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Aquila y Priscila

Aquila y Priscila, también llamados Aquila y Prisca, fueron un matrimonio judeocristiano del siglo I que colaboró estrechamente con san Pablo en la expansión del Evangelio. Artesanos de profesión, acogieron al Apóstol en su casa, participaron en la formación cristiana de Apolo y pusieron su vivienda al servicio de la comunidad, hasta convertirla en una auténtica Iglesia doméstica. La tradición cristiana los venera como santos y los recuerda especialmente por su hospitalidad, su enseñanza de la fe, su trabajo manual y su entrega apostólica.

Cuadro resumen[Datos abiertos]
NombreAquila y Priscila
CategoríaPersona
Nombre CompletoPrisca
DescripciónSiglo I; expulsión de los judíos de Roma (≈49-50 d.C.); viajes a Corinto, Éfeso y Roma
Lugar de Nacimiento
  • Aquila: Pontus
  • Priscila: Roma
NacionalidadJudeocristiano
Actividad ApostólicaHospitalidad a san Pablo, enseñanza de Apolo, apoyo a la comunidad cristiana en su casa, trabajo manual como fabricantes de tiendas
Autoridad EclesiásticaBenedicto XVI, Francisco
Estado de VidaMatrimonio
Fecha de Celebración8 de julio
Festividad8 de julio
TipoSanto, Matrimonio laico
VirtudesHospitalidad, Valentía, Fidelidad, Trabajo honesto
Enlaces relacionadosAquila y Priscila. En Primeros Cristianos.

Tabla de contenido

Identidad y nombres

Aquila y Priscila aparecen en varios pasajes del Nuevo Testamento. El nombre de ella figura también como Prisca, forma más breve y probablemente más antigua de Priscila. Los dos nombres tienen origen latino, aunque el matrimonio pertenecía al pueblo judío. Aquila procedía probablemente del Ponto, región del norte de Asia Menor situada junto al mar Negro; Priscila habría estado vinculada a Roma.1

El libro de los Hechos de los Apóstoles presenta a Aquila y Priscila como esposos que compartían la fe, el trabajo y la misión. La frecuente aparición de Priscila antes que Aquila en algunos pasajes bíblicos ha suscitado diversas interpretaciones históricas, pero el Nuevo Testamento no explica la razón de ese orden.2

La Escritura no ofrece datos precisos sobre su matrimonio, su conversión ni el final de sus vidas. Sin embargo, los episodios conservados bastan para mostrar la importancia de esta pareja en la Iglesia naciente. El papa Benedicto XVI los describió como un matrimonio que desempeñó «un papel muy activo en los orígenes pospascuales de la Iglesia».1

Contexto histórico

La expulsión de los judíos de Roma

Aquila y Priscila vivían en Roma cuando el emperador Claudio ordenó la expulsión de los judíos de la ciudad, probablemente hacia los años 49 o 50. El libro de los Hechos relata que, a causa de esta medida, el matrimonio se trasladó a Corinto, donde conoció a san Pablo.2

El historiador romano Suetonio relacionó aquella expulsión con disturbios provocados por alguien llamado «Chrestus», probablemente una referencia confusa a Cristo y a las controversias surgidas dentro de la comunidad judía romana en torno a la predicación cristiana. Benedicto XVI interpretó este episodio dentro del conflicto provocado por la proclamación de Jesús como el Mesías.1

La experiencia del exilio convirtió a Aquila y Priscila en personas familiarizadas con la inseguridad, la movilidad y la condición de extranjeros. Cuando llegaron a Corinto, transformaron esa experiencia en una actitud de acogida hacia san Pablo y hacia otros cristianos. El papa Francisco presentó su conducta como un ejemplo de hospitalidad cristiana, especialmente hacia quienes viven situaciones de desplazamiento y vulnerabilidad.3

Encuentro con san Pablo en Corinto

San Pablo llegó a Corinto durante su segundo viaje misionero. Allí encontró a Aquila y Priscila y permaneció con ellos, porque compartían el mismo oficio: la fabricación de tiendas o de grandes telas destinadas a usos domésticos. El relato de los Hechos vincula desde el principio la relación entre el Apóstol y el matrimonio con dos realidades inseparables: el trabajo cotidiano y la evangelización.1

La casa de Aquila y Priscila ofreció a Pablo alojamiento y un espacio estable para su actividad misionera. El matrimonio no aparece como un simple anfitrión ocasional, sino como una pareja integrada en la vida apostólica de la Iglesia de Corinto. Su hogar facilitó el encuentro entre el evangelizador, los nuevos creyentes y la sociedad urbana en la que Pablo anunciaba a Cristo.

