Las advocaciones llevadas por los misioneros
La evangelización de América estuvo acompañada por una intensa difusión de la piedad mariana. Los misioneros procedentes de España y de otras regiones europeas llevaron imágenes, oraciones, fiestas y títulos marianos que ya formaban parte de la vida cristiana de sus pueblos de origen.
La devoción no quedó reducida a los centros urbanos. Surgieron santuarios en ciudades y campos, lugares de peregrinación y capillas vinculadas a catedrales, parroquias, conventos y comunidades rurales. El culto mariano arraigó así en las estructuras ordinarias de la vida eclesial y en las expresiones de la religiosidad popular.
La toponimia americana conserva numerosos testimonios de esta expansión. Grandes regiones, ríos, pueblos y ciudades recibieron nombres relacionados con María, como Nuestra Señora de la Asunción, Nuestra Señora de la Paz o Santa María del Buen Aire. La tradición mariana también inspiró nombres de ciudades y territorios vinculados a advocaciones procedentes de Sevilla y de otras regiones de España.
Esta multiplicación de títulos no implica la existencia de varias vírgenes. La fe católica confiesa una sola maternidad de María, la Madre de Jesucristo, venerada bajo diversos nombres según la historia, la cultura y la experiencia espiritual de cada pueblo.
Inculturación de la fe
La devoción mariana adquirió en América formas propias. Las comunidades indígenas, mestizas, criollas, africanas y europeas integraron la veneración de María en sus lenguas, fiestas, músicas, peregrinaciones, promesas e imágenes.
La Iglesia reconoce el valor de esta religiosidad popular, aunque también pide que permanezca orientada hacia Jesucristo y en comunión con la fe católica. La devoción a Guadalupe, Aparecida y a las distintas advocaciones nacionales y locales forma parte del patrimonio espiritual de la Iglesia en América Latina, que debe conservarse, promoverse y purificarse cuando resulte necesario.
La inculturación no consiste en convertir a María en un símbolo meramente nacional o étnico. Consiste en que el Evangelio, sin cambiar su contenido esencial, arraigue en la vida concreta de los pueblos. En este sentido, la figura de María puede reunir a comunidades diversas alrededor de Cristo, sin borrar sus legítimas diferencias culturales.