La enciclopedia católica en español

Consolar al triste

Consolar al triste es una obra de misericordia que consiste en acompañar a quien padece dolor, duelo, soledad, culpa, enfermedad, abandono o cualquier otra aflicción, ofreciéndole presencia, escucha, ayuda concreta, oración y esperanza cristiana. La tradición católica entiende el consuelo como una forma de caridad: no pretende negar el sufrimiento, sino sostener a la persona dentro de él y conducirla hacia la confianza en Dios, cuya misericordia alcanza al ser humano mediante la Iglesia, los sacramentos y la solidaridad de los hermanos.

Cuadro resumen[Datos abiertos]
NombreConsolar al triste
CategoríaTérmino
DescripciónForma de caridad que sostiene al afligido y lo conduce a la confianza en Dios. Obra de misericordia que consiste en acompañar a quien padece dolor, duelo, soledad, culpa, enfermedad, abandono u otra aflicción, mediante presencia, escucha, ayuda concreta, oración y esperanza cristiana
Referencias
  • Bienaventurados los que lloran, porque serán consolados (Mateo 5:4)
  • Consolad, consolad a mi pueblo (Isaías).
Aplicación MoralAcompañar al sufriente con presencia, escucha, ayuda práctica, oración y palabras de esperanza, sin negarle el dolor.
Autoridad EclesiásticaPapa Francisco
ContextoEnseñanza pastoral contemporánea de la Iglesia en el siglo XXI
Referencias DocumentalesMisericordia et misera (2016); Gaudete et exsultate (2018); Dilexit nos (2024)
TemaConsuelo, misericordia, sufrimiento, esperanza cristiana
TipoDoctrina

Tabla de contenido

Significado cristiano de consolar

La tristeza pertenece a la experiencia humana. Puede nacer de la muerte de una persona querida, de una enfermedad, de una injusticia, de la ruptura de una relación, de la pobreza, del fracaso, de la persecución o del reconocimiento de los propios pecados. La fe cristiana no considera toda tristeza una falta moral. El sufrimiento puede ser una reacción proporcionada ante un mal real y, vivido con la gracia, puede abrir el corazón a Dios y a los demás.

Jesucristo proclama en las bienaventuranzas:

«Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados».

La promesa no convierte el dolor en un bien autónomo ni presenta la aflicción como algo que convenga buscar por sí mismo. La enseñanza cristiana invita a acompañar el sufrimiento con esperanza y a rechazar la indiferencia ante quien padece. El papa Francisco explica que las lágrimas de las bienaventuranzas pueden expresar tanto el duelo por el sufrimiento ajeno como el arrepentimiento por el pecado propio. En ambos casos, el corazón abandona la distancia y entra en una relación más profunda con Dios y con el prójimo.1

Consolar, por tanto, no significa pronunciar frases piadosas para cerrar rápidamente una conversación dolorosa. Significa permanecer junto al que sufre, reconocer la verdad de su herida y ofrecer una presencia que no abandona.

Fundamento bíblico

Dios como fuente del consuelo

La Sagrada Escritura presenta a Dios como quien consuela a su pueblo y permanece cercano a los afligidos. La llamada profética «Consolad, consolad a mi pueblo» expresa una misión permanente: llevar una palabra de esperanza a quienes viven en el sufrimiento. El consuelo divino no consiste en una simple distracción frente al dolor, sino en la certeza de que Dios no abandona a sus hijos.

El papa Francisco relaciona esta misión con la misericordia de la Iglesia. La cercanía, el afecto, la ayuda y la oración de los cristianos pueden convertirse en signos concretos de la cercanía de Dios. Un abrazo comprensivo, una palabra serena, una caricia respetuosa o una oración compartida pueden manifestar el amor divino en momentos de tristeza.2

San Pablo presenta también una dinámica esencial de la vida cristiana: Dios consuela a sus discípulos para que ellos puedan consolar a quienes sufren. El consuelo recibido no termina en la persona consolada; transforma al creyente en instrumento de misericordia para los demás.3

Jesucristo y la compasión

Jesucristo no contempla el dolor humano desde la distancia. En el Evangelio aparece conmovido ante el sufrimiento, el duelo y la enfermedad. Su compasión alcanza al ser humano entero: cuerpo, inteligencia, voluntad, relaciones y vida espiritual.

