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Uso como opuesto al Amor

En la antropología cristiana, el uso designa la actitud por la que una persona trata a otra como un medio para alcanzar un beneficio, un placer, una ventaja o una finalidad propia, negando su valor irreductible de sujeto. El amor auténtico, por el contrario, reconoce a la persona como un fin en sí misma, busca su bien y adopta la forma de la entrega libre y recíproca. Esta oposición constituye uno de los ejes del personalismo cristiano, especialmente en la reflexión de san Juan Pablo II sobre el amor humano, la sexualidad, el matrimonio y la dignidad de la persona.

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NombreUso como opuesto al Amor
CategoríaTérmino
DescripciónEl uso convierte a la persona en instrumento, contrario al amor que la reconoce como fin en sí misma. Actitud que trata a otra persona como medio para un beneficio propio, negando su valor irreductible como fin. En la antropología cristiana, el uso es la actitud de tratar a otro como recurso para obtener placer, ventaja o beneficio, subordina su dignidad a intereses particulares y se opone al amor auténtico que busca el bien integral del otro. Se analiza bajo el personalismo cristiano, con referencias a san Juan Pablo II, Tomás de Aquino, Benedicto XVI y Francisco
ContextoAntropología cristiana, personalismo cristiano, reflexión sobre amor humano, sexualidad, matrimonio y dignidad de la persona.
Contexto HistóricoDesarrollo en la tradición moral y espiritual cristiana, con aportes de Tomás de Aquino, san Juan Pablo II, Benedicto XVI, Francisco y documentos como Humanae Vitae y Dilecti Amici.
Enseñanzas PrincipalesLa norma personalista afirma que la persona nunca debe ser tratada únicamente como medio; el amor busca el bien del otro por sí mismo y respeta su libertad y dignidad.
TipoTérmino moral

Tabla de contenido

Concepto de uso en la tradición cristiana

La palabra uso posee varios sentidos. En la tradición moral y espiritual cristiana, no todo uso resulta injusto o contrario al amor. El ser humano utiliza bienes materiales, instrumentos, conocimientos y recursos para alcanzar fines legítimos. También puede servirse de determinadas capacidades de otra persona mediante una cooperación profesional, social o familiar, siempre que respete su libertad, su dignidad y su bien integral.

El uso adquiere un sentido moral negativo cuando convierte a una persona en objeto de aprovechamiento. En ese caso, la voluntad no acoge al otro como alguien dotado de valor propio, sino que lo considera valioso únicamente por la utilidad que proporciona. La persona queda reducida a una función: instrumento de placer, fuente de dinero, medio de reconocimiento, apoyo psicológico, instrumento de poder o recurso para satisfacer una necesidad.

La tradición personalista formula esta oposición con una expresión rigurosa: no resulta posible amar a una persona y utilizarla en el mismo sentido y bajo la misma consideración. El amor reconoce, afirma y promueve el valor del amado; el uso lo subordina a un interés particular.1

El amor como respuesta adecuada a la persona

La persona exige una respuesta proporcionada a su dignidad. Ante una cosa, la voluntad puede preguntarse principalmente para qué sirve, cuánto vale o cómo puede emplearla. Ante una persona, la pregunta fundamental debe ser quién es, cuál es su bien y cómo puede respetarse su libertad.

El personalismo cristiano entiende el amor como una actitud que afirma el valor del otro por sí mismo. Amar no consiste únicamente en sentir afecto, experimentar atracción o buscar la compañía de alguien. Amar significa querer el bien integral de la persona y actuar en consecuencia. La benevolencia -el querer el bien del otro- ocupa aquí un lugar central.

