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La corrupción como estructura de pecado

La corrupción constituye una grave deformación moral de la persona y de la vida social. Desde la perspectiva católica, no consiste únicamente en actos aislados de soborno, fraude o abuso de poder: también puede consolidarse en costumbres, instituciones y relaciones de complicidad que normalizan la injusticia, protegen la impunidad y perjudican especialmente a los más débiles. Por eso, la corrupción puede comprenderse como una estructura de pecado, aunque esta dimensión social nunca elimina la responsabilidad moral de las personas concretas.

City of God Manuscript
Ver información de la imagenPágina procedente de las Retractaciones de Agustín (libro II, capítulo LXIX), que contiene notas y correcciones posteriores. c. 1475. Agustín, dominio público. 📄
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NombreLa corrupción como estructura de pecado
CategoríaTérmino
DescripciónCorrupción constituye una deformación moral que afecta a la persona y a la vida social, creando redes y costumbres que contravienen la verdad, la justicia y el bien común. Corrupción es una grave deformación moral que se manifiesta no solo en actos aislados de soborno, fraude o abuso de poder, sino también en costumbres, instituciones y relaciones que normalizan la injusticia y crean estructuras de pecado
Referencias
  • San Agustín enseñó que el mal no es una naturaleza independiente, sino la corrupción de un bien legítimo.
  • El Catecismo describe las estructuras de pecado como situaciones sociales o instituciones contrarias a la ley divina, nacidas de pecados personales.
Autoridad EclesiásticaJuan Pablo II; Francisco
ConsecuenciasDaño al bien común; perjuicio a los pobres y vulnerables; pérdida de confianza en las instituciones; normalización del mal.
ContextoEl artículo recurre a la enseñanza del Catecismo, a la reflexión de San Agustín y a declaraciones de los Papas Juan Pablo II y Francisco sobre la corrupción como pecado estructural.
Importancia EclesialLa Iglesia considera la corrupción un pecado que atenta contra la verdad, la justicia, la honestidad y el destino universal de los bienes.
Menciones en DocumentosEcclesia in America (1999); Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia (2006); Misericordiae Vultus (2015); Catecismo de la Iglesia Católica
Responsabilidad MoralResponsabilidad directa de quien propone, ejecuta, facilita o encubre el acto corrupto, y responsabilidad indirecta de quienes, por omisión, permiten o toleran la corrupción.
TipoTérmino moral

Tabla de contenido

Concepto de corrupción

La corrupción aparece cuando una persona utiliza una responsabilidad, un cargo, una relación o un recurso común para obtener un beneficio ilegítimo. El beneficio puede ser económico, político, profesional, familiar o de cualquier otra naturaleza. La corrupción no queda reducida al dinero entregado ilícitamente: también incluye el tráfico de influencias, el fraude contra la Administración, la manipulación de procedimientos, el favoritismo injusto, la ocultación deliberada de información y la obstrucción de la justicia.

La corrupción altera la finalidad propia de una actividad. Quien administra bienes públicos deja de servir al bien común y los convierte en instrumentos de enriquecimiento personal o de beneficio para un grupo. Quien ejerce una función judicial abandona la justicia cuando vende sus decisiones o protege a los culpables. Quien participa en una contratación pública traiciona su responsabilidad cuando manipula las condiciones para favorecer a una persona o empresa determinada.

La corrupción también puede aparecer en ámbitos privados. Una empresa puede falsear cuentas, explotar relaciones de dependencia, comprar decisiones o encubrir daños causados a trabajadores y consumidores. Una organización puede proteger a sus dirigentes a costa de las víctimas. Una familia o un grupo profesional puede crear redes de favores que excluyen sistemáticamente a quienes no pertenecen al círculo de poder.