El consuelo cristiano encuentra su centro en Cristo crucificado y resucitado. La cruz muestra que Dios ha entrado realmente en la condición sufriente del hombre; la resurrección manifiesta que el dolor y la muerte no poseen la última palabra. La contemplación del corazón de Cristo conduce, según el papa Francisco, desde la aflicción hacia la confianza, la gratitud, la ternura y la paz. El sufrimiento del cristiano puede unirse al de Cristo, que permanece solidario con sus discípulos en todos los tiempos.4

Esta unión no justifica el mal ni convierte la violencia, la enfermedad o la injusticia en realidades deseables. La esperanza cristiana sostiene que Dios puede extraer un bien espiritual del sufrimiento sin ser autor del mal.

«Llorad con los que lloran»

San Pablo exhorta a la comunidad cristiana a compartir sinceramente la alegría y el dolor de los demás. El papa Francisco interpreta esta actitud como un rasgo de la santidad: quien acompaña al que sufre no huye de las situaciones dolorosas, comprende la angustia del otro y se acerca incluso a sus heridas. La compasión elimina la distancia que convierte al sufriente en un extraño.5

La comunidad cristiana debe reflejar esta actitud mediante sus obras. Los jóvenes que atraviesan un dolor profundo necesitan encontrar una Iglesia capaz de ofrecer cercanía, acogida y ayuda efectiva, no únicamente discursos religiosos. La comunidad transmite la promesa de Cristo mediante sus gestos, su acompañamiento y su ayuda concreta.6

La comprensión teológica del dolor

La tristeza como pasión humana

Santo Tomás de Aquino analiza la tristeza como una respuesta del apetito sensible ante un mal presente. La persona afligida experimenta el peso de una realidad que considera dañosa o contraria a su bien. La tristeza no desaparece siempre mediante una explicación racional, porque afecta a la sensibilidad, a la memoria, a la imaginación y a las relaciones.

La caridad cristiana debe respetar el ritmo de quien sufre. Una persona no supera automáticamente un duelo porque conozca una verdad teológica. La doctrina ofrece luz y esperanza, pero la herida humana puede necesitar tiempo, compañía, silencio, descanso y, en algunos casos, atención médica o psicológica.

El valor de las lágrimas

Santo Tomás afirma que las lágrimas y los gemidos pueden aliviar parcialmente la tristeza. El dolor encerrado puede adquirir una intensidad mayor; la expresión exterior permite que la persona manifieste lo que lleva dentro y evita que toda su atención quede concentrada en la herida.7

San Agustín describe, al recordar la muerte de un amigo, que encontró cierto alivio en los gemidos y las lágrimas. Su testimonio no presenta el llanto como una solución completa, sino como una forma humana de expresar la pérdida.7

El llanto tampoco debe idealizarse. San Agustín distingue entre la compasión verdadera y una tristeza desordenada que encuentra placer en el sufrimiento ajeno o en la representación de pasiones destructivas. La misericordia auténtica desea que desaparezca la causa del dolor; no busca el sufrimiento para poder contemplarlo.8

La amistad como alivio

La compañía de un amigo puede aliviar la tristeza porque la persona deja de cargar sola con su aflicción. Santo Tomás explica que quien ve a un amigo compartir su dolor percibe que otro lleva parte de la carga. Además, la compasión manifiesta amor, y la certeza de ser amado produce un gozo capaz de mitigar el sufrimiento.9

Este principio posee una aplicación pastoral inmediata: muchas personas no necesitan inicialmente una respuesta compleja, sino comprobar que alguien permanece a su lado. La visita a un enfermo, la llamada a una persona viuda, la ayuda a una familia en crisis o la compañía de quien atraviesa una depresión pueden constituir verdaderos actos de misericordia.

La verdad como fuente de consuelo

La contemplación de la verdad puede aliviar la tristeza porque la inteligencia encuentra un bien en la verdad conocida. Santo Tomás sostiene que la contemplación de las realidades divinas y de la felicidad futura puede producir alegría incluso en medio de las tribulaciones. Esta alegría no equivale a diversión ni elimina automáticamente el dolor; nace de una esperanza más profunda que la circunstancia presente.10

El mismo autor reconoce que el conocimiento puede causar tristeza cuando descubre males, dificultades o realidades contrarias a la voluntad. La verdad duele cuando revela la gravedad de una situación, pero la contemplación de la verdad en cuanto bien puede iluminar el sufrimiento y orientarlo hacia una esperanza razonable.11

La esperanza cristiana, por tanto, no consiste en decir que «todo saldrá bien» en un sentido superficial. Consiste en confiar en que Dios permanece fiel, que el amor posee un valor definitivo y que la vida humana alcanza su plenitud en la comunión con Él.