La tradición escolástica distinguió entre el amor de concupiscencia, que desea un bien para quien ama, y el amor de benevolencia, que quiere el bien de la persona amada. El deseo no resulta malo por sí mismo: el ser humano necesita bienes y puede legítimamente aspirar a ellos. La dificultad aparece cuando el deseo trata a una persona como si fuera un bien consumible o apropiable. Las personas, a diferencia de las cosas, no constituyen objetos de consumo: merecen amor, respeto y comunión.2

El amor auténtico integra el deseo dentro de una relación personal más amplia. En el matrimonio, por ejemplo, la atracción corporal, el afecto, la amistad, la responsabilidad y la apertura a la vida forman una unidad. El deseo sexual, separado del reconocimiento de la persona, puede convertirse en posesión. El amor conyugal, en cambio, comprende la entrega de toda la persona y no únicamente la búsqueda de satisfacción.3

Diferencia ontológica entre persona y cosa

La persona como sujeto subsistente

La oposición entre amor y uso no depende solamente de una norma social de cortesía. Tiene un fundamento ontológico, es decir, arraiga en la diferencia entre el modo de ser de una persona y el modo de ser de una cosa.

La persona humana constituye un sujeto subsistente de naturaleza racional, corporal, espiritual, libre e irrepetible. La definición clásica de Boecio describe a la persona como una «sustancia individual de naturaleza racional». La tradición tomista explica que la persona existe en sí misma, posee una naturaleza completa, permanece separada de los demás individuos y actúa como sujeto último de sus actos y propiedades.4

Esta definición no agota toda la riqueza de la persona humana, pero expresa una verdad fundamental: la persona no existe como parte funcional de otro, ni como una realidad disponible para cualquier finalidad ajena. Cada persona posee una dignidad propia, anterior a sus cualidades, capacidades, relaciones sociales, estado de salud, edad, productividad o reconocimiento público.

La persona puede desempeñar funciones y mantener relaciones, pero no queda reducida a ellas. Un trabajador no es únicamente mano de obra; un cónyuge no es una fuente de satisfacción; un hijo no es un proyecto de los padres; un enfermo no es una carga; un pobre no es un objeto de asistencia; un ciudadano no es un número; un cuerpo no es una mercancía.

Santo Tomás distingue entre la naturaleza, entendida como aquello que define qué es una realidad, y la persona, entendida como el sujeto concreto que subsiste en esa naturaleza. La persona incluye la totalidad del sujeto individual, mientras que una consideración parcial puede abstraer únicamente determinados rasgos o funciones.5

La cosa como objeto de utilización

Una cosa carece de interioridad personal, libertad y capacidad de autodeterminación. Puede tener valor económico, estético, práctico o simbólico, pero no posee dignidad personal. El ser humano puede utilizarla legítimamente conforme a su naturaleza y a la moralidad del fin buscado.

La cosa responde a la categoría de algo; la persona responde a la categoría de alguien. Esta diferencia impide aplicar a las personas una lógica puramente instrumental. El valor de una cosa puede depender de su función, pero el valor de una persona no depende de la utilidad que presta.

La explotación aparece cuando una persona adopta ante otra la mirada propia del dominio sobre las cosas. La voluntad deja de reconocer un sujeto libre y contempla únicamente un objeto disponible. La cosificación no elimina físicamente al otro, pero sí niega su condición personal en el ámbito de la relación.

La negación de la subjetividad

El uso injusto no consiste simplemente en buscar un placer. El placer puede acompañar actividades legítimas y buenas. Tampoco consiste necesariamente en recibir un beneficio de una relación. La vida humana incluye cooperación, intercambio, ayuda mutua y satisfacción de necesidades.

El elemento decisivo es la negación de la subjetividad del otro. La persona utilizada continúa existiendo como sujeto, pero quien la utiliza actúa como si su interioridad, libertad, voluntad y bien propio carecieran de importancia. El usuario solo presta atención a aquello que puede obtener.

Por eso, dos personas pueden participar exteriormente en una misma acción y, sin embargo, vivirla moralmente de maneras opuestas. Una relación puede incluir deseo y placer, pero mantenerse ordenada al bien de las personas; también puede presentar consentimiento formal y ocultar manipulación, presión, dependencia o engaño. La exterioridad del acto no revela por sí sola toda su verdad moral.

