El ministerio sacerdotal participa de los tres oficios de Cristo: maestro, sacerdote y pastor. Estas dimensiones no funcionan como actividades aisladas, porque forman una unidad en la misión de Cristo y de la Iglesia.
Anuncio de la Palabra
El presbítero anuncia el Evangelio, enseña la fe católica y ayuda a la comunidad a interpretar la vida a la luz de la revelación cristiana. La predicación no constituye una actividad secundaria frente al culto. La liturgia de la Palabra y la liturgia eucarística forman un único acto de culto, pues la Palabra conduce al sacramento y el sacramento lleva a la plena recepción de la Palabra.,
El anuncio sacerdotal exige fidelidad a la fe de la Iglesia, preparación teológica, capacidad de diálogo y atención a las circunstancias concretas de quienes escuchan. El sacerdote no anuncia sus opiniones privadas como si fueran doctrina católica, sino la Palabra de Dios recibida y transmitida por la Iglesia.
Santificación
La santificación constituye una de las tareas centrales del sacerdocio ministerial. El sacerdote celebra la Eucaristía, administra el Bautismo, preside la Confirmación cuando corresponde, imparte el sacramento de la Reconciliación, unge a los enfermos y asiste a la celebración del Matrimonio conforme a las normas de la Iglesia.
La Eucaristía ocupa el centro de todo el ministerio sacerdotal. En ella el presbítero representa sacramentalmente a Cristo y une las oraciones y la entrega de los fieles al sacrificio de Cristo, único sacrificio de la nueva alianza. La celebración eucarística no repite la cruz, sino que hace sacramentalmente presente su único acontecimiento redentor.
El sacerdote actúa como instrumento de Cristo en los sacramentos. La expresión ex opere operato enseña que la eficacia sacramental procede de la acción de Cristo y de la promesa divina, no de la excelencia personal del ministro. Esta doctrina no autoriza la negligencia moral: el sacerdote tiene el deber grave de vivir con dignidad, reverencia y fidelidad su ministerio.
Gobierno pastoral
El sacerdote ejerce también una función pastoral. Preside la comunidad, promueve la unidad, discierne los carismas, corrige los abusos y coordina la misión evangelizadora. Su autoridad tiene carácter ministerial: no equivale a dominio personal, sino a servicio de la comunión y del bien espiritual de los fieles.
El gobierno pastoral debe reflejar a Cristo, Cabeza y Buen Pastor. Por ello, la autoridad sacerdotal exige humildad, escucha, prudencia, fortaleza y disposición para cargar con las necesidades de la comunidad. El aislamiento, el autoritarismo y la búsqueda de protagonismo contradicen la naturaleza del ministerio.