San Francisco Coll y Guitart
Francisco Coll y Guitart nació en Gombrèn, en la diócesis de Vic, el 18 de mayo de 1812. Ingresó en el seminario diocesano y, en 1830, entró en el convento dominicano de la Anunciación de Gerona. Allí comenzó su formación religiosa y teológica dentro de la Orden de Predicadores.2
La situación política y religiosa de la España del siglo XIX alteró profundamente su itinerario. En 1835, las leyes persecutorias contra las órdenes religiosas obligaron a Francisco Coll y a sus hermanos de comunidad a abandonar el convento. Aunque vivió como fraile exclaustrado, mantuvo su consagración dominicana y continuó unido espiritualmente a la Orden de Predicadores. Recibió la ordenación sacerdotal en Solsona el 28 de mayo de 1836 y ejerció posteriormente el ministerio parroquial en Artés y Moià, por encargo del obispo de Vic.2
La exclaustración no apagó su vocación apostólica. Francisco Coll participó en la actividad misionera promovida por la llamada Hermandad Apostólica relacionada con san Antonio María Claret, predicó ejercicios espirituales y misiones populares, y recibió en 1848 el título de Misionero Apostólico. Su predicación alcanzó numerosas localidades de Cataluña y buscó reavivar la fe, facilitar el retorno a la práctica cristiana y ofrecer una formación religiosa accesible al pueblo.2
El Rosario ocupó un lugar destacado en su apostolado. Francisco Coll impulsó la renovación de las cofradías del Rosario, promovió el Rosario Perpetuo y publicó escritos de divulgación espiritual como La Hermosa Rosa y La escala del cielo. También predicó con frecuencia durante la Cuaresma y en los meses de mayo y octubre, dedicados tradicionalmente a una especial veneración de la Virgen María.2
Fundación de la congregación
La fundación de las Hermanas Dominicas de la Anunciata respondió a una necesidad pastoral concreta. Francisco Coll percibía una profunda falta de formación cristiana entre numerosos bautizados y, de modo particular, entre niñas y jóvenes que vivían sin suficiente atención educativa ni religiosa. Con ese horizonte fundó la congregación el 15 de agosto de 1856, solemnidad de la Asunción de la Virgen María.1,2
El proyecto combinaba dos finalidades inseparables:
- La santificación de las religiosas, mediante la vida consagrada, la oración, la vida comunitaria y la fidelidad a la tradición dominicana.
- La educación cristiana de la infancia y de la juventud, especialmente de quienes padecían abandono, pobreza o ignorancia religiosa.1,2
El título de la congregación alude a la Anunciación de la Bienaventurada Virgen María, misterio que presenta a María como mujer disponible ante Dios y colaboradora libre en la obra de la Encarnación. La referencia mariana no constituye un elemento ornamental del nombre, sino una clave espiritual: la religiosa está llamada a acoger la Palabra, vivir bajo la acción de la gracia y transmitir el Evangelio mediante la enseñanza y el servicio.
