En la teología católica, un milagro eucarístico corresponde a un evento concreto que manifiesta la verdad objetiva de la presencia real de Cristo en la Eucaristía, ya sea por manifestaciones físicas ligadas a la hostia o por signos extraordinarios que acompañan el sacramento. Esta categoría evita reducir el hecho a un aprendizaje espiritual genérico o a una metáfora moral; la tradición católica lo entiende como un acto que, de modo extraordinario, hace visible -según la forma narrada por la devoción- aquello que el sacramento contiene de modo verdadero.
La Enciclopedia Católica, al exponer el trasfondo histórico de los milagros relacionados con la hostia, sitúa estos relatos en una línea de pruebas y afirmaciones devocionales nacidas sobre todo ante herejías antieucarísticas y ante la urgencia de confesar la Presencia Real. En esa perspectiva, el Milagro de París se integra como una manifestación singular dentro del amplio itinerario histórico de la piedad eucarística.1