La norma personalista

La norma personalista constituye el principio central de esta cuestión. Puede formularse así: la persona nunca debe ser tratada únicamente como un medio, porque posee un valor propio que exige amor y respeto.

Esta norma no significa que toda relación deba excluir cualquier beneficio recíproco. En una amistad, ambos reciben compañía; en un matrimonio, ambos encuentran consuelo, ayuda y alegría; en una comunidad, cada miembro contribuye al bien común y recibe bienes de los demás. La reciprocidad no equivale al uso.

La diferencia aparece en la prioridad interior de la relación:

  • El amor busca el bien de la persona y recibe los bienes de la relación como fruto de una comunión.
  • El uso busca principalmente el propio beneficio y tolera a la otra persona como instrumento.
  • El amor respeta la libertad.
  • El uso manipula, presiona, engaña o condiciona.
  • El amor integra a la persona entera.
  • El uso selecciona un aspecto aprovechable y descarta el resto.
  • El amor acepta la verdad del otro.
  • El uso fabrica una imagen conveniente y exige que el otro encaje en ella.

San Juan Pablo II contrapuso el personalismo al individualismo. El individualismo entiende la libertad como la facultad de hacer todo aquello que agrada o resulta útil al sujeto, sin aceptar una verdad objetiva sobre el bien de la persona. El personalismo, en cambio, entiende la libertad como capacidad de realizar una entrega verdadera y responsable.6

Uso y egoísmo

El uso nace habitualmente del egoísmo, pero no se identifica con cualquier forma de interés personal. Toda persona posee necesidades legítimas: alimento, descanso, afecto, seguridad, reconocimiento y ayuda. Atender esas necesidades no constituye por sí mismo una falta de amor.

El egoísmo aparece cuando el sujeto convierte su propio interés en criterio absoluto y deja de reconocer el bien objetivo del otro. En la relación interpersonal, el egoísta no pregunta qué necesita realmente la otra persona, sino qué puede obtener de ella. El otro queda subordinado a la propia comodidad.

San Juan Pablo II describió el egoísmo individual, conyugal y social como una oposición radical a la civilización del amor. También advirtió que reducir el amor a la mera ausencia de egoísmo empobrece su significado. El amor no consiste únicamente en evitar daños; reclama una aceptación positiva de la persona y una entrega sincera de sí misma.6

El egoísmo puede adoptar formas aparentemente generosas. Una persona puede ayudar a otra para obtener admiración, dependencia, influencia o gratitud permanente. La acción exterior parece beneficiosa, pero la relación continúa centrada en la posesión del otro. El amor auténtico ofrece ayuda sin convertirla en mecanismo de control.

Uso, deseo y placer

El deseo no equivale al uso

La ética católica no identifica automáticamente el deseo con el uso. El deseo forma parte de la estructura humana y puede orientarse hacia bienes verdaderos. El deseo de amistad, de unión conyugal, de belleza, de conocimiento o de vida familiar puede expresar una aspiración legítima.

El problema surge cuando el deseo abandona el orden del amor y pretende apropiarse de la persona deseada. El deseo desordenado no reconoce al otro como don libre, sino como objeto que debe satisfacer una necesidad. La persona deja de ser contemplada en su totalidad y pasa a valorarse por la gratificación que proporciona.

La búsqueda de placer tampoco basta para definir el uso. El placer puede acompañar el ejercicio de bienes humanos auténticos. La comida, el descanso, la amistad y la unión conyugal pueden producir placer sin convertirse en actos de explotación. La cuestión moral depende del objeto de la acción, de la intención y de las circunstancias, especialmente del modo en que la relación respeta la dignidad y libertad de las personas.