Pablo permaneció en Corinto aproximadamente un año y medio. Después emprendió el viaje hacia Siria y pasó por Éfeso acompañado por Aquila y Priscila. El matrimonio no abandonó la misión cuando Pablo continuó su itinerario, sino que permaneció en la ciudad y prosiguió allí su servicio apostólico.3

Actividad evangelizadora en Éfeso

La formación de Apolo

En Éfeso, Aquila y Priscila conocieron a Apolo, judío originario de Alejandría, hombre instruido y elocuente que enseñaba con fervor acerca de Jesús. Sin embargo, su conocimiento de la fe cristiana era incompleto. El matrimonio lo tomó aparte y le explicó «con más exactitud el camino de Dios».1

Este episodio muestra una forma de evangelización laical basada en la formación personal, la conversación y el acompañamiento. Aquila y Priscila no humillaron a Apolo ni discutieron públicamente con él. Reconocieron sus cualidades, percibieron sus carencias doctrinales y completaron su formación en un ambiente de respeto y caridad.

La intervención tuvo consecuencias para la misión de la Iglesia. Después de recibir aquella instrucción, Apolo pudo ejercer con mayor precisión su apostolado entre los judíos y defender públicamente que Jesús es el Cristo. Aquila y Priscila, por tanto, contribuyeron a preparar a un evangelizador que más tarde desempeñaría un papel relevante en la comunidad de Corinto.

Una catequesis en el ámbito doméstico

El episodio de Apolo revela también que la casa cristiana podía convertirse en un lugar de catequesis. Aquila y Priscila no actuaron desde una estructura académica ni desde un edificio destinado al culto, sino desde su hogar y desde la confianza que habían establecido con un colaborador de la misión.

La catequesis doméstica no equivalía a una predicación autónoma desligada de la Iglesia. El matrimonio actuaba dentro de la comunión apostólica y en continuidad con la enseñanza recibida de san Pablo. Su iniciativa manifestaba que los fieles laicos podían colaborar realmente en la transmisión de la fe, sin confundirse por ello con el ministerio apostólico de carácter jerárquico.

La Iglesia doméstica

La comunidad reunida en su casa

La Primera Carta a los Corintios transmite el saludo de «Aquila y Prisca, junto con la Iglesia que se reúne en su casa». Esta expresión constituye uno de los testimonios más importantes sobre las comunidades domésticas del cristianismo primitivo.2

La vivienda de Aquila y Priscila no era únicamente un domicilio privado. Allí se reunían los cristianos para escuchar la Palabra de Dios y celebrar la Eucaristía. Benedicto XVI explicó que las primeras comunidades cristianas se congregaban en las casas de los creyentes antes de contar con edificios propios destinados al culto.1

La expresión griega ekklesía designa una convocación o asamblea. En este contexto, la casa de Aquila y Priscila acogía a la comunidad convocada por Cristo. El hogar adquiría así una dimensión eclesial sin dejar de ser hogar: lugar de convivencia, acogida, oración, enseñanza, celebración y servicio.

La familia como sujeto de misión

Aquila y Priscila no aparecen como dos individuos aislados que realizan actividades paralelas. El Nuevo Testamento los presenta como un matrimonio unido en la misión. Su testimonio muestra que la vida conyugal puede convertirse en una forma concreta de colaboración apostólica.

La Iglesia doméstica no consiste simplemente en organizar reuniones religiosas dentro de una vivienda. Implica que la familia cristiana viva de tal modo que su casa manifieste la fe mediante la hospitalidad, la oración, el cuidado de los necesitados, la formación de los jóvenes y la apertura a quienes buscan la verdad.

El ejemplo de este matrimonio conserva una especial actualidad. La familia puede ofrecer espacios que muchas estructuras no proporcionan: trato personal, paciencia, confianza y acompañamiento. Aquila y Priscila ayudaron a integrar la fe en las relaciones ordinarias y mostraron que la evangelización no depende únicamente de los lugares oficialmente destinados al culto.

Regreso a Roma y colaboración con Pablo

Aquila y Priscila regresaron posteriormente a Roma. En la Carta a los Romanos, san Pablo les dirige un saludo lleno de reconocimiento:

«Saludad a Prisca y Aquila, colaboradores míos en Cristo Jesús. Ellos expusieron su cabeza para salvarme. Y no sólo yo les estoy agradecido, sino también todas las Iglesias de la gentilidad».3

La expresión «colaboradores míos en Cristo Jesús» manifiesta la estima de Pablo hacia el matrimonio. No los considera simples auxiliares administrativos ni meros benefactores económicos. Los reconoce como auténticos cooperadores de la misión evangelizadora.

