vida sacramental;
  • rechazo de los deberes espirituales;
  • indiferencia hacia la santidad;
  • deseo de escapar de la propia vocación y situación;
  • apatía ante el bien del prójimo;
  • abandono de todo esfuerzo ascético;
  • desesperanza y pérdida del sentido de la vida cristiana.

El papa Francisco describe la acedia como una tentación que vuelve aburrida la relación con Dios y hace que incluso los actos santos parezcan inútiles. La tradición monástica la llamó el «demonio del mediodía», porque puede aparecer como cansancio interior, monotonía y deseo de huir de la realidad presente.9

Diferencia esencial entre tristeza y acedia

La diferencia puede formularse así:

  • La tristeza natural padece ante un mal.
  • La acedia rechaza como pesado, aburrido o desagradable un bien espiritual que, en realidad, conduce a Dios.

Una persona puede estar triste por la muerte de un familiar y conservar un amor profundo a Dios. Esa tristeza no es acedia. También puede sentir sequedad en la oración sin cometer pecado, porque la falta de consuelo sensible no depende siempre de la voluntad. La acedia aparece cuando la persona se adhiere voluntariamente al rechazo del bien espiritual, desprecia la relación con Dios o abandona deliberadamente el camino de la caridad.

La acedia constituye un vicio capital porque puede originar otros pecados y disposiciones desordenadas. Su raíz no consiste en sentir cansancio, sino en juzgar de manera práctica que el bien divino no merece el esfuerzo, la perseverancia o la entrega que exige.7

El remedio espiritual de la acedia

La tradición espiritual propone perseverar con humildad en los deberes ordinarios, recuperar la atención a la presencia de Dios, recibir el apoyo de la comunidad cristiana y ejercitar una paciencia fundada en la fe. El papa Francisco recomienda permanecer ante Dios en el «aquí y ahora», sin buscar continuamente escapar de la propia realidad.9

La virtud contraria a la acedia no consiste en una alegría superficial, sino en la alegría espiritual que brota de la caridad. El Espíritu Santo comunica esta alegría y libera de la tristeza que convierte la vida espiritual en una carga insoportable.10

Compunción del corazón

Naturaleza de la compunción

La compunción del corazón es el dolor santo por el pecado, acompañado del reconocimiento del amor y de la misericordia de Dios. No equivale a la tristeza enfermiza, al remordimiento estéril ni al desprecio de uno mismo. La compunción abre el corazón a la gracia, impulsa a la conversión y dispone a recibir el perdón.

La enseñanza espiritual distingue entre la compunción y la culpabilidad obsesiva. La compunción auténtica «hiere» interiormente para sanar: hace reconocer el pecado, pero no encierra a la persona en la desesperación ni en la autodestrucción.11

El papa Francisco enseña que las lágrimas de compunción no nacen de la autocompasión, sino del pesar sincero por haber ofendido a Dios y de la contemplación del sufrimiento de Cristo. Esta tristeza posee un carácter salvífico porque conduce a la paz y a una renovación de la vida.11

Compunción y contrición

La contrición pertenece principalmente a la voluntad. No consiste sólo en una emoción dolorosa, sino en detestar el pecado por ser ofensa contra Dios y en querer apartarse de él. Por ello, una persona puede tener verdadera contrición sin experimentar lágrimas ni una intensa emoción, del mismo modo que puede llorar sin poseer una contrición auténtica.

La compunción tampoco hunde a la persona en el desprecio de sí. El Espíritu Santo revela la gravedad del pecado para abrir la puerta al perdón y a la esperanza. La conversión cristiana no termina en la humillación, sino en la reconciliación con Dios.12

Compunción y alegría cristiana

La compunción no contradice la alegría. Una persona puede llorar por sus pecados y, al mismo tiempo, alegrarse por la misericordia recibida. El arrepentimiento cristiano nace del amor y conduce a una mayor caridad. Por eso, el espíritu de compunción no se identifica con la tristeza sombría ni con el miedo permanente, sino con una conciencia purificada que responde al perdón con gratitud y fervor.13

Tristeza espiritual y melancolía patológica

Distinción de ámbitos

La tradición católica emplea términos como «melancolía», «abatimiento» o «angustia» dentro de un marco moral y espiritual. La medicina y la psicología contemporáneas utilizan esas palabras, o expresiones relacionadas, para describir estados clínicos con criterios propios. No conviene identificar automáticamente una experiencia espiritual con una enfermedad ni interpretar toda enfermedad como un pecado.

La tristeza puede ser una reacción normal ante una pérdida. La melancolía patológica, en cambio, puede incluir una alteración persistente del estado de ánimo, pérdida de energía, incapacidad para disfrutar, alteraciones del sueño y del apetito, sentimientos intensos de inutilidad o pensamientos de muerte. La evaluación de estos signos corresponde a profesionales cualificados.

