Significado de la distinción
La distinción entre amor de concupiscencia y amor de benevolencia, también llamado amor de amistad, ocupa un lugar fundamental en la teología moral católica.
El amor de concupiscencia no equivale necesariamente a un deseo sensual, egoísta o pecaminoso. En el lenguaje tomista, designa el amor dirigido al bien que alguien desea. Una persona ama de este modo la salud, el descanso, la sabiduría, la seguridad o la felicidad, porque considera esos bienes valiosos para sí misma o para otra persona.
El amor de benevolencia se dirige, en cambio, a la persona para la que se quiere el bien. Amar con benevolencia significa querer el bien de alguien por consideración a esa persona, no simplemente por la utilidad, el placer o el beneficio que pueda proporcionar.
Santo Tomás ordena ambos amores de manera jerárquica:
- la persona constituye el objeto amado por sí mismo;
- el bien deseado para ella constituye el objeto amado en relación con alguien;
- por tanto, el amor de benevolencia posee prioridad sobre el amor de concupiscencia.
Una persona no ama correctamente un bien aislado de toda persona. Ama la salud para alguien, el conocimiento para alguien, la prosperidad para alguien o la felicidad para alguien. El amor de benevolencia proporciona el sentido último a los bienes deseados.
Concupiscencia no significa desorden moral
La palabra concupiscencia puede inducir a error en el lenguaje contemporáneo. En la terminología de santo Tomás, no identifica por sí misma el deseo sexual desordenado ni el egoísmo. Designa, en primer lugar, el amor de un bien querido por su relación con alguien.
Por ejemplo, quien ama a un enfermo puede desear su curación. La curación constituye el objeto del amor de concupiscencia; el enfermo, amado por su propia dignidad, constituye el objeto del amor de benevolencia. Ambos movimientos pueden formar parte de un único acto de amor plenamente humano.
El desorden aparece cuando una persona trata a otra como un simple instrumento para conseguir placer, utilidad, prestigio o seguridad. En ese caso, el bien propio desplaza a la persona y la reduce a medio. El amor auténtico, por el contrario, desea bienes para la persona sin dejar de reconocerla como un fin digno de respeto.
Complementariedad de ambos amores
La tradición católica no exige que la benevolencia excluya todo beneficio para quien ama. El amor de amistad también enriquece al amante, porque la comunión en el bien constituye un bien para ambos. Amar a otra persona por ella misma no significa permanecer indiferente ante la alegría, la ayuda o la plenitud que nacen de esa relación.
El amor de concupiscencia y el amor de benevolencia pueden coexistir ordenadamente:
- una persona puede amar a su cónyuge por su dignidad personal;
- puede desear también la alegría de compartir su vida con él;
- puede querer bienes concretos -salud, descanso, protección, prosperidad- para ambos;
- puede recibir legítimamente felicidad de la unión con la persona amada.
La moral católica no considera malo recibir bienes del amor. La cuestión decisiva consiste en determinar si la otra persona permanece amada por sí misma o queda subordinada a la satisfacción del propio interés.,