La tercera parte trata directamente la obra vivificante y santificadora del Espíritu Santo en el ser humano, en la Iglesia y en el mundo.
Creación, encarnación y redención
Uno de los aspectos más originales de la encíclica consiste en presentar al Espíritu Santo como Espíritu Creador. La fe cristiana atribuye la creación a la Trinidad entera; sin embargo, la Escritura y la tradición permiten contemplar de modo particular la acción del Espíritu como principio de vida, orden y renovación.,
La presencia del Espíritu aparece ya en el relato del Génesis, donde el Espíritu de Dios aletea sobre las aguas. Esta presencia no significa únicamente que Dios concede existencia al cosmos. También expresa el comienzo de la comunicación salvífica de Dios con sus criaturas, especialmente con el ser humano, creado a imagen y semejanza divina.
La creación y la redención no constituyen dos proyectos separados. El mismo Espíritu que comunica la vida al mundo actúa en la encarnación del Hijo y conduce la creación hacia su plenitud. La encarnación completa la creación al llevarla a una relación nueva con Dios.
El Espíritu en la vida de Jesús
La concepción y el nacimiento de Jesucristo constituyen la obra más grande realizada por el Espíritu Santo en la historia de la creación y de la salvación. El Espíritu actúa en María, manifiesta la identidad divina de Jesús y acompaña su misión mesiánica. En el bautismo del Jordán, la unción del Espíritu revela públicamente a Jesús como el Hijo enviado por el Padre.,
La misión terrena de Cristo permanece vinculada al Espíritu en cada etapa. El Espíritu impulsa la predicación del Evangelio, sostiene la entrega de Jesús y comunica a la Iglesia los frutos de la Pascua. Por eso, la pneumatología de Dominum et Vivificantem posee una estructura profundamente cristológica: conocer la misión del Espíritu exige contemplar su relación con Cristo.
El conflicto interior del ser humano
La encíclica aborda el drama moral descrito por san Pablo como oposición entre el espíritu y la carne. La «carne» no designa simplemente el cuerpo, sino la existencia humana cerrada a Dios y dominada por el pecado. El «espíritu» expresa la vida nueva que el Espíritu Santo comunica y que permite al hombre vivir conforme a su vocación.
El Espíritu fortalece al hombre interior, ilumina la conciencia y libera al ser humano de los determinismos que reducen su existencia a la materia, al instinto o a las estructuras sociales. La gracia no destruye la naturaleza humana: la sana, la eleva y la conduce a su plenitud.
La acción del Espíritu restaura en el hombre la imagen de Dios. Esta restauración comienza en la conversión y alcanza su consumación en la resurrección. La vida cristiana posee, por tanto, una orientación escatológica: el Espíritu prepara al creyente para la transformación definitiva de su cuerpo y de toda la creación.