El placer separado del bien integral

El uso convierte el placer en criterio dominante. La otra persona importa mientras proporciona satisfacción y deja de importar cuando exige sacrificio, responsabilidad o fidelidad. Esta lógica transforma la relación en consumo afectivo o corporal.

San Juan Pablo II denunció una concepción que transforma al ser humano, particularmente a la mujer, de sujeto en objeto de manipulación y reduce el contenido del amor al placer, incluso cuando ambas partes participan exteriormente en él. La participación de dos personas no elimina el egoísmo si cada una considera a la otra como instrumento de satisfacción.7

El amor verdadero no desprecia el placer, pero lo integra en el bien de la persona entera. En la vida conyugal, esa integración exige fidelidad, entrega, respeto corporal, responsabilidad y apertura a la vida. Cuando la sexualidad funciona como una técnica de sometimiento del cónyuge a los propios deseos, la relación pierde su carácter amoroso y lesiona la dignidad personal.8

Manifestaciones del uso de la persona

Uso afectivo

El uso afectivo aparece cuando alguien busca en otra persona únicamente consuelo, atención, validación o seguridad emocional, sin disposición a reconocer sus necesidades y límites. La dependencia emocional puede convertir la relación en una forma de apropiación.

No toda necesidad de apoyo constituye uso. La fragilidad forma parte de la vida humana y pedir ayuda puede expresar confianza. La relación se vuelve injusta cuando una persona exige disponibilidad permanente, utiliza la culpa o considera al otro responsable absoluto de su estabilidad interior.

Uso sexual

El uso sexual ocurre cuando el cuerpo o la sexualidad de una persona sirven como instrumento de placer sin una entrega personal verdadera. La persona puede aceptar exteriormente una relación y, aun así, sufrir manipulación, presión, engaño o utilización.

La enseñanza católica entiende la sexualidad como una dimensión de la persona entera. El cuerpo no constituye una propiedad separable del sujeto, sino una dimensión de su identidad personal. Por eso, tratar el cuerpo como mercancía equivale a reducir a la persona a un objeto intercambiable. Benedicto XVI vinculó la unidad de cuerpo y alma con la verdad del amor y advirtió del riesgo de convertir el cuerpo en una mercancía comprable o vendible.8

Uso económico y laboral

La explotación laboral reduce al trabajador a fuerza productiva y mide su valor exclusivamente por el rendimiento. El salario injusto, la coacción, la ausencia de descanso, la trata de personas y la utilización de la pobreza contradicen la dignidad humana.

Una relación laboral legítima puede incluir beneficio mutuo: el trabajador recibe una remuneración y el empleador obtiene un servicio. La justicia exige que ese intercambio respete a la persona, sus derechos, su salud, su tiempo y sus responsabilidades familiares. El beneficio económico no convierte automáticamente una relación en uso; la injusticia aparece cuando el beneficio exige sacrificar la dignidad del trabajador.

Uso de la autoridad

La autoridad existe para servir al bien de las personas y de la comunidad. Padres, educadores, gobernantes, responsables eclesiales y dirigentes profesionales pueden ejercerla legítimamente cuando orientan, protegen y promueven el crecimiento de quienes tienen confiados.

La autoridad se convierte en uso cuando manipula la conciencia, exige obediencia para obtener ventajas personales, explota la confianza o utiliza una posición de poder para satisfacer deseos privados. La asimetría de poder agrava la responsabilidad moral, porque la persona subordinada puede carecer de libertad suficiente para resistir.

Uso de la amistad y de las relaciones sociales

También existe uso en la amistad cuando alguien mantiene una relación solo por contactos, influencia, dinero, prestigio o acceso a determinados ambientes. La amistad auténtica busca la presencia y el bien del amigo, no únicamente las ventajas que la relación proporciona.

La vida social requiere cooperación y utilidad recíproca, pero ninguna institución puede justificar la instrumentalización de sus miembros. Una comunidad verdaderamente humana no valora a sus integrantes solo por su productividad, capacidad de consumo, posición o rendimiento.