Formas concretas de consolar al triste

Escuchar con atención

La primera forma de consuelo suele consistir en escuchar sin interrumpir, juzgar ni apresurar. La persona afligida necesita poder expresar sus sentimientos y ordenar su experiencia. El acompañante debe evitar interrogatorios innecesarios, comparaciones con otros sufrimientos y respuestas automáticas.

Escuchar implica:

  • prestar atención al contenido y al tono de las palabras;
  • respetar los silencios;
  • reconocer el dolor sin exagerarlo ni minimizarlo;
  • permitir que la persona llore;
  • evitar cambiar inmediatamente de tema;
  • guardar la debida confidencialidad;
  • preguntar qué ayuda concreta necesita.

La escucha cristiana no pretende ocupar el lugar de Dios ni resolver todos los problemas. Ofrece una presencia fiel que comunica: «Tu sufrimiento importa y no tienes que atravesarlo completamente solo».

Permanecer en silencio

El silencio puede constituir una forma elevada de compasión cuando las palabras resultan insuficientes. El papa Francisco enseña que permanecer junto a quien sufre, sostener su mano y compartir su dolor puede expresar fuerza y amor. El silencio no equivale necesariamente a indiferencia o rendición; puede convertirse en un lenguaje de solidaridad.2

El silencio adecuado no abandona a la persona. Acompaña, observa y permanece disponible. El silencio inadecuado, en cambio, puede ocultar incomodidad, desprecio o miedo ante el dolor ajeno.

Ofrecer ayuda práctica

La tristeza suele intensificarse cuando la persona carece de recursos para afrontar las tareas ordinarias. La caridad reclama acciones concretas:

  • preparar comida para una familia en duelo;
  • acompañar a una persona enferma al médico;
  • ayudar con los desplazamientos o las compras;
  • atender temporalmente a los hijos de quien atraviesa una crisis;
  • visitar a una persona mayor que vive sola;
  • colaborar económicamente cuando existe una necesidad real;
  • facilitar el contacto con un sacerdote, médico o profesional de la salud mental.

La ayuda práctica no sustituye la escucha, pero demuestra que la compasión posee consecuencias reales.

Rezar con la persona

La oración puede expresar el dolor ante Dios y abrirlo a la esperanza. En ocasiones conviene rezar junto a la persona; en otras, basta con asegurarle que la comunidad cristiana la acompaña mediante la oración. La oración debe respetar la libertad y el estado emocional del afligido. Una persona recién golpeada por una tragedia quizá necesite primero llorar y hablar antes de poder formular una oración.

Los salmos de súplica, los relatos de la pasión de Cristo, el padrenuestro y las oraciones por los difuntos pueden ayudar a poner palabras ante Dios. La oración cristiana permite lamentarse, preguntar, pedir auxilio y confiar sin fingir una serenidad que todavía no existe.

Pronunciar una palabra verdadera de esperanza

La esperanza cristiana no niega la realidad. Por eso, conviene evitar expresiones como «no llores», «Dios necesitaba otro ángel», «todo ocurre por una razón» o «tienes que ser fuerte». Estas fórmulas pueden causar más aislamiento porque impiden que la persona reconozca su sufrimiento.

Una palabra verdaderamente cristiana puede afirmar:

  • «Dios no te abandona en este dolor».
  • «Puedes llorar; no tienes que fingir».
  • «Estoy aquí para acompañarte».
  • «Tu vida conserva toda su dignidad».
  • «Buscaremos juntos la ayuda que necesites».
  • «La Iglesia quiere caminar contigo».

La esperanza nace de la fe en el Señor resucitado y de la certeza de su amor, no de una interpretación rápida de los acontecimientos. El papa Francisco exhorta a no dejar que el sufrimiento robe la esperanza que brota de la fe en Cristo resucitado.2

Consuelo humano y gracia sacramental

El consuelo humano

El consuelo humano comprende la presencia, la amistad, la escucha, el afecto, la ayuda material y la solidaridad. Estos actos pertenecen a la caridad y pueden convertirse en instrumentos mediante los cuales Dios manifiesta su cercanía.

Santo Tomás explica que la simpatía del amigo alivia la tristeza porque comparte simbólicamente su peso y comunica amor.9 El consuelo humano actúa en el ámbito de las relaciones personales y de las facultades naturales: sensibilidad, memoria, inteligencia, voluntad y afectividad.

