Walker Percy ejerció primero la medicina antes de dedicarse principalmente a la literatura. Su formación médica influyó profundamente en su visión del ser humano, especialmente en su interés por el sufrimiento, la enfermedad, el lenguaje y la búsqueda de la curación integral. La medicina aparece en su pensamiento como una disciplina que no puede reducir al paciente a un conjunto de mecanismos biológicos, porque la persona mantiene una relación constitutiva con su cuerpo, con el mundo y con los demás.1,3
Percy fue un converso al catolicismo. La fe no ocupó en su pensamiento el lugar de una ideología añadida a la existencia, sino el de una respuesta a la experiencia radical del misterio humano. Rechazó la idea de que el cientificismo pudiera ofrecer una explicación suficiente de la vida. Para Percy, la existencia humana, el amor y el sufrimiento remiten a una realidad que desborda cualquier explicación puramente técnica.1,2
En una entrevista explicó su adhesión a la tradición judeocristiana y a la Iglesia católica mediante una defensa del misterio:
«La vida es demasiado problemática y demasiado extraña para llegar al final y tener que responder que la explicación consiste en el humanismo científico. Eso no basta. La vida es un misterio y el amor, una delicia. Por eso no acepto nada inferior al misterio infinito y a la delicia infinita, es decir, Dios».2
Esta afirmación resume uno de los ejes de su pensamiento: la persona humana posee una apertura natural hacia la trascendencia y no alcanza su plenitud cuando reduce la realidad a lo mensurable.