Pablo afirma además que arriesgaron la vida para protegerlo. El Nuevo Testamento no aporta detalles sobre la circunstancia concreta, pero la frase muestra que Aquila y Priscila afrontaron peligros reales por fidelidad al Evangelio y por amor al Apóstol.

También en Roma acogieron una comunidad cristiana en su casa. La dimensión doméstica de su apostolado acompañó sus desplazamientos: primero Corinto, luego Éfeso y más tarde Roma. En cada ciudad, el matrimonio puso sus recursos, su hogar y su trabajo al servicio de la Iglesia.

Una referencia posterior de la Segunda Carta a Timoteo sitúa de nuevo a Aquila y Priscila en Éfeso. La tradición antigua interpreta este dato como una prueba de su movilidad apostólica y de su disponibilidad para servir allí donde la comunidad cristiana necesitaba su presencia.2

El trabajo manual y la ascética cristiana

El oficio de fabricantes de tiendas

Aquila y Priscila compartían con san Pablo el oficio de fabricar tiendas y telas. El trabajo manual no aparece en su vida como una actividad secundaria o vergonzosa, sino como un medio honrado de subsistencia y como un ámbito de testimonio cristiano.

San Pablo valoraba el trabajo porque permitía sostenerse sin convertirse en una carga para los demás. El papa Francisco recordó que el Apóstol relacionaba el trabajo manual con el testimonio cristiano y con la responsabilidad de mantener a la comunidad sin abusar de su generosidad.3

El trabajo permitía a Pablo entrar en contacto con personas de distintos ambientes. Su oficio le proporcionaba una presencia ordinaria en la ciudad y un espacio natural para conversar, establecer relaciones y anunciar el Evangelio. Aquila y Priscila compartieron con él esa forma de presencia misionera en medio de la vida profesional.

Trabajo, disciplina y servicio

La tradición ascética cristiana entendió el trabajo como una defensa frente a la ociosidad, el egoísmo y la dependencia injustificada. La enseñanza paulina vinculó la labor honrada con la responsabilidad personal y con la posibilidad de ayudar a los necesitados.4

La ascética, entendida como el ejercicio ordenado de las virtudes y la lucha contra el desorden interior, no consiste en despreciar el cuerpo ni las ocupaciones ordinarias. El trabajo puede educar en la paciencia, la sobriedad, la perseverancia y la solidaridad. También puede purificar la búsqueda de prestigio y de riqueza cuando la persona lo vive como servicio y no como idolatría.

San Agustín relacionó el trabajo manual con la humildad, especialmente cuando una persona renuncia a una vida de privilegio y acepta realizar tareas sencillas para atender las necesidades propias y de la comunidad. También presentó los bienes obtenidos mediante el trabajo como recursos que deben abrirse a la ayuda fraterna.5

La experiencia de Aquila y Priscila permite comprender esta doctrina desde la vida de un matrimonio laico. Ellos no abandonaron su oficio al convertirse en colaboradores de Pablo. Integraron trabajo y misión, sustento y apostolado, actividad profesional y servicio eclesial.

El trabajo como apostolado

El trabajo manual de Aquila y Priscila posee una dimensión apostólica por varias razones:

  • Les permitió mantener una vida económicamente responsable.
  • Les proporcionó contacto cotidiano con la sociedad.
  • Facilitó su relación con san Pablo.
  • Contribuyó a la acogida de evangelizadores y creyentes.
  • Ofreció un ejemplo de vida cristiana coherente en el mundo profesional.
  • Ayudó a sostener materialmente la comunidad y su misión.

La vida apostólica no exige que todos abandonen sus profesiones. La vocación cristiana transforma las actividades legítimas mediante la caridad, la justicia y la orientación hacia el bien común. Aquila y Priscila muestran que un taller, una casa y una relación laboral pueden convertirse en lugares de encuentro con Cristo.

Evangelización laical y ministerio jerárquico

Una colaboración real con los apóstoles

Aquila y Priscila evangelizaron, instruyeron a Apolo, acogieron a san Pablo y organizaron la vida comunitaria en su casa. Estas tareas evidencian la responsabilidad apostólica de los laicos en la Iglesia primitiva.