La Iglesia considera la corrupción un pecado porque contradice la verdad, la justicia, la honestidad, la responsabilidad y el destino universal de los bienes. El Catecismo de la Iglesia católica describe las «estructuras de pecado» como situaciones sociales o instituciones contrarias a la ley divina, nacidas de pecados personales y capaces de inducir a otros a obrar mal.1,2

La corrupción como estructura de pecado

Qué significa «estructura de pecado»

La expresión estructura de pecado no designa una realidad independiente de las personas, como si una institución pudiera pecar del mismo modo que un ser humano. El pecado, en sentido estricto, procede siempre de actos humanos libres. Sin embargo, las decisiones injustas pueden crear sistemas, normas, prácticas y relaciones que facilitan nuevos pecados.

Una estructura de pecado posee varios elementos:

  • Nace de decisiones personales orientadas por la avaricia, la soberbia, la ambición, el miedo o la indiferencia.
  • Se incorpora a prácticas sociales, administrativas o económicas.
  • Protege determinados intereses mediante el silencio, la complicidad o la falta de controles.
  • Dificulta la actuación honrada de quienes desean cumplir con su deber.
  • Induce a otras personas a participar o las perjudica aunque no hayan cometido el acto inicial.
  • Produce consecuencias duraderas sobre la justicia, la confianza pública y la dignidad humana.

El Compendio del Catecismo resume esta relación afirmando que las estructuras de pecado son «situaciones sociales o instituciones que son contrarias a la ley divina» y que expresan y producen pecados personales.1

La corrupción encaja especialmente bien en esta descripción. Un soborno concreto puede convertirse en una práctica habitual; una contratación amañada puede originar una red de favores; el silencio de varios responsables puede proteger durante años a quienes actúan injustamente. La conducta individual crea una costumbre, la costumbre modifica la institución y la institución termina presionando a nuevas personas para que colaboren.

De la acción individual a la complicidad colectiva

La corrupción rara vez permanece aislada. Normalmente necesita intermediarios, beneficiarios, encubridores o personas dispuestas a mirar hacia otro lado. El papa Francisco describe la corrupción como una realidad que no actúa en solitario: genera cómplices y se extiende cuando la sociedad acepta como normal aquello que contradice la justicia.3

La complicidad puede adoptar formas distintas:

  • aceptar un pago o regalo para alterar una decisión;
  • recomendar a un candidato por amistad, parentesco o interés personal, ignorando sus méritos;
  • falsificar documentos o datos;
  • guardar silencio ante un fraude conocido;
  • emplear la autoridad para impedir una investigación;
  • desacreditar a quien denuncia una irregularidad;
  • justificar la injusticia con la frase «todos lo hacen»;
  • beneficiarse indirectamente de una decisión ilícita;
  • permitir que las víctimas soporten las consecuencias mientras los responsables conservan sus privilegios.

La responsabilidad moral no tiene el mismo grado en todos los casos. La persona que organiza el fraude, quien lo ejecuta, quien lo encubre y quien colabora bajo una presión grave no responden de idéntica manera. La valoración moral debe atender al conocimiento, la libertad, la intención, el daño causado y la posición de autoridad. Pero la existencia de diferentes grados de responsabilidad no convierte la corrupción en un fenómeno anónimo ni permite atribuirla únicamente a «el sistema».

Fundamento antropológico y teológico

La corrupción como deformación de un bien previo

San Agustín enseñó que el mal no constituye una naturaleza independiente, sino la corrupción de un bien. La ignorancia corrompe la inteligencia, la injusticia corrompe la justicia, la cobardía corrompe la fortaleza y la confusión corrompe el orden. La corrupción, por tanto, no crea desde cero una realidad completamente nueva: degrada capacidades, instituciones y bienes que en sí mismos poseen una finalidad legítima.4

Esta perspectiva permite comprender la dimensión moral de la corrupción:

  • la autoridad es un bien, pero la corrupción la transforma en dominación;
  • la riqueza puede servir a la vida humana, pero la corrupción la convierte en instrumento de poder injusto;
  • la Administración existe para servir al ciudadano, pero la corrupción la convierte en una red de privilegios;
  • la justicia protege los derechos, pero la corrupción la transforma en una mercancía;
  • la confianza social facilita la convivencia, pero la corrupción la reemplaza por sospecha y cinismo.

