El sacramento de la Reconciliación
La confesión permite recibir el perdón de Dios mediante la absolución sacramental. Ante el peligro de muerte, cualquier sacerdote puede absolver al penitente, incluso fuera de las circunstancias ordinarias de su jurisdicción, porque la Iglesia concede una atención especial a quien se encuentra en ese momento decisivo.
La persona debe confesar los pecados graves de los que tenga conciencia, con arrepentimiento y propósito de enmienda. Si no puede hablar, puede manifestar su arrepentimiento mediante signos, palabras breves o una disposición interior conocida por el sacerdote. Cuando la persona carece de conciencia, el sacerdote puede valorar la existencia de indicios previos de fe y arrepentimiento; la misericordia de Dios no queda limitada por la imposibilidad física de hablar.
La confesión no debe entenderse como una formalidad previa a otros ritos. Constituye un encuentro con Cristo misericordioso y una reconciliación con la Iglesia.
La unción de los enfermos
La unción de los enfermos es el sacramento propio de quienes padecen una enfermedad grave o afrontan una debilidad seria. No constituye únicamente un rito reservado a los últimos instantes ni debe confundirse con una declaración de muerte inminente. El Catecismo la presenta como una preparación para el último viaje y como una ayuda que conforma al enfermo con la muerte y la resurrección de Cristo.
La tradición teológica enseña que este sacramento puede administrarse en enfermedades de diversa naturaleza cuando existe un peligro serio para la vida. No corresponde administrarlo automáticamente ante cualquier indisposición leve, pero tampoco conviene retrasarlo hasta que el enfermo haya perdido la capacidad de participar conscientemente. Santo Tomás de Aquino lo relaciona con la necesidad espiritual de quienes afrontan la partida de esta vida y necesitan fortaleza para el combate final.,
La unción puede conceder:
- unión más íntima con la pasión de Cristo;
- fortaleza, paz y ánimo para afrontar la enfermedad;
- perdón de los pecados cuando la persona no puede obtenerlo por el sacramento de la Penitencia;
- alivio espiritual y, si Dios lo dispone, también corporal;
- preparación para el paso a la vida eterna.
La Iglesia no presenta la unción como una garantía de curación física ni como una sentencia de muerte. El sacramento confía al enfermo a Cristo, médico del cuerpo y del alma, y lo sostiene en la esperanza.
El viático
El viático es la Eucaristía recibida por quien está próximo a abandonar esta vida. La palabra alude al alimento para el camino. La comunión final une al cristiano con Cristo muerto y resucitado y le ofrece el alimento espiritual necesario para afrontar el tránsito hacia la vida eterna.
Cuando la persona puede comulgar, conviene preparar un ambiente de recogimiento, silencio y oración. Si no puede recibir la Eucaristía bajo la forma habitual, el sacerdote y los ministros pastorales valorarán las posibilidades previstas por la disciplina de la Iglesia. La imposibilidad de recibir físicamente la comunión no priva al enfermo de la gracia de Cristo ni de la unión espiritual con Él.
La bendición apostólica y las oraciones de la Iglesia
En peligro de muerte, el sacerdote puede impartir la bendición apostólica con indulgencia plenaria conforme a las disposiciones de la Iglesia. También puede rezar las oraciones por los moribundos, invocar a la Virgen María y a los santos, leer pasajes del Evangelio y ayudar al enfermo a renovar la fe, la esperanza y la caridad.
La familia puede acompañar con el padrenuestro, el avemaría, jaculatorias sencillas, salmos y oraciones conocidas por el enfermo. La oración debe respetar el cansancio, el dolor y los momentos de silencio; no conviene convertir la habitación en un espacio de presión religiosa.