La humildad cristiana no equivale a despreciarse, negar las propias capacidades ni aceptar pasivamente cualquier injusticia. Consiste en reconocer la verdad sobre Dios, sobre uno mismo y sobre los demás. La persona humilde sabe que es criatura, que ha recibido sus dones y que depende de Dios; al mismo tiempo, reconoce su dignidad, porque Dios la ha creado y la ha llamado a participar de su vida.
La tradición teológica relaciona la humildad con la moderación de los deseos desordenados de grandeza. Esta virtud se opone a la soberbia y a la vanagloria, que inducen a la persona a atribuirse una autosuficiencia que no posee. La humildad no ocupa el primer lugar entre todas las virtudes -la fe, la esperanza y la caridad orientan directamente al ser humano hacia Dios-, pero prepara el corazón para recibirlas, porque elimina el obstáculo de la soberbia.1
La humildad tampoco destruye la excelencia humana. Una persona puede poseer autoridad, conocimiento, riqueza, belleza o talento y vivir humildemente si reconoce que esos bienes no la convierten en dueña absoluta de sí misma ni la sitúan por encima de los demás. La humildad ordena los dones hacia la verdad, la gratitud y el servicio.
El papa Francisco describió esta virtud como una disposición fundamental de la vida cristiana. La humildad devuelve al ser humano a su justa medida: una criatura valiosa, pero limitada; dotada de cualidades, pero también marcada por defectos. La palabra «humildad» guarda relación etimológica con humus, «tierra», porque recuerda la condición creatural y mortal de la persona.2