La acedia y la depresión pueden presentar síntomas exteriores parecidos, como apatía, cansancio o falta de interés. Sin embargo, no son realidades idénticas. El papa Francisco reconoce que las descripciones tradicionales de la acedia pueden recordar ciertos aspectos de la depresión, pero conserva la categoría moral y espiritual propia del vicio.9

Responsabilidad y enfermedad

Una enfermedad psicológica puede disminuir la libertad, la capacidad de deliberación y la responsabilidad moral. La persona que atraviesa una depresión no necesita acusarse de falta de fe por no sentir alegría ni interpretar su sufrimiento como una condena divina. La atención médica, la ayuda psicológica, el acompañamiento espiritual y el apoyo familiar pueden colaborar legítimamente en la recuperación.

La tradición cristiana valora los medios humanos para aliviar la tristeza. Santo Tomás menciona el descanso, el llanto, la compañía de los amigos, las actividades reparadoras y la contemplación de la verdad como ayudas para afrontar la aflicción.5

Cuando la tristeza incluye pensamientos de autolesión o de suicidio, la persona necesita buscar ayuda inmediata de familiares, profesionales sanitarios o servicios de emergencia. Pedir auxilio no manifiesta desconfianza en Dios; expresa responsabilidad ante el don de la vida y aceptación humilde de la ayuda que puede llegar por mediaciones humanas.

La tristeza en la vida cristiana

El lamento ante Dios

La oración bíblica y cristiana no obliga a ocultar el sufrimiento. El creyente puede presentar a Dios su dolor, su desconcierto y sus preguntas. El lamento no equivale necesariamente a rebelión. Puede ser una forma de relación filial cuando mantiene abierta la confianza, incluso en medio de la oscuridad.

El libro de Job ofrece un modelo de honestidad religiosa. Job no disimula su sufrimiento, pero su queja permanece orientada hacia Dios. La tradición tomista interpreta su experiencia como una defensa de la tristeza natural, al mismo tiempo que advierte contra la tristeza inmoderada que aparta de la rectitud.1

La esperanza

La esperanza cristiana no niega el mal ni obliga a fingir que todo resulta fácil. Afirma que ningún sufrimiento tiene la última palabra cuando la vida permanece unida a Dios. La persona esperanzada puede llorar, sentirse débil y pedir consuelo; lo que evita es convertir el dolor presente en una negación definitiva del amor y de la providencia divina.

La esperanza ordena la tristeza hacia un futuro que todavía no aparece plenamente. También permite descubrir bienes concretos en medio de la aflicción: la ayuda de los amigos, la solidaridad, la conversión, la reconciliación, la paciencia y una unión más profunda con Cristo.

La compasión

La tristeza ante el sufrimiento ajeno puede transformarse en compasión. La compasión cristiana no consiste en contemplar pasivamente el dolor, sino en acercarse a quien sufre, escucharle, aliviar sus cargas y defender su dignidad. Cuando la tristeza por el mal del prójimo mueve a la caridad, deja de encerrarse en sí misma y se convierte en servicio.

La compasión necesita prudencia. No toda ayuda elimina inmediatamente el sufrimiento, y no siempre resulta posible resolver la causa de una desgracia. Aun así, la presencia fiel, la escucha y la oración pueden impedir que la persona afligida padezca en soledad.

Caminos para ordenar la tristeza

Reconocer la realidad

La primera respuesta adecuada consiste en admitir el dolor sin exagerarlo ni negarlo. La persona puede preguntarse qué bien ha perdido, qué mal ha ocurrido y qué parte del sufrimiento procede de la realidad, de la memoria, de la imaginación o de una interpretación desordenada.

Nombrar la tristeza ayuda a distinguir el hecho de la reacción interior. No es lo mismo haber sufrido una injusticia que concluir que nadie es digno de confianza; tampoco equivale haber cometido un pecado a pensar que ya no existe posibilidad de perdón.

Conservar los deberes fundamentales

La tristeza intensa puede debilitar la capacidad de actuar. Por eso conviene mantener, en la medida posible, los deberes esenciales: alimentación, descanso, higiene, trabajo proporcionado, oración sencilla y contacto con personas de confianza. Las grandes decisiones tomadas durante una aflicción extrema requieren prudencia y, con frecuencia, el consejo de alguien competente.

Buscar compañía

La soledad voluntariamente prolongada puede alimentar el abatimiento. La amistad, la familia, la comunidad parroquial y el acompañamiento espiritual ofrecen una presencia que no elimina mágicamente el dolor, pero ayuda a soportarlo con mayor equilibrio. Santo Tomás considera la compasión de los amigos uno de los remedios naturales contra la tristeza.5

Orar con sencillez

La oración durante la tristeza no necesita muchas palabras. Puede consistir en permanecer ante Dios, repetir una invocación breve, leer un salmo, participar en la Eucaristía o pedir la gracia de perseverar. La sequedad afectiva no invalida la oración. La fidelidad puede tener más valor espiritual que el consuelo sensible.

Acudir a los sacramentos

Cuando la tristeza nace del pecado, el sacramento de la Penitencia ofrece el camino ordinario de la reconciliación. La compunción dispone al arrepentimiento, pero la paz cristiana no depende de sentir una emoción intensa, sino de acoger con fe la misericordia de Dios y cumplir las condiciones propias del sacramento.

