Cristo, único Sacerdote
La función sacerdotal de los bautizados sólo puede comprenderse desde el sacerdocio de Jesucristo. Cristo es el Sumo Sacerdote y único Mediador entre Dios y la humanidad. Su sacerdocio no consiste únicamente en realizar actos rituales, sino en entregar libremente su vida al Padre por amor a los hombres, especialmente mediante su pasión, muerte y resurrección.
La Iglesia participa de este único sacerdocio porque pertenece a Cristo como su Cuerpo. Por esta razón, el sacerdocio de los bautizados no constituye un sacerdocio autónomo ni paralelo al de Cristo. Toda ofrenda cristiana adquiere valor sacerdotal cuando queda unida a la ofrenda filial de Jesucristo y alcanza al Padre por medio de él.4,5
El Concilio Vaticano II presenta a Cristo como aquel que ha constituido al nuevo Pueblo de Dios como «reino de sacerdotes para Dios, su Padre». Por la regeneración bautismal y la unción del Espíritu Santo, los fieles forman una casa espiritual y un sacerdocio santo, llamado a ofrecer sacrificios espirituales y a proclamar las maravillas de Dios.1
Fundamento bíblico
La doctrina católica sobre el sacerdocio bautismal hunde sus raíces en diversos textos de la Sagrada Escritura. La Primera carta de san Pedro llama a los cristianos «piedras vivas» incorporadas a una casa espiritual y a un sacerdocio santo, destinado a ofrecer sacrificios espirituales agradables a Dios por medio de Jesucristo. El mismo escrito denomina a los bautizados «raza elegida, sacerdocio real, nación santa y pueblo adquirido por Dios».2,3
La Carta a los Romanos expresa la dimensión existencial de esta vocación cuando exhorta a presentar el cuerpo como «sacrificio vivo, santo y agradable a Dios». La vida entera del cristiano puede convertirse así en culto espiritual: el trabajo, el descanso, las relaciones familiares, el sufrimiento aceptado con fe, el servicio a los demás y la lucha por la justicia.1,5
El Apocalipsis contempla asimismo a Cristo como aquel que ha hecho de su pueblo «un reino de sacerdotes para Dios». Estos textos no describen una función reservada a un grupo de dirigentes religiosos, sino la condición propia de la comunidad cristiana y de cada bautizado incorporado a ella.5,2
