La pérdida de Jerusalén
En 1244, grupos turcomanos aliados con fuerzas musulmanas derrotaron a los cristianos y volvieron a ocupar Jerusalén. La noticia causó una profunda conmoción en la cristiandad latina y llevó a Luis IX a tomar la cruz durante una grave enfermedad. El monarca interpretó aquella decisión como una obligación religiosa y política hacia los cristianos de Tierra Santa.2
La situación del reino latino de Jerusalén resultaba especialmente frágil. El territorio cristiano dependía de una estrecha franja costera, carecía de profundidad estratégica y sufría divisiones entre sus principales grupos dirigentes. Jerusalén permanecía fuera de su control, mientras que Egipto constituía el centro de poder capaz de sostener campañas contra los enclaves francos de Siria y Palestina.
La estrategia de conquistar Egipto
Luis IX y sus consejeros consideraron que una expedición directa a Jerusalén ofrecía pocas posibilidades de éxito. La estrategia escogida consistió en atacar Egipto, controlar el delta del Nilo y utilizar Damieta como moneda de negociación o como base para avanzar hacia El Cairo.
Esta orientación seguía la lógica de campañas anteriores: Egipto proporcionaba tropas, ingresos fiscales, alimentos y una posición geográfica decisiva. El dominio de sus principales ciudades podía obligar al sultán a devolver Jerusalén o a aceptar condiciones favorables para los Estados latinos.
La dimensión religiosa
La cruzada no fue únicamente una operación territorial. Luis IX contemplaba la empresa como una penitencia armada y como un servicio a la Iglesia y a los cristianos orientales. Su conducta combinaba la autoridad de un rey con prácticas de piedad, ayuno, oración y preocupación por los pobres.
El rey francés actuaba como monarca principal de la expedición y dirigente político de la cristiandad latina, pero no reemplazaba a los Maestres de las Órdenes Militares. Los templarios, hospitalarios y caballeros teutónicos poseían sus propias estructuras de mando, experiencia militar, fortalezas y responsabilidades en Tierra Santa. La autoridad de Luis IX exigía cooperación con aquellas órdenes, no una subordinación absoluta de sus maestres a la corona francesa.

