Juan Pablo II publicó la carta en un momento de profundo cambio demográfico. El aumento de la esperanza de vida, favorecido por los progresos médicos y por la mejora de las condiciones sociales y económicas, había incrementado notablemente el número de personas mayores en numerosas regiones del mundo.1
Las Naciones Unidas dedicaron 1999 a las personas de edad con el propósito de llamar la atención sobre las dificultades sociales, económicas y familiares que afectan a quienes viven una edad avanzada. Juan Pablo II quiso participar en aquella iniciativa mediante una reflexión de carácter espiritual y pastoral, escrita desde su propia experiencia de hombre anciano.1
El Papa no contemplaba la vejez como una realidad ajena. Al presentarse como una persona mayor, establecía una relación directa con sus destinatarios y compartía con ellos la memoria de una vida marcada por acontecimientos felices, sufrimientos, encuentros y responsabilidades históricas.1