La Eucaristía fortalece la unión con Cristo y alimenta la esperanza. La participación sacramental no sustituye la atención sanitaria cuando existe una enfermedad, pero integra el sufrimiento en la vida de la Iglesia y en la entrega redentora de Cristo.

Significado cristológico del sufrimiento

La tristeza puede unirse a Cristo sin convertirse por ello en un valor absoluto. El cristiano no busca el dolor por sí mismo ni considera buena toda aflicción. La unión con Cristo consiste en vivir el sufrimiento con amor, verdad y esperanza, procurando aliviarlo cuando resulta posible y aceptándolo con confianza cuando no puede evitarse.

Cristo no glorifica la tristeza como tal. Él cura, consuela, perdona y anuncia la alegría del Reino. Pero también entra en la profundidad del sufrimiento humano y lo atraviesa desde la obediencia filial. Por esta razón, quien sufre no permanece fuera de la experiencia cristiana: puede encontrarse precisamente allí con el Señor crucificado y resucitado.

La compunción, la paciencia, la compasión y la esperanza permiten que el dolor no cierre a la persona sobre sí misma. La tristeza puede convertirse entonces en ocasión de verdad, solidaridad y conversión, aunque nunca deba idealizarse ni buscarse de manera voluntaria.

Síntesis doctrinal

La enseñanza católica sobre la tristeza puede resumirse en varias afirmaciones:

  • La tristeza es una pasión humana natural ante un mal percibido.
  • La tristeza sensible no constituye pecado por sí misma.
  • La razón y la voluntad deben ordenar la tristeza, sin exigir una insensibilidad contraria a la naturaleza humana.
  • Cristo experimentó tristeza verdadera, sin que esa tristeza implicara pecado.
  • La tristeza voluntariamente cultivada contra el bien puede adquirir una dimensión moral culpable.
  • La acedia no equivale a la tristeza ordinaria: es rechazo del bien espiritual y oposición a la alegría de la caridad.
  • La compunción del corazón es una gracia de conversión, no una autodestrucción emocional.
  • La melancolía patológica pertenece al ámbito clínico y no debe confundirse automáticamente con acedia o pecado.
  • La esperanza cristiana no elimina necesariamente el sufrimiento, pero impide que la tristeza se convierta en desesperación definitiva.
  • La caridad transforma la tristeza por el mal ajeno en compasión y servicio.

La tristeza forma parte de la condición humana herida, pero no define el destino del hombre. En la fe cristiana, el dolor puede ser reconocido con realismo, presentado ante Dios y acompañado por la Iglesia, mientras la esperanza orienta el corazón hacia la alegría plena que procede de la comunión con Dios.

Citas y referencias

  1. J.I. Saranyana. Entre la tristeza y la esperanza (Santo Tomás comenta el libro de Job), 5 (1974). 2 3
  2. J.I. Saranyana. Entre la tristeza y la esperanza (Santo Tomás comenta el libro de Job), 12 (1974). 2
  3. J.I. Saranyana. Entre la tristeza y la esperanza (Santo Tomás comenta el libro de Job), 4 (1974). 2 3
  4. J.I. Saranyana. Entre la tristeza y la esperanza (Santo Tomás comenta el libro de Job), 14 (1974).
  5. J.I. Saranyana. Entre la tristeza y la esperanza (Santo Tomás comenta el libro de Job), 19 (1974). 2 3
  6. J.I. Saranyana. Entre la tristeza y la esperanza (Santo Tomás comenta el libro de Job), 22 (1974).
  7. J.I. Saranyana. Entre la tristeza y la esperanza (Santo Tomás comenta el libro de Job), 20 (1974). 2
  8. Basil Cole, O.P. Una valoración tomista del Catecismo de la Iglesia Católica sobre los vicios capitales, 18 (2018).
  9. Ciclo de catequesis. Vicios y virtudes. 8. Acedia, Papa Francisco. Audiencia General del 14 de febrero de 2024 - Ciclo de catequesis. Vicios y virtudes. 8. Acedia, 1 (2024). 2 3
  10. Parte tres - La vida de la Iglesia - II. La persona en Cristo como una nueva creación - C. Una ascésis que purifica - 2. Los ocho pecados capitales 469 y sus virtudes opuestas - D. Melancolía (tristeza) y su virtud opuesta - alegría en el Espíritu Santo, Sínodo de la Iglesia Greco-Católica Ucraniana. Catecismo de la Iglesia Católica Ucraniana: Cristo - Nuestro Pascha, 767 (2016).
  11. Capítulo cuatro - La devoción de consuelo - Compunción, Papa Francisco. Dilexit nos (24 de octubre de 2024) - Encíclica, 159 (2024). 2
  12. R. Blázquez. La Trinidad Santa y los Sacramentos de la Eucaristía y de la Penitencia, 22 (1988).
  13. Papa Juan Pablo II. Audiencia General del 4 de abril de 1984, 1 (1984).
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