La crisis religiosa de la Revolución francesa
La Revolución francesa transformó radicalmente la organización eclesiástica y la posición jurídica de la Iglesia. La Constitución civil del clero, aprobada en 1790, subordinó la estructura de las diócesis a la división administrativa del Estado, redujo el número de obispados y atribuyó a electores civiles la elección de obispos y párrocos. La institución canónica quedó vinculada a autoridades eclesiásticas organizadas según el nuevo sistema revolucionario.1
La Constitución civil exigía además un juramento de fidelidad. La negativa podía implicar la pérdida del oficio, la persecución penal y la prohibición del ejercicio público del ministerio. Así nació la división entre los clérigos juramentados o constitucionales, que aceptaron el juramento, y los clérigos refractarios o no juramentados, que permanecieron fieles a la obediencia romana.2
El papa Pío VI condenó la Constitución civil del clero. La condena agravó el conflicto entre la Iglesia y las autoridades revolucionarias, pero también clarificó la cuestión doctrinal: la organización de la Iglesia no podía depender exclusivamente de una decisión de la Asamblea política ni de una estructura nacional separada de la autoridad pontificia.2
La fractura entre clero constitucional y clero refractario
La división no fue meramente administrativa. Afectó a la sucesión episcopal, a la celebración de los sacramentos, a la disciplina clerical y a la conciencia de los fieles. Los obispos constitucionales ocuparon sedes cuyos titulares legítimos habían emigrado o habían rechazado el juramento. En algunos lugares, ambos grupos afirmaban representar la continuidad de la Iglesia.
La Iglesia constitucional perdió progresivamente fuerza durante la agitación revolucionaria. Muchos fieles continuaron vinculados a sacerdotes refractarios, que ejercían clandestinamente o en el exilio. Al mismo tiempo, numerosos sacerdotes constitucionales conservaron comunidades y parroquias, lo que hizo más difícil reconstruir la unidad sin provocar nuevas rupturas.1
Durante el Directorio, el Gobierno intentó sustituir el culto católico por celebraciones civiles y religiosas de inspiración revolucionaria, entre ellas el culto decadario, vinculado al descanso del décimo día del calendario republicano, y la teofilantropía. Estas iniciativas no lograron satisfacer las necesidades religiosas de la población, que reclamaba sacerdotes, altares, sacramentos y las fiestas tradicionales.3
La situación de la Iglesia antes del Concordato
La persecución, la emigración y la reorganización revolucionaria habían dejado vacantes numerosas sedes episcopales. De las antiguas diócesis francesas, muchas carecían de titulares efectivos; otras permanecían vinculadas a obispos exiliados. En París, por ejemplo, el clero constitucional controlaba edificios religiosos importantes, mientras los titulares legítimos se encontraban fuera de Francia. La coexistencia de cultos revolucionarios y católicos agravaba la desorganización religiosa.4
El problema afectaba también a la autoridad civil. En la Vendée y en otras regiones, la resistencia a la Revolución poseía una dimensión religiosa profunda. Para Napoleón, la pacificación del país exigía resolver la cuestión eclesiástica. La restauración del culto católico no obedecía únicamente a una convicción religiosa personal, sino a una estrategia de consolidación del nuevo régimen.4