El amor como don de sí

El amor cristiano posee una estructura de donación. Dios crea y salva por amor; Cristo manifiesta el amor perfecto mediante la entrega de sí mismo. La vida cristiana invita a reproducir esa lógica en las relaciones humanas.

San Juan Pablo II describió el amor conyugal como un don libre y recíproco de una persona a otra. El amor no entrega únicamente una emoción, una función o una parte del cuerpo: entrega la persona entera, incluida su dimensión corporal y su apertura a la transmisión de la vida.3

La entrega no significa anulación personal. Quien ama no deja de ser sujeto ni permite que otro lo domine. El don de sí requiere libertad, verdad y reciprocidad. Una persona no puede entregarse rectamente mediante la coacción, el miedo o el engaño.

La libertad cristiana tampoco equivale a hacer cualquier cosa que produzca placer. La libertad alcanza su plenitud cuando permite realizar el bien y entregarse con responsabilidad. San Juan Pablo II vinculó la libertad con la verdad y con una disciplina interior capaz de convertir la propia vida en don para los demás.6

Jesucristo, revelación del amor verdadero

Jesucristo revela la forma plena del amor porque ama al ser humano sin reducirlo a su utilidad, a su pecado, a su enfermedad o a su posición social. Cristo llama, perdona, corrige, sana y conduce a la verdad. Nunca manipula a la persona ni busca poseerla como instrumento.

La cruz manifiesta la lógica opuesta al uso. El usuario pregunta qué puede obtener del otro; Cristo ofrece su vida por el bien del otro. El usuario se apropia; Cristo se entrega. El usuario descarta cuando desaparece la utilidad; Cristo permanece fiel incluso ante la infidelidad humana.

La resurrección muestra que la entrega no destruye a la persona, sino que conduce a su plenitud. El amor cristiano no constituye una simple renuncia negativa a los propios intereses. Participa en el amor de Dios y permite que la persona encuentre su realización en una entrega verdadera.

El papa Francisco expresó esta unidad interior del amor al presentar el corazón como centro de la persona completa -espiritual, psíquica y corporal-. La persona humana alcanza su verdad cuando el amor integra su existencia y la orienta hacia el don.9

Consecuencias para el matrimonio y la familia

El consentimiento como entrega personal

El matrimonio cristiano nace del consentimiento por el que un hombre y una mujer se entregan y se reciben mutuamente. Ese consentimiento no equivale a un contrato de utilización recíproca. Los esposos no prometen proporcionarse placer, comodidad o éxito; prometen una comunión de vida y amor fundada en la fidelidad.

El matrimonio protege la relación frente a la lógica del consumo. La persona amada no permanece vinculada mientras satisfaga expectativas, conserve la juventud o mantenga determinadas cualidades. La alianza matrimonial reclama fidelidad a la persona concreta, en la salud y en la enfermedad, en la prosperidad y en la dificultad.

La apertura a la vida

La unión conyugal posee una dimensión unitiva y procreadora. La apertura a la vida impide considerar el cuerpo del cónyuge como un objeto destinado exclusivamente a la satisfacción. Los esposos participan en la generación de una nueva persona, que nunca puede tratarse como producto, propiedad o accesorio.

Benedicto XVI relacionó la fecundidad conyugal con la participación del hombre y de la mujer en la acción creadora del Padre. La unión matrimonial expresa un «sí» recíproco y permanece abierta a la vida.8

Los hijos como personas, no como medios

Los hijos poseen dignidad propia desde el comienzo de su existencia. No deben convertirse en instrumentos para salvar un matrimonio, satisfacer expectativas familiares, obtener reconocimiento o asegurar compañía en la vejez.

Tampoco los padres deben considerar al hijo únicamente una carga económica o un obstáculo para la realización personal. La familia cristiana recibe al hijo como persona confiada a su cuidado, no como propiedad. La educación busca ayudarle a desarrollar su libertad y su vocación, no fabricar una prolongación de los deseos paternos.