Este consuelo posee un valor verdadero, aunque limitado. Puede aliviar el dolor sin eliminar su causa; puede acompañar el duelo sin devolver a la persona fallecida; puede sostener a un enfermo sin garantizar la curación; puede ofrecer esperanza sin producir por sí mismo la vida eterna.

La gracia sacramental

La gracia sacramental es la acción salvadora que Cristo comunica mediante los sacramentos. No equivale a una emoción de alivio ni depende necesariamente de que la persona experimente bienestar psicológico inmediato. Un sacramento puede fortalecer y transformar espiritualmente aunque la tristeza permanezca durante un tiempo.

San Agustín relaciona el bautismo con la salvación y la Eucaristía con la vida, apoyándose en la enseñanza bíblica sobre el baño de regeneración y el pan de vida.12 La Iglesia entiende los sacramentos como signos eficaces de la gracia: no son simples gestos simbólicos de apoyo comunitario, aunque también puedan proporcionar consuelo humano y pertenencia eclesial.

La distinción puede resumirse así:

  • La conversación amistosa ofrece escucha, afecto y compañía.
  • La visita pastoral manifiesta la solidaridad de la comunidad.
  • La oración eleva el sufrimiento hacia Dios.
  • La reconciliación sacramental comunica el perdón de los pecados a quien recibe válidamente el sacramento con las disposiciones requeridas.
  • La unción de los enfermos fortalece al cristiano gravemente enfermo o debilitado por la edad.
  • La Eucaristía alimenta la comunión con Cristo y sostiene la vida cristiana.
  • El bautismo incorpora a la persona a Cristo y a la Iglesia, otorgándole la vida nueva de la gracia.

El consuelo humano no reemplaza la gracia sacramental, y la gracia sacramental no convierte en innecesaria la ayuda humana. Cristo actúa en la Iglesia mediante los sacramentos y también mediante la caridad concreta de sus miembros. Una persona puede recibir la comunión y continuar llorando; puede acudir al sacramento de la reconciliación y necesitar además acompañamiento psicológico; puede recibir la unción y requerir atención médica y apoyo familiar.

La gracia no elimina siempre de inmediato la tristeza sensible. Puede conceder fortaleza, paz interior, perdón, esperanza, unión con Cristo y capacidad para afrontar el sufrimiento. La experiencia emocional sigue un proceso propio, y la vida sacramental debe integrarse con la atención a las necesidades humanas.

El duelo y el acompañamiento de los afligidos

Acompañar la pérdida

El duelo necesita tiempo. La persona que ha perdido a un ser querido puede atravesar momentos de incredulidad, llanto, enfado, silencio, cansancio, recuerdos intensos y dificultad para retomar las actividades ordinarias. El acompañamiento cristiano no impone un calendario rígido ni exige que la persona «pase página».

La Iglesia acompaña el duelo mediante la oración por los difuntos, la celebración de las exequias, la presencia de la comunidad y la esperanza en la resurrección. Esta esperanza no niega la separación ni la gravedad de la muerte. Permite vivir la ausencia dentro de la promesa de Cristo.

San Agustín recuerda que el dolor por la pérdida de un amigo puede mezclarse con cierta dulzura en el llanto y en la memoria. Su reflexión respeta la ambivalencia del duelo: la persona llora porque ama, y el recuerdo del amado puede causar dolor y alegría al mismo tiempo.13

Evitar el aislamiento

La soledad puede agravar cualquier sufrimiento. La compañía rompe el círculo de aislamiento y comunica que la persona sigue formando parte de una comunidad. El papa Francisco vincula la cercanía fraterna con el alivio de las lágrimas y con la manifestación concreta de la misericordia divina.2

La comunidad parroquial puede acompañar mediante grupos de duelo, visitas, llamadas, celebraciones, ayuda económica, orientación pastoral y colaboración con profesionales. El acompañamiento requiere prudencia: nadie debe forzar confidencias, invadir la intimidad ni convertir el dolor de otro en ocasión para ejercer control.

El consuelo ante el pecado

La compunción cristiana

Existe una tristeza vinculada al pecado: la compunción. No consiste en desprecio de uno mismo ni en una culpa obsesiva, sino en reconocer que el pecado ha herido la relación con Dios y con el prójimo. El arrepentimiento auténtico abre el corazón a la acción del Espíritu Santo y orienta hacia la conversión.