La corrupción no representa simplemente una infracción técnica de normas. Constituye una pérdida de la finalidad propia de una persona o institución.

La sustitución de Dios por el dinero y el poder

El papa Francisco describe la corrupción como un endurecimiento del corazón que sustituye a Dios por la ilusión de que el dinero proporciona poder. Esta lógica reduce la dignidad humana al beneficio, el servicio al interés privado y la verdad a una apariencia útil.5,6

La corrupción presupone una inversión de los bienes:

  • el dinero deja de ser un medio y se convierte en el criterio supremo;
  • el cargo deja de ser un servicio y se convierte en una propiedad personal;
  • la ley deja de proteger a todos y pasa a utilizarse selectivamente;
  • la verdad deja de orientar las decisiones y queda subordinada a la conveniencia;
  • las personas dejan de ser sujetos de derechos y pasan a considerarse instrumentos.

Esta inversión moral explica por qué la corrupción puede sobrevivir incluso cuando sus protagonistas conocen las normas. El problema no consiste siempre en ignorar lo que está bien, sino en preferir sistemáticamente un beneficio particular frente a la verdad, la justicia y el bien común.

La pérdida de la capacidad de arrepentimiento

El acto corrupto puede comenzar con una decisión consciente, pero la práctica habitual tiende a transformar la conciencia. La persona aprende a justificar sus actos, a negar los hechos, a atacar a quienes la cuestionan y a presentar como normal una conducta injusta. Francisco observa que el corrupto puede interiorizar una imagen de «persona honrada» y llegar a no percibir su propia corrupción.7

Esta dinámica contiene un grave peligro espiritual. El pecado no sólo daña al prójimo; también deforma la percepción moral del autor. La conciencia deja de juzgar con claridad, porque la persona ha construido explicaciones destinadas a proteger su propia imagen. La impunidad exterior alimenta entonces una especie de impunidad interior.

Aun así, la Iglesia no considera que ningún corrupto esté fuera del alcance de la gracia. Francisco afirma que Cristo rechaza el pecado, pero nunca rechaza al pecador, y dirige una llamada a la conversión a quienes perpetran o participan en actos de corrupción.5,6

Manifestaciones sociales de la corrupción

Corrupción política

La corrupción política traiciona la representación de los ciudadanos. Quien recibe autoridad pública debe ejercerla en favor del bien común, no utilizarla para recompensar apoyos, favorecer intereses particulares o garantizar la permanencia de una élite.

El Compendio de la doctrina social de la Iglesia considera la corrupción política una de las deformaciones más graves del sistema democrático porque viola simultáneamente los principios morales y las normas de justicia social. Además, deteriora el funcionamiento del Estado, rompe la relación entre gobernantes y gobernados y provoca una desconfianza creciente hacia las instituciones.8

La corrupción política puede transformar las instituciones representativas en espacios de intercambio de favores. Las decisiones públicas dejan entonces de atender las necesidades de todos y favorecen a quienes disponen de más recursos para influir en ellas. El resultado consiste en una democracia formalmente existente, pero moralmente vaciada.

Corrupción administrativa y económica

La corrupción administrativa aparece cuando los procedimientos públicos dejan de orientarse por la legalidad, la imparcialidad y la eficacia. Las adjudicaciones amañadas, los pagos ilícitos, la ocultación de información y el trato desigual a los ciudadanos dañan la legitimidad de la Administración.