Dimensión social del amor

El uso de las personas no afecta únicamente a las relaciones privadas. También aparece en estructuras sociales que valoran a los seres humanos según su rendimiento, nivel de consumo, capacidad económica, apariencia o utilidad política.

La civilización del amor exige organizar la vida social conforme a la dignidad de cada persona. El trabajo, la economía, la educación, la medicina, la política y la comunicación deben servir al desarrollo integral de las personas y al bien común.

Una cultura consumista favorece la mentalidad del uso cuando acostumbra a comprar, reemplazar y descartar bienes con rapidez. Esa lógica puede trasladarse a las relaciones humanas: se abandona al amigo que ya no resulta útil, al anciano que necesita cuidados, al enfermo que no produce o al cónyuge que atraviesa una crisis.

La doctrina personalista reclama una transformación más profunda que el simple altruismo ocasional. El amor crea una forma de convivencia en la que cada persona cuenta por sí misma y puede participar activamente en la comunidad. La Santa Sede relacionó esta visión con una sociedad habitable para el ser humano y con una comprensión del matrimonio y la familia como bienes sociales.10

Criterios para discernir una relación de uso

Una relación puede contener uso cuando aparecen varios de estos signos:

  • La otra persona importa únicamente por lo que proporciona.
  • La relación desaparece cuando desaparece el beneficio.
  • La voluntad ajena recibe poca atención.
  • El cuerpo, el tiempo, el dinero o la afectividad del otro quedan bajo control.
  • La persona utiliza engaños, amenazas, chantajes o presiones.
  • La relación exige silencio ante la injusticia.
  • El vínculo produce dependencia deliberadamente.
  • La intimidad queda separada de la responsabilidad.
  • El consentimiento carece de libertad suficiente.
  • Las limitaciones y necesidades del otro provocan desprecio.
  • La relación reduce a la persona a una sola cualidad: belleza, dinero, trabajo, influencia o disponibilidad sexual.

Estos signos requieren una valoración prudente. Una dificultad concreta no demuestra por sí sola una relación de uso. La enfermedad, la dependencia legítima, la necesidad de ayuda y la cooperación cotidiana forman parte de la vida humana. El criterio decisivo consiste en averiguar si la relación reconoce al otro como sujeto libre y busca realmente su bien.

Conversión del uso en amor

La superación del uso exige una conversión de la mirada, del deseo y de la voluntad. No basta con cambiar las palabras o adoptar una apariencia afectuosa. La persona debe aprender a reconocer al otro como alguien irrepetible.

Este proceso incluye:

Reconocer la dignidad

Cada persona posee valor antes de cualquier rendimiento. La dignidad no procede de la belleza, la inteligencia, la salud, la riqueza ni la aceptación social. Procede de la condición personal y, para la fe cristiana, de la creación a imagen de Dios y de la redención realizada por Cristo.

Examinar las intenciones

Una acción exteriormente correcta puede esconder deseo de dominio o de recompensa. El examen moral pregunta: ¿busco el bien de la otra persona o busco que satisfaga mis necesidades?; ¿respeto su libertad?; ¿acepto su verdad aunque no coincida con mis expectativas?

Aprender la entrega

El amor se concreta en tiempo, atención, servicio, paciencia, fidelidad y responsabilidad. No consiste en una emoción permanente. La entrega auténtica acepta sacrificios proporcionados sin convertirlos en instrumentos de chantaje.

Respetar límites y libertad

El respeto incluye aceptar un «no», permitir que el otro tome decisiones legítimas y renunciar a controlar su conciencia. El amor no exige disponibilidad absoluta ni confunde intimidad con posesión.

Buscar ayuda ante la explotación

Cuando una relación incluye violencia, abuso, trata, coacción o manipulación grave, la víctima necesita protección y apoyo. La caridad cristiana no obliga a permanecer expuesto al daño ni confunde perdón con tolerancia de la injusticia. La defensa de la dignidad puede exigir separación, denuncia y acompañamiento profesional o pastoral.