La evangelización pertenece a toda la Iglesia, pero dentro de la única misión existen servicios diferentes. San Pablo recibió de Cristo y de la Iglesia apostólica una misión peculiar de anuncio, enseñanza y fundación de comunidades. Aquila y Priscila colaboraron con esa misión desde su condición de fieles laicos y esposos.6

Su ejemplo no permite borrar la diferencia entre el sacerdocio común de los fieles y el sacerdocio ministerial. La Iglesia reconoce la participación de los laicos en la evangelización y en numerosos servicios, pero conserva la distinción entre los ministerios ordenados, confiados a quienes reciben el sacramento del Orden, y los servicios no ordenados ejercidos según los dones y responsabilidades propios de los fieles.7

Evangelizar no equivale a ejercer el ministerio ordenado

Aquila y Priscila pudieron anunciar la fe y formar a Apolo sin desempeñar por ello el ministerio jerárquico propio de los apóstoles, presbíteros y obispos. Su apostolado no sustituyó la autoridad de Pablo ni creó una estructura paralela a la Iglesia.

La evangelización laical tiene su ámbito propio en la familia, el trabajo, la cultura, las relaciones sociales y las realidades temporales. Pablo VI enseñó que la vocación específica de los laicos los sitúa en medio del mundo y los llama a impregnar de Evangelio la vida profesional, familiar, social, cultural y económica.8

Al mismo tiempo, los laicos pueden colaborar con sus pastores en la vida de la comunidad mediante catequesis, formación, oración, obras de caridad y otros servicios. Estos servicios deben mantener la unidad de la Iglesia y respetar la responsabilidad pastoral de quienes ejercen el ministerio ordenado.7

Aquila y Priscila ofrecen un modelo equilibrado: ejercieron una intensa actividad evangelizadora sin confundirse con san Pablo; participaron en la formación cristiana sin presentarse como fuente independiente de la doctrina; acogieron a la Iglesia en su casa sin convertir su hogar en una comunidad separada.

Virtudes cristianas de Aquila y Priscila

Hospitalidad

La hospitalidad ocupa un lugar central en su testimonio. El matrimonio abrió su casa a Pablo y a otros cristianos, convirtiendo un espacio privado en un lugar de comunión. Su acogida no consistió solamente en ofrecer comida o alojamiento. Recibieron también la misión apostólica y aceptaron las exigencias que la fe imponía a su vida.

El papa Francisco presentó la hospitalidad de Aquila y Priscila como una respuesta cristiana a la experiencia del extranjero y del desplazado. Su casa acogió al evangelizador y, con él, al Evangelio que anunciaba.3

Matrimonio unido

El Nuevo Testamento muestra a Aquila y Priscila trabajando juntos, viajando juntos y sirviendo juntos. La misión no destruyó su vida conyugal, sino que la convirtió en una fuente de fecundidad apostólica.

La unidad matrimonial les permitió ofrecer un testimonio completo de vida cristiana. Su hogar acogía a la comunidad, su trabajo sostenía la misión y su enseñanza ayudaba a madurar en la fe a quienes buscaban una comprensión más plena del Evangelio.

Formación doctrinal

La instrucción de Apolo demuestra que la caridad cristiana necesita ir acompañada de una doctrina sólida. Aquila y Priscila no redujeron la evangelización a la simpatía personal ni a la mera ayuda material. Contribuyeron a que Apolo comprendiera con mayor exactitud la revelación cristiana.

Su ejemplo invita a las familias y comunidades actuales a cultivar la lectura de la Sagrada Escritura, la formación doctrinal y el diálogo respetuoso con quienes buscan respuestas sobre Jesucristo.

Valentía y fidelidad

Pablo afirma que Aquila y Priscila arriesgaron la vida por él. El matrimonio vivió la misión en un contexto de desplazamientos, tensiones religiosas y posibles persecuciones. La hospitalidad cristiana podía implicar riesgos, especialmente cuando una casa ofrecía refugio a evangelizadores perseguidos.

Su fidelidad muestra que la caridad no consiste únicamente en sentimientos de benevolencia. La caridad cristiana puede exigir sacrificios, renuncias económicas, cambios de residencia y exposición personal al peligro.

