La versión militar
La inscripción de san Dámaso constituye el fundamento de la imagen de Nereo y Aquileo como soldados romanos. El texto no los presenta simplemente como cristianos perseguidos, sino como hombres que habían prestado servicio militar y que, después de abrazar la fe, renunciaron a las armas y a la obediencia que los vinculaba con el poder persecutorio.
Esta tradición posee una fuerza teológica particular. Los mártires no aparecen como personas alejadas de las estructuras de poder, sino como miembros de una institución imperial que tuvieron que discernir entre la obediencia legítima y la participación en una injusticia. La decisión de abandonar el ejército simboliza el rechazo de una conducta incompatible con el Evangelio.
La versión doméstica y cortesana
Las Actas transformaron a Nereo y Aquileo en servidores de Domitila. La narración los convierte en eunucos de su casa y compañeros de su exilio. El cambio de perfil probablemente respondió a la necesidad literaria de integrarlos en una historia más amplia sobre la conversión y el martirio de una mujer perteneciente a una familia noble.
La versión narrativa no coincide con la inscripción de Dámaso. El conflicto entre ambos testimonios exige una valoración crítica: la inscripción, más antigua y vinculada directamente a la tumba, merece prioridad histórica. Las Actas pueden conservar recuerdos parciales o tradiciones locales, pero sus detalles no alcanzan el mismo grado de fiabilidad.
La realidad de los mártires y las invenciones posteriores
La tradición cristiana romana conserva una realidad histórica fundamental: dos mártires llamados Nereo y Aquileo recibieron culto en la catacumba de Domitila desde una época muy antigua. La epigrafía, la arquitectura funeraria, los itinerarios de peregrinación y la liturgia convergen en este punto.
La conversión de ambos en soldados romanos también requiere matización. La inscripción de Dámaso sí los relaciona con el ejército, pero los relatos posteriores pudieron intensificar esa imagen y dotarla de rasgos heroicos convencionales: el abandono de las armas, la ruptura pública con el campamento y la confrontación directa con las autoridades. El dato epigráfico ofrece una base antigua; la escenificación dramática pertenece en buena medida al desarrollo hagiográfico.
Por ello, conviene evitar dos errores opuestos. El primer error consiste en rechazar por completo la existencia de los mártires porque las Actas contienen elementos legendarios. El segundo consiste en aceptar como hechos comprobados todos los detalles de esas narraciones. La posición más razonable reconoce la antigüedad del culto y del martirio, concede un valor especial a la inscripción damasiana y trata con cautela los episodios literarios.