El papa Francisco describe la compunción como una herida saludable que purifica y sana el corazón. Las lágrimas de arrepentimiento no expresan autocompasión, sino dolor por haber ofendido a Dios y deseo sincero de cambiar.14

La tristeza por el pecado encuentra su consuelo pleno en la misericordia divina, especialmente mediante el sacramento de la penitencia. La persona no queda definida por su culpa cuando acoge el perdón de Dios y emprende una vida nueva. La corrección fraterna, cuando resulta necesaria, debe buscar la conversión y la restauración, nunca la humillación.

No confundir compunción y desesperación

La compunción conduce a Dios; la desesperación cierra el corazón a la esperanza. Ambas pueden incluir dolor por el pecado, pero producen direcciones opuestas. La compunción reconoce la culpa y confía en la misericordia; la desesperación considera que el mal cometido supera definitivamente la capacidad de perdón.

El consuelo cristiano debe ayudar a distinguir la responsabilidad moral de la condena absoluta de la persona. La verdad sobre el pecado exige conversión; la verdad sobre la misericordia permite comenzar de nuevo.

La devoción de consolar a Cristo

La tradición católica habla también de consolar al Corazón de Cristo. Esta expresión no significa que Cristo resucitado padezca una carencia humana ni que necesite recibir de las criaturas algo que le falte para ser feliz. Expresa el amor reparador del cristiano ante el pecado, la indiferencia y el rechazo del amor de Dios.

La compunción lleva al creyente a compartir espiritualmente los sufrimientos de Cristo y a ofrecerle una respuesta de amor. El papa Francisco pide valorar las expresiones de la piedad popular que buscan consolar al Señor, especialmente cuando manifiestan un amor sincero y no una religiosidad fría o meramente exterior.15

La unión con Cristo no encierra al cristiano en una devoción intimista. Quien contempla el corazón entregado de Jesús recibe el impulso de escuchar la llamada: «Consolad a mi pueblo». El amor a Cristo conduce necesariamente hacia el servicio de quienes sufren.3

Límites y prudencia pastoral

No sustituir la atención profesional

La oración y la compañía cristiana poseen un valor insustituible, pero no reemplazan la medicina, la psicología, la psiquiatría, los servicios sociales ni la protección frente a la violencia. Una tristeza persistente, incapacitante o acompañada de desesperanza intensa requiere atención profesional.

Ante un riesgo inmediato de suicidio, autolesión, abuso o violencia, la prioridad consiste en proteger a la persona y contactar con los servicios de emergencia y los profesionales competentes. La fe anima a buscar ayuda; no obliga a soportar pasivamente una situación peligrosa.

No dar respuestas simplistas

El acompañante debe evitar atribuir sin fundamento una causa concreta al sufrimiento. Nadie puede declarar automáticamente que una tragedia constituye un castigo divino o que Dios ha querido directamente una enfermedad, un abuso o una injusticia. La compasión exige humildad ante el misterio.

También conviene evitar una espiritualización que ignore las necesidades materiales. Ofrecer únicamente una oración a quien carece de alimento, vivienda, seguridad o atención médica no cumple plenamente la caridad cristiana. El consuelo debe atender a la persona completa.

Respetar la libertad y la intimidad

El acompañamiento necesita consentimiento, prudencia y discreción. No corresponde divulgar confidencias, imponer contacto físico, forzar una confesión religiosa ni utilizar la vulnerabilidad de quien sufre para obtener obediencia o dependencia. La verdadera misericordia fortalece la libertad y la dignidad de la persona.

Consolar y dejarse consolar

La caridad cristiana posee una dimensión recíproca. Nadie consuela desde una autosuficiencia absoluta. El creyente recibe consuelo de Dios, de la Iglesia, de los amigos y, en ocasiones, de quienes atraviesan un sufrimiento mayor.

El papa Francisco enseña que quienes contemplan el sufrimiento con compasión no huyen de las heridas ajenas. Al ayudar a los que sufren, descubren un sentido más profundo de la vida y reciben el consuelo de Cristo.5

Santo Tomás observa que la memoria de un dolor ya superado puede transformarse en alegría al recordar la liberación alcanzada. La persona no se alegra del mal padecido, sino del bien que siguió a la prueba y de la victoria obtenida sobre ella.16

Esta perspectiva impide entender el consuelo como una relación unilateral. Quien hoy acompaña puede necesitar mañana ser acompañado. La Iglesia consuela cuando crea vínculos en los que cada persona puede ofrecer y recibir ayuda con humildad.