La corrupción económica puede incrementar la deuda pública, desviar recursos destinados a servicios esenciales y reducir la calidad de las inversiones. Juan Pablo II relacionó la corrupción con el endeudamiento público y denunció su capacidad para afectar tanto a estructuras de poder públicas y privadas como a las élites gobernantes.9

La falta de transparencia agrava el problema. Cuando nadie puede conocer los criterios de una decisión, comprobar el destino de los fondos o exigir responsabilidades, la corrupción encuentra un entorno favorable. Los órganos de supervisión y la transparencia en las operaciones económicas y financieras pueden frenar su expansión.9

Corrupción de la justicia

La corrupción judicial posee una gravedad particular porque afecta al mecanismo destinado a reparar otros daños. Cuando una autoridad judicial recibe sobornos, protege a un culpable o retrasa deliberadamente un procedimiento, la víctima pierde no sólo un derecho concreto, sino también la confianza en la posibilidad de obtener justicia.

Juan Pablo II observó que los pobres sufren especialmente los retrasos, la ineficacia y las deficiencias estructurales, sobre todo cuando la corrupción alcanza a la Administración de justicia.9

Francisco incluyó entre las formas de corrupción que requieren una respuesta firme el fraude grave contra la Administración pública, las prácticas administrativas deshonestas y cualquier obstrucción de la justicia destinada a asegurar la impunidad propia o ajena.7

Corrupción en instituciones eclesiales

La Iglesia no queda exenta del deber de examinar sus propias estructuras. Los miembros de la Iglesia pueden participar en redes de corrupción, incluso mediante silencios negociados a cambio de ayudas económicas para obras eclesiales. Por esta razón, Francisco pidió prestar atención al origen de las donaciones, de otros beneficios y de las inversiones realizadas por instituciones eclesiales o por cristianos particulares.10

La corrupción dentro de una institución eclesial provoca un daño añadido: perjudica a las víctimas directas y también oscurece el testimonio cristiano. La Iglesia anuncia la verdad, la justicia y el servicio; cuando alguno de sus miembros emplea una función eclesial para enriquecerse o encubrir abusos, produce escándalo y debilita la credibilidad de la misión evangelizadora.

La responsabilidad institucional exige transparencia, rendición de cuentas, controles adecuados y protección de quienes denuncian irregularidades. La fidelidad a la Iglesia no puede confundirse con la defensa de personas concretas frente a la verdad o la justicia.

Consecuencias de la corrupción

Daño al bien común

El bien común comprende las condiciones sociales que permiten a las personas y comunidades alcanzar su perfección con mayor facilidad. La corrupción destruye esas condiciones porque coloca el interés particular por encima de la justicia compartida.

Entre sus consecuencias aparecen:

  • el uso ineficiente o ilícito de los recursos públicos;
  • la desigualdad en el acceso a servicios y oportunidades;
  • la pérdida de confianza en las instituciones;
  • el debilitamiento de la legalidad;
  • el aumento de la impunidad;
  • la desmoralización de los ciudadanos honrados;
  • la emigración de profesionales y empresas que no aceptan prácticas injustas;
  • el deterioro de la convivencia política y social.

La corrupción política también provoca desafección hacia la vida pública y debilita las instituciones cuando los ciudadanos perciben que la representación funciona como un intercambio de favores.8

Perjuicio a los pobres y vulnerables

Las consecuencias de la corrupción no se distribuyen de manera uniforme. Las personas con menos recursos dependen en mayor medida de servicios públicos eficaces y carecen de medios para obtener por vías privadas aquello que la Administración debería garantizar.

Juan Pablo II afirmó que las consecuencias de la corrupción recaen principalmente sobre los miembros más débiles y marginados de la sociedad. Los pobres sufren de forma especial los retrasos, la ineficacia y la falta de protección cuando las estructuras judiciales y administrativas funcionan de manera injusta.9

Francisco describió la corrupción como una herida que amenaza los fundamentos de la vida personal y social, destruye los proyectos de los débiles y pisotea a los más pobres.5,6

La corrupción puede privar a una comunidad de escuelas, hospitales, viviendas, infraestructuras, ayudas sociales o empleo digno. Incluso cuando no produce una víctima identificable, desvía recursos que pertenecen a todos y daña de manera particular a quienes no pueden compensar esa pérdida.

