Atender al sentido literal
El sentido literal expresa lo que el autor humano quiso comunicar mediante las palabras y la forma concreta del texto. «Literal» no significa necesariamente «interpretación superficial» ni «lectura palabra por palabra». Significa respetar el sentido que el pasaje posee dentro de su contexto literario e histórico.
Por ejemplo, un salmo puede utilizar imágenes poéticas sin pretender ofrecer una descripción científica del universo. Una parábola puede narrar una historia imaginada para transmitir una enseñanza. Un relato histórico puede utilizar recursos narrativos propios de su época. La pregunta fundamental no consiste siempre en «¿ocurrió exactamente así con el mismo formato narrativo?», sino en «¿qué quiso comunicar el autor inspirado mediante esta narración?».
Todos los sentidos espirituales de la Escritura se apoyan en el sentido literal. La tradición católica distingue, junto al sentido literal, los sentidos alegórico, moral y anagógico.
Leer cada pasaje a la luz de toda la Escritura
La Biblia contiene muchos libros, autores y géneros, pero forma una unidad porque existe un único plan divino de salvación. Cristo constituye su centro y su corazón. Los Evangelios permiten leer el Antiguo Testamento desde su cumplimiento, mientras que el Antiguo Testamento prepara y anuncia el misterio de Cristo.
Este principio impide construir una doctrina a partir de una frase aislada. Si un pasaje resulta difícil, el lector debe compararlo con otros textos bíblicos que traten el mismo tema. La llamada analogía de la fe expresa la coherencia de las verdades cristianas entre sí y con el conjunto de la Revelación.
Leer con la Tradición viva de la Iglesia
La Iglesia custodia la memoria viva de la Palabra de Dios. Por esta razón, la lectura católica no depende exclusivamente de la impresión particular de cada lector. La liturgia, los escritos de los Padres de la Iglesia, la enseñanza del Magisterio y la vida de los santos ofrecen un marco para comprender la Escritura.
La Tradición no compite con la Biblia ni añade caprichosamente contenidos ajenos a ella. La Iglesia recibe, conserva, celebra y explica el único depósito de la fe. El Magisterio no está por encima de la Palabra de Dios, sino a su servicio y a su escucha.
La lectura personal conserva toda su importancia, pero alcanza mayor seguridad cuando permanece unida a la lectura litúrgica y comunitaria. La Biblia introduce al lector en la comunión del pueblo de Dios, y la Iglesia ofrece maestros, celebraciones y comunidades que ayudan a comprenderla.
Evitar el subjetivismo
Una frase bíblica puede despertar asociaciones personales legítimas, pero no toda asociación constituye el sentido del texto. El lector debe distinguir entre:
- Lo que el pasaje dice en su contexto.
- Lo que el pasaje sugiere en la oración personal.
- Una interpretación doctrinal que exige fundamento en la fe de la Iglesia.
La lectura espiritual nunca debe utilizar la Biblia para justificar cualquier opinión, una decisión injusta o una conducta contraria al Evangelio. La interpretación auténtica permanece sometida al discernimiento de la Iglesia, a quien corresponde custodiar e interpretar la Palabra de Dios.