Infancia y juventud
Juan de Yepes nació hacia 1542 en Fontiveros, en la antigua Castilla. Su familia vivió en una situación económica muy precaria. Tras la muerte de su padre, Gonzalo de Yepes, su madre, Catalina Álvarez, tuvo que sacar adelante a sus hijos con grandes dificultades.
Durante su juventud trabajó en distintos oficios y recibió formación en Medina del Campo, donde estudió humanidades, retórica y lenguas clásicas en el colegio de los jesuitas. La pobreza familiar y el trabajo manual marcaron su sensibilidad hacia los necesitados y hacia una vida evangélica despojada de ambiciones mundanas.
Antes de ingresar en el Carmelo, atendió a los enfermos en un hospital de Medina del Campo. Aquella experiencia unió en él la contemplación y el servicio. San Juan nunca entendió la oración como una evasión de la realidad humana, sino como la raíz de una caridad capaz de entregarse a Dios y al prójimo.
Ingreso en el Carmelo
En 1563 ingresó en la Orden del Carmen con el nombre de Juan de San Matías. Tras la profesión religiosa prosiguió sus estudios teológicos y recibió la ordenación sacerdotal en 1567. Durante aquellos años llegó a plantearse la posibilidad de ingresar en la Cartuja, atraído por su intensa vida contemplativa.
El encuentro con santa Teresa de Jesús cambió el rumbo de su vida. Teresa buscaba religiosos que colaborasen en la reforma del Carmelo masculino y reconoció en Juan de San Matías una profunda vocación contemplativa y una singular capacidad para la dirección espiritual. Ambos compartieron el deseo de devolver al Carmelo una vida marcada por la oración, la austeridad y la fidelidad a la tradición de la Orden.
Duruelo y la reforma carmelitana
En 1568 Juan se incorporó a la primera comunidad masculina de la reforma, establecida en una casa pobre de Duruelo, en la provincia de Ávila. Allí adoptó el nombre de Juan de la Cruz. La comunidad vivió con gran austeridad, dedicando amplios espacios a la oración, al trabajo, al silencio y a la penitencia.
La reforma recibió el nombre de Carmelo descalzo. La expresión aludía originalmente a una forma de pobreza y sencillez, pero adquirió también un significado espiritual: caminar ante Dios con humildad, sin apoyarse en seguridades humanas ni en honores.
Juan desempeñó diferentes responsabilidades: formador, rector, superior, confesor, director espiritual y vicario. Vivió en lugares como Alcalá de Henares, Ávila, Baeza, Granada, Segovia y Úbeda. La documentación eclesial resume su itinerario como una combinación de vida interior, ministerio sacerdotal, gobierno religioso, apostolado y magisterio espiritual.
Conflictos y prisión en Toledo
La reforma carmelitana provocó tensiones dentro de la Orden. Las dificultades no procedieron únicamente de la oposición externa; también surgieron desacuerdos sobre el gobierno, la jurisdicción, la disciplina y el modo de aplicar la reforma.
En 1577 Juan de la Cruz fue detenido y llevado a Toledo. Permaneció encarcelado durante varios meses en condiciones muy duras. Vivió en una celda pequeña, con escasa luz, sometido a malos tratos y privado de una comunicación normal con el exterior. Durante aquel periodo sufrió tanto físicamente como interiormente.
La prisión de Toledo tuvo una importancia decisiva para su obra literaria y espiritual. Allí compuso parte de sus poemas más célebres, entre ellos las primeras estrofas del Cántico espiritual y de la Noche oscura. El sufrimiento no produjo en él amargura ni deseo de venganza, sino una meditación más profunda sobre el amor de Cristo, la libertad interior y la fidelidad a Dios.
En agosto de 1578 consiguió escapar de forma extraordinaria y encontró refugio en un monasterio de carmelitas descalzas. Después de recuperarse, continuó su actividad reformadora y su ministerio en Andalucía.
Últimos años y muerte
Durante la década siguiente ejerció diversos cargos en la familia carmelitana reformada. Redactó buena parte de sus tratados espirituales y acompañó a religiosos y religiosas en su camino de oración. También participó en los debates sobre el futuro jurídico y disciplinar de la reforma.
En 1591 perdió sus cargos y fue destinado a una comunidad apartada. Poco después enfermó gravemente. Eligió trasladarse a Úbeda, donde recibió una atención inicialmente poco caritativa, aunque más tarde la situación mejoró. Afrontó la enfermedad con paciencia y espíritu de abandono en Dios.
Murió durante la noche del 13 al 14 de diciembre de 1591, mientras sus hermanos de comunidad rezaban el oficio litúrgico. Sus últimas palabras, según la tradición, fueron: «Hoy voy a cantar el oficio al cielo». Sus restos fueron trasladados posteriormente a Segovia.