La exhortación se organiza en una introducción y cinco capítulos.
La transformación misionera de la Iglesia
El primer capítulo presenta la Iglesia como una comunidad llamada a salir de sí misma. Francisco utiliza la expresión «Iglesia en salida» para describir una comunidad que abandona la comodidad de la autorreferencialidad y acude a las periferias humanas y existenciales.
La misión no corresponde únicamente a determinados especialistas. Todo bautizado participa, de acuerdo con su vocación y sus circunstancias, en la tarea de anunciar el Evangelio. La Iglesia entera posee una naturaleza misionera, y cada parroquia, diócesis, comunidad religiosa y asociación apostólica debe orientar su vida hacia esa misión.
Francisco habla de una conversión pastoral y misionera. Esta conversión exige revisar costumbres, horarios, lenguajes, estructuras y métodos cuando dificultan el anuncio del Evangelio. La renovación debe lograr que la actividad ordinaria de la Iglesia resulte más abierta, acogedora e inclusiva.
El papa formula la idea de una opción misionera capaz de transformarlo todo. La Iglesia no debe organizar su vida ante todo para conservarse a sí misma, sino para evangelizar el mundo actual. La renovación de las estructuras adquiere sentido únicamente cuando favorece la misión y ayuda a llevar a más personas hacia la amistad con Jesucristo.
La parroquia y las comunidades cristianas
La parroquia ocupa un lugar esencial dentro de esta renovación. Francisco la concibe como una comunidad cercana a la vida cotidiana de las personas, capaz de adaptarse a contextos diversos y de acoger a quienes buscan a Dios.
La parroquia misionera no puede reducirse a la administración de sacramentos o al mantenimiento de actividades tradicionales. Debe cultivar la escucha, el acompañamiento, la formación cristiana, la caridad y la presencia en el barrio o localidad. Los laicos poseen una responsabilidad propia en esta tarea, no como meros colaboradores del clero, sino como miembros plenamente corresponsables de la misión bautismal.
La conversión de las estructuras eclesiales
Evangelii Gaudium reconoce que algunas estructuras pueden dificultar la evangelización. Una organización excesivamente centralizada puede complicar la vida de la Iglesia y su acción misionera. Francisco reclama una mayor participación de las Iglesias particulares y una realización más efectiva de la colegialidad episcopal.
La exhortación llega incluso a plantear la necesidad de una conversión del ejercicio del ministerio petrino y de las estructuras centrales de la Iglesia. El papa afirma que la apertura a sugerencias y a nuevas formas de colaboración puede ayudar a ejercer el ministerio de Roma con mayor fidelidad a su misión y a las necesidades actuales de la evangelización.
La crisis del compromiso comunitario
El segundo capítulo analiza algunos desafíos del mundo contemporáneo y algunos obstáculos internos para la evangelización. Entre ellos aparecen el individualismo, la superficialidad, el pesimismo, la mundanidad espiritual y la tentación de convertir la vida eclesial en una búsqueda de prestigio, poder o comodidad.
La mundanidad espiritual describe una actitud que conserva apariencias religiosas, pero coloca en el centro la propia satisfacción, la imagen pública o el control de la comunidad. Esta actitud contradice la lógica del Evangelio, porque sustituye la entrega a Dios y el servicio a los demás por la autorreferencia.
Francisco invita a leer los signos de los tiempos con discernimiento. La Iglesia no puede encerrarse en una actitud defensiva ante el mundo, pero tampoco debe aceptar sin crítica toda tendencia cultural. La evangelización exige diálogo, lucidez y fidelidad al núcleo del Evangelio.
El capítulo también aborda la homilía y la preparación de la predicación. La homilía debe brotar de la Palabra de Dios, hablar un lenguaje comprensible y conectar el texto bíblico con la vida concreta de la comunidad. La predicación cristiana necesita transmitir el contenido de la fe y, al mismo tiempo, manifestar cercanía, misericordia y esperanza.
El anuncio del Evangelio
El tercer capítulo presenta el anuncio cristiano como tarea de todo el Pueblo de Dios. La evangelización no pertenece exclusivamente a ministros ordenados o a especialistas. Cada cristiano está llamado a comunicar la fe mediante la palabra, el testimonio y las obras de caridad.
Francisco concede un lugar central al kerygma, es decir, al primer anuncio de Jesucristo muerto y resucitado. Ese anuncio proclama el amor salvador de Dios y llama a la conversión. La catequesis, la liturgia, la formación teológica y la acción caritativa deben conservar su relación con este núcleo originario.
La evangelización necesita inculturarse. El Evangelio puede expresarse en culturas diversas sin identificarse por completo con ninguna de ellas. La Iglesia debe reconocer las semillas de verdad y de bien presentes en los pueblos, acompañar sus procesos históricos y anunciar a Cristo con un lenguaje capaz de llegar a cada contexto.
El capítulo también invita a valorar la piedad popular. Las expresiones religiosas de los pueblos -peregrinaciones, devociones, procesiones, imágenes y celebraciones- pueden constituir verdaderos caminos de evangelización cuando expresan una fe viva y conducen al encuentro con Dios.