Síntesis doctrinal

Consolar al triste implica:

  • reconocer la realidad del sufrimiento sin negarlo ni idealizarlo;
  • acompañar con presencia y escucha;
  • compartir el peso del dolor mediante la amistad y la comunidad;
  • respetar las lágrimas y el silencio;
  • ofrecer ayuda práctica;
  • orar y anunciar la esperanza cristiana con prudencia;
  • conducir hacia Cristo, fuente última del consuelo;
  • integrar el apoyo humano con la vida sacramental;
  • distinguir la compunción saludable de la culpa destructiva;
  • buscar ayuda profesional cuando la gravedad de la situación lo exige.

La obra de misericordia «consolar al triste» nace de la compasión de Cristo. El cristiano no está llamado a explicar rápidamente todo sufrimiento, sino a permanecer junto al que padece, aliviar su carga en la medida de lo posible y ayudarle a descubrir que Dios no se ha alejado. La misericordia alcanza su plenitud cuando la presencia humana, la oración de la Iglesia y la gracia de Cristo forman una única respuesta de amor.

Citas y referencias

  1. Bienaventurados los que lloran, porque serán consolados, Papa Francisco. Audiencia General del 12 de febrero de 2020, 1 (2020).
  2. Papa Francisco. Misericordia et misera, 13 (2016). 2 3 4
  3. Capítulo cuatro - La devoción de la consolación - Nos consolamos para consolar a otros, Papa Francisco. Dilexit nos (24 de octubre de 2024) - Encíclica, 162 (2024). 2
  4. Capítulo cuatro - La devoción de la consolación - Nos consolamos para consolar a otros, Papa Francisco. Dilexit nos (24 de octubre de 2024) - Encíclica, 161 (2024).
  5. Capítulo tres - Ir contra la corriente, Papa Francisco. Gaudete et exsultate, 76 (2018). 2
  6. Capítulo tres - Tú eres el «now» de Dios - Viviendo en un mundo en crisis, Papa Francisco. Christus vivit, 77 (2019).
  7. Primera parte de la segunda parte - De los remedios del dolor o la tristeza - ¿Se alivia el dolor o la tristeza con lágrimas? , Tomás de Aquino. Summa Theologiae, I-II, Q. 38, A. 2, col. (1274). 2
  8. Agustín. Las Confesiones, 3.2.2 (400).
  9. Primera parte de la segunda parte - De los remedios del dolor o la tristeza - ¿Se alivia el dolor o la tristeza con la simpatía de los amigos? , Tomás de Aquino. Summa Theologiae, I-II, Q. 38, A. 3, col. (1274). 2
  10. Primera parte de la segunda parte - De los remedios del dolor o la tristeza - ¿Se alivian el dolor y la tristeza mediante la contemplación de la verdad? , Tomás de Aquino. Summa Theologiae, I-II, Q. 38, A. 4, col. (1274).
  11. Primera parte de la segunda parte - De los remedios del dolor o la tristeza - ¿Se alivian el dolor y la tristeza mediante la contemplación de la verdad? , Tomás de Aquino. Summa Theologiae, I-II, Q. 38, A. 4 (1274).
  12. Capítulo 34 [xxiv.] - el bautismo se llama salvación, y la eucaristía, vida, por los cristianos de Cartago, Agustín. Sobre el Mérito y el Perdón de los Pecados, y el Bautismo de los Infantes, 1.34 (420).
  13. Agustín. Las Confesiones, 4.5.1 (400).
  14. Capítulo cuatro - La devoción de la consolación - Compunción, Papa Francisco. Dilexit nos (24 de octubre de 2024) - Encíclica, 159 (2024).
  15. Capítulo cuatro - La devoción de la consolación - Compunción, Papa Francisco. Dilexit nos (24 de octubre de 2024) - Encíclica, 160 (2024).
  16. Primera parte de la segunda parte - De la causa del placer - ¿La tristeza produce placer? , Tomás de Aquino. Summa Theologiae, I-II, Q. 32, A. 4, col. (1274).
Modificado el 17 de agosto de 2026 • FideScore™ 9.69Citar este artículoPaq. Scorm (LMS)Sugerir mejoraCompartir artículoImprimir artículoGenerar QRInstalar aplicaciónPermalink: ark:28736/mhkfdvbgq

Logo Wikitólica
Autor:
Artículo supervisado por el Comité editorial de Wikitólica. Las afirmaciones del artículo están basadas y contrastadas usando fuentes catolicas: escritos patrísticos, de santos, artículos teológicos, documentos históricos, actas de concilios, encíclicas, fuentes magisteriales y documentos oficiales de la Iglesia. Proceso editorial →