Liberalismo en sentido político y liberalismo doctrinal
La palabra liberalismo posee varios significados históricos. En el ámbito político puede designar la defensa de determinadas libertades civiles, la limitación del poder arbitrario, la participación ciudadana, la protección jurídica de la persona o la economía de mercado. Ninguno de esos elementos, considerado aisladamente, identifica necesariamente una doctrina incompatible con la fe católica.
En sentido teológico, el liberalismo condenado por el magisterio pontificio afirma la autonomía absoluta del ser humano en los órdenes intelectual, moral y social. Según esta concepción, la razón individual, la voluntad de la mayoría o la libertad de expresión constituirían la instancia suprema para determinar la verdad, el bien y la organización de la sociedad. La Catholic Encyclopedia describía este liberalismo como una doctrina que, al proclamar la autonomía absoluta del hombre, termina negando prácticamente a Dios y a la religión sobrenatural.1
El problema no reside, por tanto, en toda defensa de la libertad política, sino en la transformación de la libertad en un principio desligado de la verdad, de la ley natural y del bien común. La libertad cristiana no equivale a la facultad de hacer cualquier cosa, sino a la capacidad de realizar el bien con responsabilidad y con la ayuda de la gracia.
Progresismo en sentido técnico
Progresismo tampoco constituye una categoría unívoca. En el lenguaje ordinario puede referirse legítimamente al deseo de mejorar las instituciones, promover la justicia social, corregir abusos o aplicar la doctrina cristiana a nuevas circunstancias. En ese sentido, la Iglesia reconoce la necesidad de un desarrollo histórico, prudencial y social.
En sentido teológico, el progresismo designa aquí la postura que convierte el cambio histórico en criterio supremo de verdad y considera superada cualquier enseñanza católica que no coincida con la mentalidad contemporánea. Este progresismo puede adoptar una forma eclesial cuando reclama modificar la doctrina, la moral, la estructura sacramental o la constitución de la Iglesia para adaptarlas a las exigencias culturales del momento.
El término no debe utilizarse como una etiqueta indiscriminada contra toda reforma, renovación pastoral o compromiso social. El objeto de la crítica católica es el progresismo rupturista, que interpreta la historia como una autoridad superior a la Revelación y concibe la Iglesia como una construcción humana permanentemente redefinible.