Pérdida de confianza y normalización del mal

Una sociedad necesita confianza para cooperar. Los ciudadanos deben poder creer que las normas se aplican con justicia, que los contratos tienen valor, que los jueces actúan con independencia y que los gobernantes administran los recursos con honradez.

La corrupción destruye esa confianza. Cuando los ciudadanos concluyen que sólo triunfan quienes tienen contactos o dinero, la honradez aparece como ingenuidad y la ley como un obstáculo que conviene eludir. La sociedad entra así en un círculo vicioso: la desconfianza fomenta el oportunismo, el oportunismo aumenta la corrupción y la corrupción confirma la desconfianza.

Francisco alertó contra la normalización de la corrupción. La indiferencia hacia los demás, el cuidado exclusivo del propio interés y la aceptación de pequeños favores injustos pueden debilitar la conciencia y convertir a las personas en cómplices, incluso sin una decisión plenamente consciente al principio.3

Responsabilidad moral

Responsabilidad de los autores

Quien propone, ejecuta, facilita o encubre un acto corrupto responde moralmente por su participación. La gravedad aumenta cuando concurren alguno de estos factores:

  • la persona ejerce autoridad;
  • el daño afecta a un gran número de ciudadanos;
  • las víctimas pertenecen a grupos vulnerables;
  • la conducta busca asegurar la impunidad;
  • existe una planificación prolongada;
  • el autor utiliza bienes destinados al servicio público;
  • la corrupción provoca violencia, pobreza o privación de derechos.

La responsabilidad moral también puede surgir por omisión. Quien tiene el deber de supervisar una institución y permite deliberadamente prácticas corruptas puede colaborar con el mal, aunque no reciba directamente el beneficio económico.

Responsabilidad de los ciudadanos

La lucha contra la corrupción no corresponde únicamente a jueces, gobernantes o funcionarios. Juan Pablo II pidió que las autoridades denuncien y combatan la corrupción con el apoyo generoso de los ciudadanos, sostenido por una conciencia moral firme.9

Los ciudadanos contribuyen a combatirla cuando:

  • rechazan sobornos y pagos ilícitos;
  • cumplen sus obligaciones fiscales y administrativas;
  • no buscan privilegios injustos;
  • denuncian hechos graves por cauces legítimos;
  • exigen transparencia y rendición de cuentas;
  • votan atendiendo a la honestidad y al servicio del bien común;
  • protegen a las personas que sufren represalias por denunciar;
  • educan a los hijos en la verdad, la justicia y la responsabilidad.

El Catecismo de la Iglesia católica enseña que el pecado crea complicidades y situaciones sociales que inducen a nuevas injusticias. Por tanto, la responsabilidad cristiana incluye evitar tanto la participación directa como la colaboración negligente con estructuras injustas.2

La denuncia y la prudencia

La denuncia de la corrupción exige valor, pero también prudencia. La prudencia no equivale a cobardía ni a silencio. Consiste en elegir los medios adecuados para proteger a las víctimas, verificar los hechos, evitar calumnias y favorecer una respuesta justa.

La denuncia cristiana debe respetar la verdad y la dignidad de las personas. Una acusación falsa puede causar un daño grave, mientras que el silencio deliberado ante hechos comprobados puede permitir que la corrupción continúe. La transparencia, la lealtad y el valor para denunciar el mal forman parte de las virtudes necesarias para expulsar la corrupción de la vida personal y social.5,6

Respuesta de la Iglesia

Conversión personal

La lucha contra la corrupción comienza con una conversión del corazón. La persona necesita rechazar la avaricia, la mentira, el abuso de poder y la indiferencia hacia las víctimas. La conversión exige reconocer el daño, abandonar la práctica corrupta, reparar en la medida posible las consecuencias y aceptar la justicia.

