Una parroquia pequeña
Ars era una pequeña población rural situada cerca de Lyon. Cuando Vianney llegó, contaba aproximadamente con doscientas treinta personas. La práctica religiosa resultaba débil y la vida parroquial necesitaba una profunda renovación.
El nuevo párroco comenzó su misión mediante una presencia sencilla y constante. Visitó a las familias, atendió a los enfermos, acompañó a los pobres y procuró devolver dignidad y vitalidad a la iglesia parroquial. También promovió celebraciones religiosas y trabajó para recuperar la vida comunitaria.
Su acción no consistió únicamente en organizar actividades. Vianney entendía la parroquia como una comunidad llamada a vivir de la gracia de Cristo, especialmente mediante la Eucaristía y la Penitencia.
La Eucaristía como centro
La Eucaristía ocupó el centro de la vida espiritual y pastoral del Cura de Ars. Celebraba la Santa Misa con profunda reverencia y dedicaba largos periodos a la adoración ante el sagrario. Juan XXIII afirmó que la oración de Vianney estuvo orientada de manera singular hacia la Eucaristía.
Benedicto XVI presentó la celebración y adoración eucarísticas como el corazón de toda su existencia. La eficacia de su predicación no procedía únicamente de sus palabras, sino del testimonio visible de un sacerdote unido a Cristo en el altar, ante el sagrario y en el confesionario.
Para Vianney, el altar y el confesionario no constituían dos tareas aisladas. La Eucaristía hacía presente sacramentalmente el sacrificio de Cristo, mientras que la Penitencia aplicaba al pecador arrepentido la misericordia y el perdón obtenidos por ese sacrificio.
El sacramento de la Penitencia
El Cura de Ars alcanzó una fama extraordinaria como confesor. Durante los últimos decenios de su vida pasó gran parte de cada jornada administrando el sacramento de la Penitencia y ofreciendo dirección espiritual. Juan XXIII calificó este ministerio como una forma prolongada de martirio pastoral, por la entrega constante que exigía.
La afluencia de penitentes convirtió Ars en un destino de peregrinación para personas procedentes de numerosos lugares de Francia. Los peregrinos acudían para confesar sus pecados, recibir orientación espiritual y recuperar la vida de gracia.
La teología católica distingue entre el sacramento de la Penitencia -también llamado Reconciliación o Confesión- y el acompañamiento espiritual. En la confesión, el sacerdote administra sacramentalmente el perdón de Cristo cuando el penitente manifiesta arrepentimiento, confiesa sus pecados y recibe la absolución. En la dirección espiritual, el sacerdote aconseja y ayuda a discernir la vida cristiana, pero no todo consejo constituye una absolución sacramental.
Vianney unía ambas dimensiones con prudencia pastoral. Escuchaba con paciencia, llamaba a la conversión, orientaba la conciencia y proclamaba la misericordia de Dios. Su severidad ascética personal no debe confundirse con una negativa a perdonar ni con una doctrina que reserve la gracia a un grupo reducido.
Predicación y catequesis
El santo predicaba sobre el pecado, la conversión, el juicio, el amor de Dios, la oración, la Eucaristía y la esperanza cristiana. Sus sermones empleaban un lenguaje directo, comprensible para campesinos y personas con poca formación religiosa.
La catequesis ocupaba un lugar decisivo en su ministerio. Enseñaba a niños y adultos los contenidos fundamentales de la fe y procuraba que la práctica sacramental naciera de una verdadera conversión interior. El Dicasterio para las Causas de los Santos resume su actividad pastoral en la predicación, la oración, la penitencia, la catequesis, la reconciliación sacramental y la caridad.
Para Vianney, el sacerdote no era un funcionario religioso. El presbítero había recibido el sacramento del Orden para anunciar el Evangelio, celebrar los sacramentos y servir al pueblo de Dios. Su concepción del sacerdocio aparece condensada en su conocida expresión: «¡Qué grande es el sacerdocio!». Benedicto XVI relacionó esa admiración con su deseo de entregar la vida por la salvación de las almas.