Origen siciliano
La tradición sitúa el nacimiento de Alberto en Trapani, en Sicilia, hacia mediados del siglo XIII. Las biografías tardías atribuyen su nacimiento a unos padres llamados Benito Adalberti y Juana de Palizzi, quienes, después de haber esperado durante largo tiempo un hijo, habrían prometido consagrarlo a la Virgen del Carmen si nacía un varón. El joven Alberto ingresó posteriormente en la Orden Carmelita.
La piedad popular conservó esta historia como una explicación religiosa de su vocación, pero la distancia cronológica entre los acontecimientos y la redacción de su primera vida aconseja tratar estos detalles con prudencia. La primera biografía latina conocida fue redactada a comienzos del siglo XV, aproximadamente un siglo después de la muerte del santo, y contiene numerosos elementos edificantes difíciles de verificar históricamente.
Ingreso en el Carmelo
Alberto entró joven en la Orden del Carmen, recibió la formación religiosa y fue ordenado sacerdote. La tradición carmelita lo presenta como un religioso de intensa vida espiritual, entregado a la oración, a la penitencia y al ministerio de la palabra. Tras la ordenación, sus superiores lo enviaron al convento carmelita de Mesina, una de las principales ciudades de Sicilia y un centro relevante para la expansión de la Orden en la isla.
La Enciclopedia Católica considera históricamente cierto que Alberto nació en Sicilia, que entró muy joven en la Orden y que ocupó durante algún tiempo el cargo de provincial. También afirma que murió con fama de santidad el 7 de agosto, aunque sitúa su muerte en 1306.
Predicación y ministerio pastoral
Las narraciones tradicionales presentan a Alberto como un predicador de gran eficacia, especialmente en Mesina. Su actividad habría alcanzado tanto a la población cristiana como a las comunidades judías de la ciudad. El relato hagiográfico conserva la memoria de un religioso dedicado a la evangelización mediante la predicación, la dirección espiritual y la atención a los necesitados.
La predicación ocupó un lugar cada vez más importante en la vida de los carmelitas durante el siglo XIII. El Concilio II de Lyon había confirmado la posición de la Orden entre las órdenes mendicantes y había sancionado su derecho a desarrollar una vida apostólica activa. Este contexto ayuda a comprender la figura de Alberto: no representa únicamente el ideal del ermitaño contemplativo, sino también la transformación del Carmelo en una orden religiosa dedicada a la predicación y al servicio pastoral.
Vida ascética
Las fuentes hagiográficas atribuyen a Alberto numerosas prácticas penitenciales. Entre ellas figura la recitación diaria de todo el salterio, de rodillas ante un crucifijo, antes de retirarse a descansar. También le atribuyen ayunos, vigilias y otras austeridades voluntarias añadidas a las exigencias de la regla carmelita.
La crítica histórica no permite aceptar sin más todos estos detalles. El biógrafo escribió mucho tiempo después de la muerte de Alberto y mostró una clara intención de presentar un modelo de perfección religiosa mediante una acumulación de ejercicios ascéticos y prodigios. La tradición conserva, no obstante, un núcleo espiritual coherente: la memoria de un fraile entregado a la oración, a la penitencia y al ministerio sacerdotal.
El episodio de Mesina
Uno de los relatos más conocidos relaciona a Alberto con el asedio de Mesina durante las guerras entre la Corona de Aragón y el reino de Nápoles. La ciudad habría quedado sometida a un bloqueo tan severo que la población afrontaba el hambre. Según la narración tradicional, algunos habitantes acudieron a Alberto y le pidieron que intercediera ante Dios. Poco después, unos barcos cargados de alimentos lograron atravesar el bloqueo y llegar a la ciudad. La tradición atribuyó el acontecimiento a la oración del carmelita.
El episodio expresa la imagen de Alberto como intercesor de la ciudad en peligro, pero la documentación conservada no permite demostrar históricamente todos sus pormenores. La hagiografía medieval y tardomedieval interpretaba con frecuencia acontecimientos providenciales -como la llegada inesperada de alimentos durante una guerra- a la luz de la santidad de una persona venerada.
El supuesto viaje a Tierra Santa
Una antigua biografía afirma que Alberto peregrinó a Tierra Santa y visitó los lugares relacionados con los orígenes del Carmelo. Allí habría alcanzado fama de taumaturgo semejante a la que ya tenía en Sicilia. Sin embargo, la investigación histórica considera que ese viaje no tuvo lugar. La misma crítica afecta a buena parte de los milagros vinculados a aquella peregrinación.
Conviene distinguir entre la tradición devocional, que presenta a Alberto en contacto con la cuna palestina de la Orden, y la evidencia histórica, que no proporciona una base suficiente para afirmar que viajara a Palestina. La relación de Alberto con Tierra Santa posee un valor simbólico evidente para la espiritualidad carmelita, pero no debe confundirse con un dato biográfico comprobado.
Últimos años y muerte
Durante los últimos años de su vida, Alberto habría llevado una existencia más retirada, próxima a la condición de ermitaño, en las cercanías de Mesina. La tradición lo presenta dedicado a la contemplación y a la penitencia hasta su muerte, ocurrida el 7 de agosto, probablemente en 1306 o 1307. La fecha exacta no aparece con absoluta uniformidad en las fuentes: algunas referencias sitúan la muerte en 1306, mientras que otras la fijan en 1307.,
La memoria litúrgica y devocional ha conservado de forma estable el 7 de agosto como el día de su celebración. La tradición afirma que su cuerpo reposó en la iglesia carmelita de Santa María de Mesina. El documento pontificio de 1476 menciona expresamente la veneración de los fieles y la existencia de iglesias y altares dedicados a Alberto en diversas regiones.