La división entre católicos y arrianos
Durante el siglo VI, la población de Italia estaba formada por comunidades de tradición romana y por los ostrogodos, establecidos en la península bajo el liderazgo de Teodorico. Los godos habían recibido el cristianismo a través de la predicación vinculada a Ulfilas, pero adoptaron una doctrina cristológica que la Iglesia católica consideraba arriana. El arrianismo negaba la plena divinidad del Hijo y, por tanto, rechazaba la fe definida por la Iglesia en los grandes concilios ecuménicos.
Teodorico gobernó Italia desde 493 hasta 526. Como rey de los ostrogodos protegía la identidad religiosa arriana de su pueblo, mientras que como gobernante de Italia administraba también una población mayoritariamente católica. Durante buena parte de su reinado mantuvo una política de coexistencia entre godos y romanos, con una tolerancia considerable hacia la Iglesia católica.
La tolerancia de Teodorico no significaba una separación moderna entre religión y poder político. El rey consideraba que podía intervenir en asuntos eclesiásticos, influir en la elección de los papas y actuar como árbitro en conflictos internos de la Iglesia. Al mismo tiempo, financiaba o protegía edificios destinados al culto arriano, entre ellos varias iglesias de Rávena.
El endurecimiento de Teodorico
La situación cambió durante los últimos años del reinado de Teodorico. El emperador Justino I promulgó en 523 medidas contra los arrianos del Imperio romano de Oriente. Entre esas disposiciones figuraba la devolución a los católicos de iglesias que los arrianos ocupaban. Como los ostrogodos profesaban el arrianismo, Teodorico interpretó la política imperial como una amenaza contra sus correligionarios y como un posible precedente para la situación de los godos en Italia.
El rey también temía una alianza entre los senadores romanos, el papa y la corte de Constantinopla. La rivalidad entre el reino ostrogodo y el Imperio bizantino no era únicamente teológica: afectaba al control político de Italia y a la lealtad de la aristocracia romana. El gobierno de Teodorico había conservado muchas instituciones romanas, pero la desconfianza aumentó cuando algunos miembros del Senado mantuvieron relaciones con Constantinopla.
En este clima, Teodorico ordenó la ejecución del filósofo y senador Boecio y de su suegro Símaco, acusados de traición. Estos acontecimientos muestran la combinación de conflicto religioso, temor político y lucha por la autoridad que condicionó los últimos meses del pontificado de Juan I.