Aceptación del magisterio de la Iglesia
La primera parte del juramento exigía aceptar todo lo que el magisterio de la Iglesia hubiera definido, afirmado o declarado. Esta formulación vinculaba la profesión personal de fe con la enseñanza oficial de la Iglesia.
El juramento no presentaba la fe como una construcción individual. La verdad cristiana llegaba al creyente por medio de la revelación divina confiada a la Iglesia y custodiada por su magisterio.
Historicidad de Jesucristo
La fórmula profesaba la existencia de Jesucristo verdadero y real en la historia. La Iglesia aparecía como fundada directamente por Cristo y edificada sobre Pedro, príncipe de la jerarquía apostólica, y sobre sus sucesores.
Este punto respondía a las interpretaciones que separaban al Jesús histórico de la fe cristiana posterior o que reducían la figura de Cristo a una elaboración de la comunidad primitiva.
Continuidad de la doctrina
El juramento afirmaba que la doctrina transmitida por los apóstoles y recibida por los Padres de la Iglesia había llegado hasta el presente con el mismo sentido y la misma interpretación fundamental.
Por esa razón rechazaba la idea de una evolución del dogma entendida como transformación de una verdad en otra de sentido diferente. La Iglesia podía profundizar en la comprensión de la revelación, pero no convertir el contenido esencial de un dogma en una afirmación contraria a su significado original. La fórmula rechazaba también la sustitución del depósito revelado por una invención filosófica o por una creación progresiva de la conciencia humana.
Revelación, tradición y dogma
El juramento defendía el carácter sobrenatural de la tradición cristiana. Rechazaba la tesis de que la tradición sagrada careciera de elemento divino y pudiera explicarse únicamente como la continuidad histórica de una escuela fundada por Jesús y sus discípulos.
La fórmula profesaba asimismo la permanencia de la verdad recibida de los apóstoles en la sucesión episcopal. La verdad apostólica no dependía de aquello que cada época considerase más adecuado, sino que debía conservarse sin alterar su contenido esencial.
Milagros y profecías
El juramento aceptaba los milagros y las profecías como signos ciertos del origen divino de la religión cristiana. Además, sostenía que tales signos podían resultar inteligibles y significativos para las personas de todos los tiempos, también para el hombre contemporáneo.
Esta afirmación rechazaba una interpretación que considerase los milagros simples relatos simbólicos o construcciones tardías de la comunidad cristiana.
Relación entre fe y razón
La fórmula no identificaba la fe con una renuncia a la razón. Al contrario, presentaba la fe como un acto del entendimiento movido por la autoridad de Dios que revela.
El juramento rechazaba la reducción de la fe a una experiencia puramente subjetiva. La fe cristiana incluía una dimensión personal y vital, pero su fundamento último no residía en el sentimiento individual, sino en Dios y en la verdad que Dios comunica.