La iniciativa de fray Isidoro de Sevilla
La advocación de la Divina Pastora de las Almas surgió en el ambiente religioso de la Sevilla barroca. La tradición devocional atribuye a fray Isidoro de Sevilla, religioso de la Orden de Hermanos Menores Capuchinos, la iniciativa de presentar a la Virgen bajo la figura de una pastora dedicada al cuidado de las almas.
El fraile habría recibido la inspiración de difundir una imagen mariana que mostrase a la Virgen no como una reina revestida de solemnidad cortesana, sino como una madre cercana, humilde y vigilante, situada en medio del rebaño cristiano. La nueva representación no pretendía sustituir las advocaciones marianas tradicionales, sino ofrecer una forma visual y catequética de expresar la protección maternal de María.
La imagen se relacionaba con la predicación sobre Cristo como Buen Pastor. El Evangelio presenta a Jesús como quien conoce a sus ovejas, las llama por su nombre, busca a la que se pierde y entrega la vida por ellas. La Iglesia identifica al Buen Pastor con Jesucristo, mientras que la misión de María permanece subordinada a la de su Hijo. Juan Pablo II recordó que la imagen del pastor atraviesa el Antiguo y el Nuevo Testamento y que Cristo constituye el cumplimiento de las promesas hechas al pueblo de Dios.1
La primera representación
La tradición sitúa la primera representación de la Divina Pastora en Sevilla en torno a 1703. Fray Isidoro habría encargado al pintor Alonso Miguel de Tovar una pintura destinada a difundir el nuevo título mariano. La obra presentó a la Virgen en un ambiente natural, rodeada de ovejas y con los atributos propios de una pastora.
La nueva iconografía tuvo una rápida acogida entre los fieles sevillanos. Las predicaciones, las estampas y las procesiones favorecieron la expansión de la advocación por Andalucía y, posteriormente, por otras regiones de España y por distintos territorios de Hispanoamérica.
La expansión de la devoción contó con la colaboración de los capuchinos, cuya espiritualidad insistía en la pobreza evangélica, la conversión, la penitencia, la predicación y la atención a las necesidades del pueblo cristiano. La imagen de María como pastora armonizaba con esta sensibilidad religiosa: mostraba a la Madre de Dios en actitud de acompañamiento, cuidado y búsqueda de las almas.
