Cristo, centro de la historia
La bula comienza con la contemplación del misterio por el cual el Hijo eterno de Dios asumió la naturaleza humana. Juan Pablo II relaciona esta verdad con el himno de la Carta a los Efesios, que proclama el designio del Padre de recapitular todas las cosas en Cristo, las del cielo y las de la tierra. En Jesucristo, la historia de la salvación alcanza su culminación y encuentra su sentido definitivo.
La Encarnación no constituye un episodio aislado del pasado. El nacimiento de Jesús en Belén ilumina toda la historia humana: el presente y el futuro del mundo reciben su significado a la luz de la presencia de Cristo resucitado. La bula identifica a Jesús como «el Viviente», aquel que es, que era y que viene. Por esta razón, la persona humana descubre en el encuentro con Cristo el misterio de su propia existencia.
Verdadero Dios y verdadero hombre
Incarnationis mysterium proclama a Jesucristo como verdadero Dios y hombre perfecto. Esta afirmación expresa la fe cristiana en la unión de la naturaleza divina y la naturaleza humana en la única persona del Hijo. Cristo revela al Padre y muestra al mismo tiempo la grandeza de la vocación humana.
La bula presenta a Jesús como la verdadera novedad que supera todas las expectativas humanas y permanece para siempre. La novedad cristiana no consiste principalmente en una transformación política, cultural o tecnológica, sino en la presencia personal del Hijo de Dios hecho hombre y en la salvación que realiza mediante su muerte y resurrección.
Juan Pablo II propone la Encarnación y la Redención como el criterio fundamental para valorar los acontecimientos históricos y los esfuerzos destinados a hacer más humana la vida social. La dignidad humana alcanza su plenitud cuando la persona se abre a la salvación ofrecida por Dios en Cristo. La bula vincula esta plenitud con la posibilidad de que el ser humano llegue a participar de la vida divina y, por ello, se vuelva verdaderamente más humano.,