Culto y memoria litúrgica

La tradición litúrgica romana conmemora a Aquila y Priscila el 8 de julio. La memoria cristiana los presenta como santos vinculados a la misión apostólica de san Pablo y como testigos de la santidad vivida en el matrimonio, el trabajo y la hospitalidad.2

Su culto recuerda que la santidad no pertenece exclusivamente a quienes ejercen ministerios ordenados o llevan una vida consagrada. También puede florecer en un matrimonio que trabaja, se desplaza, acoge a otros, estudia la fe y ofrece su hogar a la comunidad.

Significado para la Iglesia actual

La familia como Iglesia doméstica

Aquila y Priscila constituyen uno de los ejemplos neotestamentarios más claros de la familia como Iglesia doméstica. Su casa acogía la comunidad, la Palabra y la celebración eucarística. La familia cristiana actual puede inspirarse en ellos mediante la oración común, la hospitalidad, la educación en la fe y la atención a quienes necesitan apoyo.

La Iglesia doméstica no reemplaza a la parroquia ni a la comunidad eclesial presidida por sus pastores. Más bien, constituye su célula viva y su primera escuela de vida cristiana. La familia recibe de la Iglesia la fe y, a su vez, la transmite mediante su existencia cotidiana.

Evangelización en el trabajo

El oficio de Aquila y Priscila recuerda que el trabajo constituye un ámbito privilegiado para el testimonio cristiano. La honradez, la competencia profesional, la justicia en las relaciones laborales, el respeto hacia los compañeros y la ayuda a quienes atraviesan dificultades pueden manifestar la presencia del Evangelio.

La enseñanza de Pablo VI atribuye a los laicos una tarea especial de evangelización en las realidades temporales. El cristiano no evangeliza únicamente cuando participa en una actividad parroquial; también evangeliza cuando vive con coherencia la fe en la familia, la profesión, la cultura y la vida social.8

Formación y acompañamiento

La ayuda de Aquila y Priscila a Apolo ofrece un modelo para el acompañamiento de catequistas, jóvenes, conversos y agentes pastorales. La evangelización necesita personas capaces de escuchar, discernir las carencias formativas y transmitir la fe con claridad y caridad.

La Iglesia actual necesita matrimonios y familias que colaboren en la catequesis, la acogida, la formación bíblica, la preparación sacramental y el acompañamiento de quienes se acercan a la comunidad. Estas tareas adquieren auténtico valor pastoral cuando respetan la comunión con los pastores y la enseñanza de la Iglesia.7

Legado espiritual

Aquila y Priscila dejaron un legado que une cuatro dimensiones de la vida cristiana:

  1. La comunión matrimonial, porque vivieron la misión como esposos.
  2. El trabajo honrado, porque ejercieron un oficio manual y lo integraron en su servicio apostólico.
  3. La hospitalidad, porque abrieron su casa a Pablo y a la comunidad.
  4. La formación en la fe, porque ayudaron a Apolo a comprender mejor el Evangelio.

Su vida demuestra que la Iglesia primitiva no creció únicamente mediante la predicación pública de los apóstoles. También creció gracias a hogares creyentes, trabajadores, matrimonios y comunidades que acogieron la Palabra y la hicieron visible en sus relaciones ordinarias.

Aquila y Priscila representan, en definitiva, la fecundidad apostólica de los laicos cuando viven unidos a Cristo, en comunión con la Iglesia y al servicio de los demás. Su casa fue hogar, taller, escuela de fe y lugar de celebración: una imagen perdurable de la Iglesia doméstica al servicio del Evangelio.

Citas y referencias

  1. Priscila y Aquila, Papa Benedicto XVI. Audiencia General del 7 de febrero de 2007: Priscila y Aquila, I (2007). 2 3 4 5 6
  2. Aquila y Priscila. Enciclopedia Católica, Aquila y Priscila (1913). 2 3 4 5
  3. Aquila y Priscila, Papa Francisco. Audiencia General del 13 de noviembre de 2019, I (2019). 2 3 4 5
  4. Ascetismo. Enciclopedia Católica, Ascetismo (1913).
  5. Agustín de Hipona. De las obras de los monjes, XXXII (401).
  6. Papa Pablo VI. Evangelii Nuntiandi, LXVI (1975).
  7. Papa Pablo VI. Evangelii Nuntiandi, LXXIII (1975). 2 3
  8. Papa Pablo VI. Evangelii Nuntiandi, LXX (1975). 2
Modificado el 15 de agosto de 2026 • FideScore™ 9.65Citar este artículoPaq. Scorm (LMS)Sugerir mejoraCompartir artículoImprimir artículoGenerar QRInstalar aplicaciónPermalink: ark:28736/nf0bx9nw6

Primeros Cristianos
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