Francisco invitó a quienes participan en actos de corrupción a cambiar de vida y recordó que la misericordia de Dios no elimina la responsabilidad ante la justicia. La conversión auténtica no consiste únicamente en pedir perdón: también exige restituir, colaborar con la verdad y renunciar a los beneficios injustos.5,6

La corrupción puede endurecer la conciencia hasta hacer difícil el arrepentimiento. Sin embargo, la dificultad no implica imposibilidad. La gracia puede abrir de nuevo la persona a la verdad, a la responsabilidad y al servicio.

Formación moral y doctrina social

La educación constituye una herramienta fundamental. Juan Pablo II propuso una participación más activa de laicos cristianos competentes, formados en la familia, en la escuela y en la parroquia, para fomentar la verdad, la honestidad, el trabajo responsable y el servicio al bien común.11

La formación cristiana debe mostrar que la moral social no se limita a la vida privada. También afecta al modo de ejercer una profesión, administrar bienes, participar en la política, votar, contratar, investigar, informar y utilizar la autoridad.

La doctrina social de la Iglesia ayuda a integrar varias exigencias:

  • dignidad inviolable de toda persona;
  • destino universal de los bienes;
  • solidaridad;
  • subsidiariedad;
  • justicia social;
  • autoridad entendida como servicio;
  • responsabilidad por el bien común;
  • protección de los pobres y vulnerables.

Reformas institucionales

La conversión personal necesita estructuras justas. Una institución no puede confiar exclusivamente en la buena voluntad de sus miembros; también debe establecer procedimientos que dificulten el abuso y permitan descubrirlo.

Entre las medidas adecuadas figuran:

  • órganos de control independientes;
  • transparencia en contratos, presupuestos e inversiones;
  • declaración y prevención de conflictos de intereses;
  • separación efectiva entre supervisión y ejecución;
  • protección de denunciantes;
  • auditorías periódicas;
  • publicidad de los criterios de adjudicación;
  • investigación imparcial;
  • sanciones proporcionadas y aplicadas sin privilegios;
  • reparación de los daños causados;
  • límites a la concentración de poder.

Juan Pablo II afirmó que los órganos de supervisión y la transparencia económica y financiera pueden detener en numerosos casos la expansión de la corrupción.9

El derecho penal cumple una función necesaria, pero no basta por sí solo. Francisco advirtió que los mecanismos punitivos pueden actuar de manera selectiva y castigar a los responsables menores mientras los principales beneficiarios permanecen libres. Por ello, la respuesta debe atender especialmente a los fraudes graves contra la Administración, las prácticas deshonestas y la obstrucción de la justicia.7

Diferencia entre pecado personal y estructura de pecado

La noción de estructura de pecado no permite afirmar que una institución posea culpa moral exactamente igual que una persona. La institución no tiene conciencia ni libertad del mismo modo que el ser humano. Las personas concretas crean, mantienen, aprovechan o transforman las estructuras.

La distinción evita dos errores opuestos:

  1. Reducir la corrupción a un problema individual, ignorando las normas, redes y hábitos que la reproducen.
  2. Atribuir la culpa únicamente al sistema, como si las personas carecieran de libertad y responsabilidad.

La perspectiva católica mantiene ambas dimensiones. Las estructuras injustas proceden de pecados personales y, una vez consolidadas, inducen a otras personas a pecar o hacen más difícil actuar rectamente.2

La responsabilidad moral, por tanto, puede presentarse en varios niveles:

  • responsabilidad del autor directo;
  • responsabilidad de quien ordena o financia;
  • responsabilidad de quien encubre;
  • responsabilidad de quien obtiene beneficios;
  • responsabilidad de quien, teniendo autoridad, omite deliberadamente su deber;
  • responsabilidad social de quienes toleran prácticas corruptas y rechazan toda reforma.

