La liturgia como obra de Cristo y de la Iglesia
La liturgia no constituye una actividad secundaria de la comunidad cristiana. En ella actúa Cristo, especialmente mediante su misterio pascual, y participa la Iglesia entera: ministros ordenados, fieles laicos, religiosos y comunidades cristianas.
Por esta razón, la celebración litúrgica no pertenece al celebrante ni a la comunidad como si ambos pudieran disponer de ella libremente. El sacerdote preside la acción litúrgica en nombre de Cristo y de la Iglesia; los fieles participan según su condición, ofreciendo a Dios el culto espiritual y uniéndose al sacrificio de Cristo.
Participación activa
Uno de los objetivos centrales de Sacrosanctum Concilium consiste en promover la participación activa, consciente y fructuosa de los fieles. Juan Pablo II vincula este principio con el deseo, ya extendido antes del Concilio, de participar más plenamente en los santos misterios y en la oración pública de la Iglesia.
La participación activa no se reduce a desempeñar funciones externas, como leer, cantar o ejercer un ministerio litúrgico. Estas tareas poseen valor, pero la participación alcanza su plenitud cuando toda la persona entra interiormente en el misterio celebrado mediante la fe, la atención, el silencio, la escucha, la respuesta litúrgica y la unión espiritual con Cristo.
La liturgia pide, por tanto, una participación simultáneamente:
- Exterior, mediante las palabras, los gestos, el canto y las posturas corporales.
- Interior, mediante la adoración, el arrepentimiento, la acción de gracias y la entrega personal.
- Eclesial, porque cada fiel participa como miembro del Cuerpo de Cristo y no como individuo aislado.
- Sacramental, porque la gracia de Cristo actúa a través de signos visibles instituidos por la Iglesia.
La Palabra de Dios
La renovación litúrgica concedió un lugar más amplio a la Sagrada Escritura. Juan Pablo II relaciona la reforma con el movimiento bíblico y recuerda el deseo de que los fieles recibieran la Palabra de Dios con mayor abundancia.
La proclamación de las lecturas no constituye una introducción didáctica a la misa ni una pieza independiente de la celebración. Dios habla a su pueblo en la liturgia, y Cristo permanece presente en su Palabra. La homilía debe ayudar a comprender las lecturas, relacionarlas con el misterio celebrado y conducir a la conversión.
La celebración del misterio pascual
La liturgia cristiana encuentra su centro en la muerte y resurrección de Jesucristo. La reforma litúrgica pretende que los fieles participen con mayor profundidad en este misterio, especialmente en la celebración eucarística y en el ciclo anual de los tiempos litúrgicos.
La renovación de la Vigilia Pascual y de la Semana Santa, iniciada antes del Concilio por Pío XII, preparó el camino para una comprensión más intensa de la centralidad del misterio pascual.
La dimensión comunitaria
La liturgia manifiesta la naturaleza comunitaria de la Iglesia. La celebración no es una devoción privada del sacerdote ni una suma de actos individuales de los asistentes. La asamblea litúrgica participa en la acción de Cristo y expresa la unidad del pueblo de Dios.
Este carácter comunitario no elimina la dimensión personal. Cada fiel debe responder a Dios con su propia fe, pero lo hace dentro de una comunidad que confiesa una misma fe, recibe una misma gracia y participa de un mismo culto.