Dignidad humana desde la concepción
El principio central de Dignitas personae sostiene que todo ser humano merece respeto y trato personal desde el momento de la concepción hasta la muerte natural. Desde el comienzo de su existencia posee los derechos propios de la persona, en primer lugar el derecho inviolable a la vida.
La instrucción considera que el embrión humano no atraviesa una fase en la que primero sea una realidad meramente biológica y sólo después llegue a convertirse en persona. La continuidad del desarrollo humano permite reconocer en el embrión al mismo individuo que posteriormente nacerá, crecerá y alcanzará la edad adulta. La ciencia puede describir las etapas del desarrollo embrionario, pero la dignidad humana no aumenta gradualmente según el desarrollo de las capacidades físicas o intelectuales.
El embrión posee desde el inicio una dignidad propia e inalienable. Su valor no depende de la voluntad de los progenitores, de la sociedad, de la legislación, de su estado de salud o de su grado de desarrollo.
Unidad de cuerpo y alma
La antropología cristiana entiende a la persona humana como una unidad de cuerpo y alma. El cuerpo no constituye un simple instrumento exterior de la persona ni un conjunto de tejidos disponible para cualquier uso. Forma parte de la identidad personal y expresa a la persona.
Por este motivo, una intervención sobre el cuerpo humano afecta, aunque en distinto grado, a la persona entera. La valoración ética de una técnica médica no puede limitarse a su eficacia biológica: también debe considerar el significado humano de la intervención, sus fines, sus riesgos y el respeto debido al sujeto.
Vocación sobrenatural de la persona
La dignidad humana posee una dimensión natural y otra sobrenatural. Dios ha creado a cada ser humano a su imagen, y Cristo ha abierto para la humanidad la posibilidad de convertirse en hija de Dios. La persona está llamada a participar eternamente en el amor de la Trinidad. Esta vocación confiere a cada individuo un valor que ninguna circunstancia temporal puede destruir.
Desde esta perspectiva, la investigación biomédica debe servir a la persona y no convertirla en un medio para alcanzar fines científicos, económicos o sociales. El progreso técnico resulta auténtico cuando respeta la verdad integral del ser humano.
Procreación y matrimonio
La instrucción sitúa el origen de la vida humana en el matrimonio y la familia. La procreación expresa la donación recíproca de un hombre y una mujer unidos en matrimonio y debe conservar la conexión entre el amor conyugal y la transmisión de la vida.
La Iglesia distingue entre:
- Procreación, que implica la cooperación de los esposos mediante el acto conyugal.
- Reproducción, que puede designar una producción técnica de un nuevo ser vivo mediante procedimientos de laboratorio.
La diferencia no es meramente terminológica. Para la doctrina católica, la transmisión de la vida posee un significado personal: el hijo debe recibirse como don y no fabricarse como resultado de un proceso técnico sometido a selección, control de calidad o descarte.
Dos criterios de valoración moral
Dignitas personae resume la valoración ética de la biomedicina mediante dos criterios principales:
- El respeto incondicional a todo ser humano en cada momento de su existencia.
- La protección del carácter específico del acto personal que transmite la vida.
Una técnica no resulta moralmente aceptable sólo porque produzca un embarazo, cure una enfermedad o aumente las posibilidades de supervivencia. También debe respetar al ser humano implicado y conservar la dignidad de la procreación.