Esperanza cristiana frente a la corrupción

La corrupción no constituye un destino inevitable de la sociedad. Puede adquirir una apariencia de normalidad, pero no forma parte de la naturaleza humana ni de la finalidad de las instituciones. San Agustín explicó que la corrupción contradice la condición natural del bien y que ningún orden creado por Dios es malo por naturaleza.4

La esperanza cristiana no consiste en negar la gravedad del problema. Consiste en afirmar que la verdad puede recuperar su lugar, que la justicia puede restaurarse y que la conversión puede transformar a las personas. Francisco afirmó que la corrupción no puede vencer a la esperanza y que el Señor continúa llamando a la puerta del corazón corrupto.7

La esperanza requiere acciones concretas:

  • formar conciencias rectas;
  • rechazar la normalización del soborno y del favoritismo;
  • proteger a las víctimas;
  • denunciar los abusos;
  • reformar las instituciones;
  • restituir los bienes injustamente obtenidos;
  • promover servidores públicos y profesionales íntegros;
  • unir misericordia, verdad y justicia.

La Iglesia no anuncia una mera mejora administrativa. Anuncia la renovación de la persona y de la sociedad en Cristo. La corrupción destruye la comunión, mientras que la justicia, la verdad y el servicio reconstruyen la vida común.

Conclusión

La corrupción es un pecado personal y, al mismo tiempo, una estructura social de pecado cuando las acciones injustas crean redes, costumbres e instituciones contrarias al bien común. Su gravedad no procede sólo del beneficio ilícito, sino también de la deformación de la autoridad, del daño a la confianza, de la pérdida de justicia y del sufrimiento impuesto a los pobres.

La respuesta católica integra conversión personal, responsabilidad pública, transparencia institucional, denuncia prudente, reparación y formación moral. Ninguna estructura corrupta puede justificar la participación individual, y ninguna conversión individual será plenamente eficaz si no transforma también las prácticas que reproducen la injusticia. La lucha contra la corrupción pertenece a la misión moral de todo cristiano comprometido con la verdad, la dignidad humana y el bien común.

Citas y referencias

  1. Parte tres - Vida en Cristo. Capítulo uno - La dignidad de la persona humana. Vida en Cristo, Promulgada por el Papa Benedicto XVI. Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica, 400 (2005). 2
  2. Capítulo uno: la dignidad de la persona humana. Catecismo de la Iglesia Católica, 1869 (1992). 2 3
  3. Saludo de Su Santidad el Papa Francisco a estudiantes italianos del instituto «La Zolla» en Milán, Papa Francisco. Audiencia General del 16 de marzo de 2022 - Catequesis sobre la vejez - 3. Vejez, Un recurso para una juventud alegre, 1 (2022). 2
  4. El mal por sí solo es corrupción. La corrupción no es naturaleza, sino contraria a la naturaleza. La corrupción implica un bien previo, San Agustín de Hipona. Contra la Epístola Fundamental de Mani, Capítulo 35. 39 (397). 2
  5. Bula de indición del jubileo extraordinario de la misericordia, Papa Francisco. Misericordiae Vultus, 19 (2015). 2 3 4 5
  6. Papa Francisco. Misericordiae Vultus - Bula de indición del Jubileo Extraordinario de la Misericordia (11 de abril de 2015), 19 (2015). 2 3 4 5
  7. III. Consideraciones sobre ciertas formas de criminalidad que dañan gravemente la dignidad humana y el bien común - B) respecto al delito de corrupción, Papa Francisco. A los delegados de la Asociación Internacional de Derecho Penal (23 de octubre de 2014), III.b (2014). 2 3 4
  8. C. Componentes morales de la representación política, Consejo Pontificio para la Justicia y la Paz. Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, 411 (2006). 2
  9. Capítulo II - Corrupción, Papa Juan Pablo II. Ecclesia in America, 23 (1999). 2 3 4 5 6
  10. Capítulo uno: Un sueño social - Instituciones rotas, Papa Francisco. Querida Amazonia, 25 (2020).
  11. Capítulo V - La lucha contra la corrupción, Papa Juan Pablo II. Ecclesia in America, 60 (1999).
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