La teología católica, a partir de la Escritura y de la tradición, describe el cuerpo glorioso mediante varias propiedades. Estas categorías no pretenden explicar exhaustivamente un misterio que supera la experiencia presente, sino expresar sus rasgos fundamentales.
Incorruptibilidad
El cuerpo glorioso ya no estará sujeto a la enfermedad, al envejecimiento, a la descomposición ni a la muerte. La resurrección vencerá definitivamente la corrupción introducida por el pecado y llevará a la plenitud la victoria de Cristo.
La inmortalidad futura no consistirá en prolongar indefinidamente la vida biológica actual. Dios otorgará una condición nueva, completamente estable y libre de toda amenaza de destrucción.
Impasibilidad
El cuerpo glorioso no padecerá dolor, sufrimiento, enfermedad ni fatiga. La impasibilidad no implica insensibilidad ni falta de afectos, sino liberación de todo padecimiento contrario a la felicidad perfecta. La persona podrá amar y alegrarse sin experimentar la mezcla de satisfacción y sufrimiento característica de la existencia presente.
Gloria
La gloria es la irradiación de la santidad y de la vida divina en toda la persona. El cuerpo participará de la felicidad que el alma recibe de la visión de Dios. La gloria corporal no significa una belleza superficial o meramente estética, sino la plena manifestación de la dignidad filial alcanzada por la gracia.
Cristo transforma el cuerpo de los creyentes para conformarlo a su cuerpo glorioso. El destino del cristiano consiste en participar en la gloria del Hijo como persona completa, cuerpo y alma, dentro de la comunión trinitaria.
Agilidad
La tradición teológica llama agilidad a la perfecta docilidad del cuerpo respecto del alma glorificada. El cuerpo ya no ofrecerá resistencia, pesadez ni desorden a la voluntad plenamente unida a Dios. Esta propiedad expresa la libertad perfecta de la persona redimida.
Sutileza
La sutileza describe la completa subordinación de la corporeidad al espíritu glorificado. No significa que el cuerpo deje de ser material, sino que ya no estará dominado por las limitaciones y desórdenes de la condición mortal. La materia corporal quedará plenamente integrada en la vida personal y espiritual.
Estas propiedades pertenecen al lenguaje de la teología y de la tradición doctrinal. La Iglesia no presenta una descripción física detallada del estado glorioso. El modo concreto de la resurrección supera la imaginación y el entendimiento humanos y sólo puede acogerse mediante la fe.