El pueblo que busca la ciudad futura
La Biblia presenta repetidamente al pueblo de Dios como una comunidad en marcha. Israel peregrinó por el desierto hacia la tierra prometida; la Iglesia, como nuevo Israel, camina hacia la patria celestial. La Carta a los Hebreos resume esta orientación con la afirmación de que los cristianos no tienen aquí una ciudad permanente, sino que buscan la ciudad futura.
El Concilio Vaticano II aplica esta imagen a la Iglesia:
«El nuevo Israel, que camina en el tiempo presente buscando la ciudad futura y permanente, recibe también el nombre de Iglesia de Cristo».
La peregrinación eclesial no consiste en una huida del mundo ni en un desprecio de la historia. La Iglesia vive dentro de la humanidad, participa de sus esperanzas y sufrimientos, y trabaja por la transformación del orden temporal conforme al Evangelio. Su destino último, sin embargo, supera cualquier realización política, económica o cultural.
Cristo, origen y meta de la peregrinación
Cristo funda la Iglesia, la sostiene y la conduce hacia su consumación. La Iglesia no camina por iniciativa autónoma: recibe su vida de su Señor resucitado. El Espíritu Santo, enviado por Cristo desde el Padre, mantiene viva la comunión eclesial, distribuye sus dones y dirige la misión apostólica.
La Comisión Teológica Internacional presenta la Iglesia mediante diversas imágenes bíblicas: Cuerpo de Cristo, Esposa de Cristo, rebaño, templo, casa, pueblo y plantación de Dios. Entre todas ellas, la imagen del Cuerpo manifiesta de manera privilegiada la unión vital entre Cristo, que es la Cabeza, y la Iglesia, que recibe de Él sus dones divinos.
Cristo constituye a la Iglesia como signo e instrumento de salvación para todos. La Iglesia peregrina, por tanto, no posee la meta en sí misma: su existencia apunta hacia Cristo glorificado y hacia el Reino que Él llevará a su plenitud.
El «ya» y el «todavía no»
La doctrina de la Iglesia peregrina se comprende mediante la tensión entre el ya y el todavía no:
- El Reino de Dios ya está presente en la persona, la palabra y las obras de Jesucristo.
- La Iglesia ya participa de la vida divina mediante la gracia, la fe, los sacramentos y la caridad.
- La santidad ya existe en la Iglesia, aunque todavía aparezca unida a la fragilidad humana.
- La plenitud del Reino todavía no ha llegado, porque la historia continúa y la gloria de Cristo aún no se ha manifestado plenamente.
El Concilio enseña que la Iglesia constituye en la tierra el germen y el comienzo del Reino. Mientras crece, dirige sus deseos hacia el Reino consumado y espera la unión plena con su Rey.
Esta tensión evita dos errores opuestos. Por una parte, impide reducir la salvación a una realidad exclusivamente futura, como si Cristo no actuara ya en la Iglesia. Por otra, evita identificar cualquier situación histórica de la Iglesia con el Reino definitivo de Dios.