La oración por los difuntos nace de la convicción cristiana de que la muerte no rompe la comunión entre los miembros del Cuerpo de Cristo. Los vivos pueden interceder ante Dios por quienes han fallecido, y la Iglesia peregrina acompaña con sus súplicas a las almas que esperan la plenitud de la vida eterna.
El Catecismo de la Iglesia Católica recuerda que la práctica de orar por los muertos aparece ya en la Sagrada Escritura. El Segundo Libro de los Macabeos relata que Judas Macabeo ofreció un sacrificio expiatorio por los soldados fallecidos, con la esperanza de que quedaran liberados de su pecado. El Catecismo califica esta práctica como una tradición antigua de la Iglesia y afirma que la comunidad cristiana ofrece por los difuntos, ante todo, el sacrificio eucarístico.1
La Escritura formula así el sentido de esta práctica:
«Es una idea santa y saludable rezar por los difuntos, para que sean liberados de sus pecados».
(2 Mac 12,46)2
La oración por los muertos no pretende modificar la justicia de Dios ni alterar una decisión divina. Constituye una súplica confiada a la misericordia de Dios, que ha querido asociar a los cristianos a la obra de la salvación mediante la caridad, la oración y las buenas obras.