Valoración moral

El uso de una persona constituye una injusticia porque contradice el bien propio de la relación interpersonal. La persona merece amor, mientras que las cosas pueden utilizarse como medios. La gravedad moral concreta depende de la materia, la intención, el daño causado, el grado de libertad y las circunstancias.

Adquieren especial gravedad la explotación de menores, la violencia sexual, la trata, la esclavitud, el abuso de autoridad, la manipulación de personas vulnerables y la reducción deliberada de alguien a mercancía. Estas conductas lesionan simultáneamente la dignidad personal, la libertad, la justicia y, con frecuencia, la integridad corporal y espiritual.

La responsabilidad moral también puede disminuir por ignorancia, miedo, dependencia, trastornos psicológicos o presiones externas, aunque tales factores no convierten la injusticia en un bien. La valoración de la culpabilidad requiere distinguir entre el acto objetivamente desordenado y la responsabilidad subjetiva de quien lo realiza.

Síntesis doctrinal

La oposición entre uso y amor puede resumirse en los siguientes principios:

  1. La persona es sujeto, no cosa.
  2. La dignidad personal no depende de la utilidad.
  3. El amor quiere el bien del otro por sí mismo.
  4. El uso subordina al otro a un interés propio.
  5. El deseo y el placer no son malos por sí mismos, pero deben integrarse en el bien integral de la persona.
  6. El consentimiento solo posee valor moral cuando resulta libre, informado y ajeno a la coacción.
  7. La entrega amorosa no equivale a anulación ni permite la explotación.
  8. La sexualidad exige respeto por la totalidad de la persona y responsabilidad por sus consecuencias.
  9. La familia, la economía y la sociedad deben superar la lógica de la utilidad mediante la justicia y el bien común.
  10. Cristo constituye el modelo supremo del amor como don de sí.

El uso niega a la persona porque la contempla desde el beneficio que puede proporcionar; el amor la reconoce como alguien, afirma su dignidad y busca su plenitud. En esta verdad descansa la norma personalista y la concepción cristiana de las relaciones humanas.

Citas y referencias

  1. ¿Qué dice san Tomás sobre el uso de las personas? , Kevin Rickert. La Norma Personalista de Wojtlya: Un Análisis Tomista, 17 (2009).
  2. J.L. Lorda. Ascética y mística de la libertad, 14 (1996).
  3. A un grupo de obispos de los Estados Unidos de América en su visita ad limina, Papa Juan Pablo II. A un grupo de obispos de los Estados Unidos de América en su visita ad limina (24 de octubre de 1988), 2 (1988). 2
  4. Persona. Enciclopedia Católica, Persona (1913).
  5. Sed contra y respuesta, Tomás de Aquino. Comentario a las Sentencias, 3.D5.Q1.A3.resp (1256).
  6. I. La civilización del amor - El amor es exigente, Papa Juan Pablo II. Gratissimam Sane: Carta a las Familias, 14 (1994). 2 3
  7. «gran sacramento del matrimonio», Papa Juan Pablo II. Dilecti Amici, 10 (1985).
  8. A los participantes de la conferencia internacional promovida por la Pontificia Universidad Lateranense con motivo del 40.o aniversario de la encíclica Humanae Vitae, Papa Benedicto XVI. A los participantes de la Conferencia Internacional promovida por la Pontificia Universidad Lateranense con motivo del 40.o aniversario de la Encíclica Humanae Vitae (10 de mayo de 2008), 1 (2008). 2 3
  9. Capítulo uno - El corazón une los fragmentos, Papa Francisco. Dilexit nos (24 de octubre de 2024) - Encíclica, 21 (2024).
  10. Santa Sede. Acta Apostólica de Sedis: Número 6, junio de 2006, 27 (2006).
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